miércoles, 10 de julio de 2024

Pentecostalismo

Cuando a Adrian Leverkühn, el protagonista de la novela Doktor Faustus de Thomas Mann, le llega la hora de los estudios universitarios, no lo duda: teología. Hijo de padres granjeros, es enviado de niño a la ciudad a casa de un tío suyo que tiene una tienda de instrumentos musicales. En esa tienda se reúne todas las semanas un grupo de músicos para tocar y filosofar sobre la música. Esa es la escuela que lleva a Adrian a convertirse en el compositor más importante de su época. Para mí, esta novela está entre lo mejor de lo mejor de todo lo que he leído a lo largo de la vida. Claro que, cuando la leí por primera vez estaba estudiando música en una escuela en la que se seguían los métodos pedagógicos de Hindemith; sin haberse dado esa circunstancia seguramente la novela no me hubiese impactado tanto. Comprendo que, sin ciertos conocimientos musicales, puede resultar incluso una pestiñada. Aunque la música solo sea una excusa. Tengan en cuenta que está escrita por un alemán exilado en EEUU durante la Segunda Guerra Mundial. 

Pero, a lo que yo iba es a lo de que Adrian, una mente privilegiada, a la hora de elegir conocimientos se decanta por los de cariz teológico, es decir buscar algún tipo de respuesta a las grandes cuestiones que se le plantearon a la especie desde el mismo momento en el que se bajó de los árboles y tomo conciencia de que su tiempo era finito. 

La finitud del tiempo dado es el gran tormento de la humanidad y, por eso, nada tiene de extraño que su mayor empeño haya consistido en aliviar ese tormento. Y todas las culturas de todos los tiempos y lugares han coincido en el remedio: fabricar dioses. Es decir, unos entes que dan respuestas a lo que no las tiene. Parece una solución estúpida, pero nunca se encontró otra mejor y, mal que bien, viene funcionando desde la noche de los tiempos. 

Todo el mundo tiene su idea de Dios. Y los que más, los que le niegan. Porque, ¿qué es lo que niegan? Para negar algo tienes que tener una idea sobre lo que estás negando. Son los mecanismos de la mente humana  que no tienen vuelta de hoja. Creas o no creas, digas lo que digas, la realidad incuestionable es que vivimos aturdidos por el miedo a lo desconocido y cada cual busca y encuentra soluciones a su medida. En este barrio populoso en el que vivo proliferan como los hongos en bosque después de la luvia las iglesias que las dicen pentecostalistas, es decir, que celebran la llegada del Espíritu Santo... o sea, el que en forma de paloma fecundó a la Virgen María para que diese a luz al mismísimo hijo de Dios. Todo esto, como comprenderán, tiene mucha enjundia, aunque solo sea porque creer en ello hace a las personas temerosas de Dios que, es como decir que se lo piensan dos veces antes de satisfacer sus deseos inmediatos. De hecho, no me cabe la menor duda de que en esas iglesias está una de las razones de que en un barrio tan heterogéneo como éste, no se vean por la calle malos rollos. 

En cualquier caso, Adrian Leverkühn acabó firmando un pacto con el demonio. El demonio le ayudó a destruir las jerarquías dentro de la música y, a cambio, se cobró la muerte en vida. En realidad, Adrian es un trasunto de Nietzsche, pero esta es otra historia. 

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