Siempre se dijo que del dicho al hecho hay un gran trecho. Por eso Santo Tomás quería meter el dedo en la llaga para cerciorarse de que lo que estaba viendo era realmente una llaga y no una cosa de aquellas que Guzmán de Alfarache y sus compinches se pintaban sobre la piel para suscitar compasión. Porque se daba el caso de que aquellos mendigos eran unos verdaderos artistas simulando alifafes.
Simular la realidad siempre ha sido un arte de lo más rentable. De hecho, se ha llegado a tal perfección que pocos son los que, aun metiendo el dedo en la llaga, se aperciben de que es una llaga pintada. Así, claro, no es extraño que la desconfianza suba como la espuma. Y es que ves un video en el que Trump, con su inmarcesible tupé, está liderando una banda de rock. ¡Leches, qué tío, vaya pelotas! Lo mismo plancha un huevo que fríe una corbata. Es un superhombre. Y, como lo de la banda de rock de Trump, cualquier otra cosa de cualquier otro tipo. Así es que la propaganda ha adquirido tales grados de perfección que, ya, lo apropiado es retirarte del juego. Porque todo lo que te venden es más fake que nunca gracias a los buenos oficios de eso que llaman inteligencia artificial. La realidad y la ficción son indistinguibles hasta para los más avezados.
El otro día escuchaba que en los EEUU de América hay una asociación de nombre Heritage -algo así como patrimonio-, que promueve la organización social en pequeñas comunidades. Por lo visto tiene un éxito increíble, lo cual no me extraña nada, porque ya solo puedes confiar en lo que conoces de primera mano, por el trato cercano. Es, dicen algunos, como si se estuviese volviendo a la Edad Media. Lo que pasa en el valle de al lado, no me interesa más allá de lo que comercio con él; yo lo que quiero es que mi valle funcione bien. Que aquí mande por una temporada corta alguien que sepamos, por trato directo, que es trigo limpio. Y por supuesto, armados hasta los dientes para disuadir a los bárbaros de pasar por aquí cuando vayan camino de Roma, o Washington, para saquearla. Porque, inevitablemente, ese es el destino de todos los grandes poderes, el ser saqueado por los bárbaros.
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