Me he puesto a revisar unos dietarios que escribí hace treinta años. Se componen, como suele pasar con este tipo de literatura, de una mezcla de presente y recuerdos. De un presente anodino y unos recuerdos que son los hitos de mi propia estupidez. Supongo que algunas cosas buenas habré hecho, pero no tan buenas como para que su recuerdo venga a neutralizar la vergüenza que me embarga cuando me asaltan, con inmisericorde frecuencia, los de esos hitos que les decía. Yo no sé si todas las vidas serán iguales y lo único que las diferencia es la autopercepcion de uno mismo. Porque, lo que es estupidez, hay tanta en el mundo que incluso ha habido quien que ha considerado conveniente escribir un libro elogiándola.
En cualquier caso, ese es mi problema, el de una autopercepción, con todos los tonos oscuros de la paleta, que, pienso, se ajusta bastante bien a lo que ha sido mi vida. Es la venganza del Señor, procurarme una larga vida para que purgue todas mis estupideces. Lo dice en el libro de La Sabiduría: a los justos y sabios se los lleva prematuramente para que no sufran la maldad del mundo.
"El justo, aunque muera prematuramente, tendrá descanso;
vejez venerable no son los muchos días,
ni se mide por el número de años;
canas del hombre son la prudencia,
y edad avanzada una vida sin tacha.
Agradó a Dios, y Dios lo amó;
vivía entre pecadores, y Dios se lo llevó;"
En fin, voy a ver si acabo de una vez esa revisión y lo publico en Amazón. Será lo último que haga. Una especie de súplica de perdón a todos los que ofendí con mis estupideces. Porque eso es la estupidez, ir dejando un rastro de malestar por el mundo.
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