Por circunstancia de la vida, ayer me vi en la tesitura de tener que ir a comer por ahí. Cada vez estoy más renuente a ese tipo de obligaciones por razones diversas, pero nobleza obliga y uno sabe apechugar con las consecuencias. En principio habíamos quedado en que comeríamos en el Hotel Bahía, un lugar con cierto cache de toda la vida, pero ayer, sin reservar imposible y, además, estaba de bote en bote sin tener nada que envidiar a la peor taberna de la ciudad. Gentes venidas de fuera amontonadas alrededor de la barra tomando aperitivos y gritando para entenderse: una delicia a todos los efectos.
Al final encontramos una mesa en una terraza de la calle Rubio, cabe la biblioteca Menéndez Pelayo. También estaba de bote en bote, con familias numerosas dispuestas a esperar lo que les echasen encima. Comimos para salir del paso y a ritmo de tortuga. Espero que con esto se hayan acabado mis obligaciones por lo menos hasta el año que viene si es que todavía ando por aquí.
Cuando yo era chaval, la frase que más repetían los de aquí en verano era: a ver cuándo se van los de fuera y nos quedamos los de casa. ¡Los pobres, tendrían que haber visto lo de ahora!
No se hacen idea de cómo echo a faltar mis veranos castellanos. Me iba pedaleando tranquilamente por las riberas del Pisuerga hasta Aguilar y me instalaba en una mesa bajo los soportales de la plaza para comer. Sin el menor asomo de aglomeración. Luego me iba a cualquiera de los parques a echar la siesta en un banco, siempre arrullado por el susurro de las aguas. Y otras mil posibilidades, siempre sintiéndome caballero solitario en medio de la inmensidad. Pero, en fin, ya saben que es muy de algunas especies regresar a los orígenes cuando ven ya próximo su final. Como dicen que hacen los elefantes, aunque yo me identifico más con Ulises. Aquí, encerrado en mi palacio, dedicado a poner en orden los recuerdos -estoy a punto de colgarlos en Amazon-.
Por lo demás, dando gracias a los dioses.
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