Andaba ayer a vueltas con el Libro de la Sabiduría y me maravillaba la concisión con la que el autor explica la que a todas luces es la cuestión clave de la condición humana: la adquisición de conocimiento. Porque, ¿qué otra herramienta tienen los humanos para conservar su especie que no sea la adquisición de conocimiento? El conocimiento es nuestra esencia y nuestra fuerza. Por eso, una vida no puede ser cumplida si no está dedicada en cuerpo y alma a esa adquisición. Lo demás son mandangas. Quizá este libro sea, de entre todos los que componen la Biblia, el que más ha calado en el pueblo judío. En cualquier caso, es el que mejor los define y, para confirmarlo, solo hay que remitirse a los hechos:
La pretendí como esposa
»Gracias a ella alcanzaré la inmortalidad
y legaré a la posteridad un recuerdo imperecedero.
»Gobernaré pueblos, someteré naciones;
soberanos temibles se asustarán al oír mi nombre;
con el pueblo me mostraré bueno y en la guerra valeroso.
»Al volver a casa, descansaré a su lado, pues su trato no desazona,
su intimidad no deprime, sino que regocija y alegra».
Se han parado a pensar la cantidad de judíos inmortales que hay. Suprimiésemos todo lo que han aportado al mundo y andaríamos unos cuantos siglos por detrás... aunque, tampoco podemos saber si eso sería contraproducente. Porque a veces parece que tanto adelanto no sirve para otra cosa que no sea tenernos encadenados a una roca del Cáucaso. Con el águila que viene todos los días a roernos los hígados, incluido.
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