Entre las cosas que tengo entre manos, hay dos en las que estoy encontrando unas afinidades sorprendentes. Una es la lectura de la Odisea y la otra la revisión del dietario que escribí por los tiempos en los que andaba por la Cataluña profunda, en una pequeña aldea de la Serralada Central en donde justo confluyen tres provincias. ¡Esencias para parar un tren!
Ulises, siempre atrapado y viéndose forzado a poner todo su ingenio a prueba para escapar. De los lotófagos que, para mí que eran comedores de opio. De Polifemo, de las Sirenas, de Circe, de Calipso... ¿era el destino cruel el que le metía en aquellas trampas o su ingenuidad? Porque esa es la cuestión, que por muy inteligente, astuto, hábil y demás dones del cielo que uno posea, nadie está libre de padecer destellos de ingenuidad que hacen caer en las sucesivas trampas que nos va poniendo la vida. Y ahí es en donde reside toda la enjundia de la existencia, en poder o no poder escapar de esas trampas en las que continuamente estamos quedando atrapados.
Me pregunto si habrá alguien tan cuerdo, o hábil, que nunca cayó en trampa alguna. Más bien, por lo que observo, diría que cayeron y llegaron a sentirse tan gusto en ellas, con la seguridad que les daban las cadenas, que ni por asomo sintieron la necesidad de escapar. Seguramente porque ese era el destino que los dioses habían preparado para ellos. Yo, les llegué a envidiar, pero solo cuando vivía inmerso en las angustias de la fuga. Una vez fugado, y en tanto me volvía a sentir atrapado, me daba pena toda esa gente de la que solo veía las cadenas que arrastraban.
En fin, no sé, porque tan pronto pienso que cada vida es una Odisea como me parece que todo el ruido del mundo es producido por las cadenas que arrastramos. En cualquier caso, mi Odisea particular, ya está en la fase de los hombres feacios, esperando a que, a cambio de mis historias, boten un barco para trasladarme a la ansiada Ítaca.
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