Vaya por delante que a estas alturas de la vida si me fuera a sorprender, y no digo, ya, indignar, por las cosas que pasan, sería la prueba irrefutable de que ya estaba de vuelta en la niñez, como es propio de los viejos cuando tienen perdida la chaveta. La historia de la humanidad es una continua lucha por el prevalecer los unos sobre los otros. Es un trastorno que traemos de fábrica, supongo que por estar imposibilitados para sentirnos seguros, lo cual, en la inmensa mayoría, no es más que una cruz que se arrastra por la vida con resinación. Pero, luego, está esa minoría psicopática que cree que imponiéndose a los demás puede torcer el brazo a la naturaleza y, por eso, actúan como si nunca se fuesen a morir. El problema se agrava porque, por lo general, la naturaleza se complace en dotar a los psicópatas con un alto poder de persuasión y otros diversos encantos. Fijándose en ellos es como el mundo inventó la figura del diablo. Otros lo llaman Moriati. Otros, Fumanchú. Otros, Mabuse. El ser humano ha inventado infinitos nombres para la representación del mal en estado puro. Y es que, no es para menos, porque los psicópatas son pocos, pero se las apañan con una facilidad sorprendente para hacerse omnipresentes.
Pero como la naturaleza tiende a equilibrarse por tal de no perecer, a esa minoría psicopática se le opone otra minoría, quizá psicopática también, pero de signo, por así decirlo, contrario. Son los caballeros andantes de la Edad Media, con un desprecio absoluto de la muerte, y por tanto con una coraza que les hace insensibles al miedo. Cualquiera que viva con una permanente consciencia de que aquí estamos de paso ya lleva puesta esa coraza. Por no morir no merece la pena en absoluto el dejarse avasallar por los malvados. Porque ese el asunto, que los malvados avasallan, es decir, que quieren que seas su vasallo, le rindas pleitesía, le limpies el culo, y todas esas humillaciones que la inmensa mayoría soporta con tanta resignación que ni siquiera es consciente de que las soporta.
Personalmente, después de haber visto lo que he visto durante lo que han llamado pandemia, estoy convencido de que el mundo atraviesa una etapa en la que los malvados están ganando por goleada a los caballeros andantes. Y eso es lo bueno, que cuando alguien se acostumbra a ganar por goleada está firmando su capitulación. Porque nada debilita tanto como sentirse poderoso. Y no es que diga esto porque soy lector asiduo de la Biblia, que también, sino porque mi ya dilatada experiencia así me lo atestigua.
Prueba fehaciente de todo esto que estoy diciendo es el cómico contencioso que los mandamases de la Comunidad Europea se traen en estos días que corren con el magnate Elon Musk. Esa chusmilla se ha acostumbrado tanto a que nadie le tosa que tiene totalmente perdido el juicio y, por eso están empeñados en poner puertas al campo. Y Elon, que se ha curtido combatiendo, se ríe de ellos. Ahora le piden que censure en Europa la entrevista que viene de hacerle al candidato republicano a la presidencia de los EEUU. Ya digo, tienen completamente perdido el juicio. Como si ese señor, el tal Trump, no tuviese muchas papeletas para convertirse de aquí a cuatro días en el emperador del Imperio del que la Comunidad Europea forma parte. ¿Por qué entonces no quiere esa chusmilla gobernante que los ciudadanos se enteren de lo que piensa el muy posible futuro emperador? No veo otra explicación que la dicha: completa pérdida del juicio. O sea, a dos pasos de su hundimiento total.
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