sábado, 17 de agosto de 2024

El retorno

Me contaban mis hijas, que son gente de mundo, que el otro día habían quedado con unos conocidos londinenses que, como ellas, andan por aquí. Él, un ingeniero informático, les comentaba con extrañeza el modo de vida que lleva aquí la gente. Venía a decir lo de aquella canción: de dónde sacan para tanto como destacan, porque, según él, España ya no es lo que era en lo que a los precios se refiere. También en eso somos europeos ya.  

Personalmente, desde que conocí, siquiera someramente,  las teorías de la Escuela Austriaca de Economía y, sobre todo, escuche las conferencias del profesor Bastos, entiendo perfectamente de que va la cosa: este estilo de vida no es otra cosa que una forma sibilina de servidumbre. Toda esa pobre gente que se amontona en playas, terrazas y demás apriscos, ha sido desposeída por el adoctrinamiento que es la educación pública de todo deseo de trascendencia. Es gente que sin darse cuenta de ello está en la granja orweliana. Vigilada por los mastines para preservarlos de los lobos que podrían venir a pervertirlos. 

¿Por qué coño hay que estar siempre tomando algo? Como las gallinas en el gallinero que no cesan de picotear de puro aburrimiento. Cuando era niño, allí en el pueblo, a los polluelos, tan pronto alcanzaban consistencia, les cortaban las plumas de un ala para que no pudiesen saltar la valla de tela metálica. Porque su tendencia natural era escapar hacia una vida llena de peligros, pero en libertad. Mi impresión es que todo lo que vive es por naturaleza valiente hasta que viene alguien y le corta un ala. Entonces, discapacitado ya, nadie quiere salir del gallinero. O de la terraza. O de la playa. O del crucero. O de cualquiera de las mil formas de consumo cutre que vienen a marcar el límite de las posibilidades: la tela metálica del gallinero. 

A D. G., se ve por ahí un lento despertar. Juraría que la seguridad del corral va perdiendo atractivo entre los jóvenes  frente a inseguridad de la selva. ¡Aunque vete tú a saber! Porque el whisfull thinking nos juega malas pasadas.

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