martes, 27 de agosto de 2024

El llanto

Una de las cosas que más me llaman la atención, tanto en la Ilíada como en la Odisea, es la facilidad y naturalidad con la que los héroes lloran. En adelante, o mucho me equivoco o nunca se volvió a ver llorar en la literatura, no digo ya a los héroes, sino al hombre común. Llorar se convirtió muy pronto en un signo de debilidad que había que evitar por encima de todo.  Desde muy pronto, llorar fue uno de los signos por antonomasia para diferenciar a los géneros, eso que ahora dicen algunos que no existe -me imagino que con ánimos de hacer un chiste-. Ya que no supiste luchar como un hombre, ahora, llora como una mujer, dicen que le dijo su madre al rey Boabdil cuando escapaba de Granada con el rabo entre las piernas. Imposible concebir un insulto más humillante.  

Aprender a disimular las emociones es algo considerado como parte fundamental de una buena educación. Conservar la sangre fría, que le dicen, sea cual sea la circunstancia que se presenta. "Pero sea con disimulo, Raquel, / no armes la venganza con la amenaza, / sientan el golpe los que te ofendieren / antes que el amago de tus iras". Le aconseja su padre a Raquel, la amante del rey que los cortesanos buscan liquidar. 

Los héroes, como les decía, lloraban por aquel entonces. Sin embargo, toda su actitud ante la vida estaba condicionada por el qué dirán. No se podía concebir dejar peor herencia a los hijos que el haber sido protagonista de un acto de cobardía. El no haber vengado una afrenta, por ejemplo. Más o menos, lo mismo que seguimos viendo en las películas del oeste. Pero, imagínense una de esas películas en las que el bueno llora: es algo inconcebible. 

Todo esto me hace pensar si no habrá sido un retroceso civilizatorio el considerar que la contención del llanto es un signo de fortaleza. Porque el llanto es uno de los tantos procesos fisiológicos con los que la naturaleza nos dotó para equilibrarnos. Llorar, indiscutiblemente, libera noxas: la pena, la tristeza... todas esas emociones que constriñen el sistema nervioso parasimpático poniendo a las vísceras en un brete. 

Y es curioso, porque otras manifestaciones de la personalidad, como pudiera ser la vehemencia, no suele importar a la mayoría el exhibirla, siendo como es mucho más delatora. Siempre que nuestras razones son pobres tratamos de reforzarlas con la vehemencia. ¡Y qué le vamos a hacer! No todo el mundo ha tenido un padre como Raquel. Judío, por cierto. No me extraña que la gente les odie tanto. Pero éste es otro tema.    

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