Fui a un colegio en el que te tenías que andar con cuidado porque a nada que te extralimitabas en tus naturales deseos de libertad te caían dos cuadernos. Venía el cura por detrás y te decía: Sr. Tal, dos cuadernos. Dos cuadernos de caligrafía. Los vendían en una pequeña papelería que había en los soportales del patio. No es que yo fuese de los que más cuadernos tuve rellenar, pero tuve mi lote, más que suficiente. A la postre no me vino mal porque adquirí una escritura de calidad bastante aceptable: cuando empecé a ejercer, los informes y tratamientos los tenías que hacer a mano y muchos pacientes me dijeron que yo era el único médico al que habían conseguido entender la letra. Una vez más se cumplió el dicho de que no hay mal que por bien no venga. Después, cuando empecé a escribir, por supuesto que lo hacía a mano y, creo recordar, me enorgullecía viendo la limpieza y claridad de aquella escritura. Pero entonces, un día, hará ya treinta y pico años o así, fui con un conocido que era bibliotecario en la Universidad de Salamanca a que me enseñase cómo funcionaba todo eso de los ordenadores y el internet. Cualquier artículo de cualquier universidad americana que quieras me lo pides y te lo consigo al instante, me había dicho en una de aquellas interminables tertulias en la sala de la calle Bordadores. ¡Qué tiempos aquellos, Dios mío! Todavía éramos humanos al cien por cien, o casi.
El caso es que, ordenadores mediante, he perdido casi por completo la habilidad de la escritura. Con los números me defiendo porque me gustan los acertijos geométricos y algebraicos, pero, cuando, por lo que sea, tengo que intercalar alguna frase, es un desastre. Me consuelo pensando que serán cosas de la edad. Pero tampoco es que me tiemble tanto el pulso. Es, simplemente, que se me han atrofiado las conexiones neuronales que había generado con aquel castigo que me imponían en el colegio.
En realidad, los ordenadores, como casi todos los cachivaches que usamos para facilitarnos la vida, son ortopedias; es decir, suplen, o dan apoyo, a un órgano averiado. Y si las empiezas a usar, por comodidad, antes de que el órgano se averíe, entonces, indefectiblemente, el órgano se atrofia. Eso es lo que ganamos con el uso de lo innecesario: atrofia.
Pensaba en estas cosas porque he oído por ahí que en algunos países del norte han recuperado el norte, valga la rebuznancia. En Suecia creo que es que han decidido retirar de las escuelas todo tipo de aparatos electrónicos y volver a la tiza y encerado y el papel y la pluma. También, tengo entendido que algunos magnates americanos de la cosa tecnológica, han creado escuelas para sus hijos en las que no se permite el uso de cachivaches digitales. Se ve que esa gente, más avispada que lo común, han visto las orejas al lobo y han reconsiderado sus opiniones que, de tanto repetirlas, habían convertido en convicciones.
En realidad, la cosa es bien sencilla, y perdonen que insista: volvemos al mito por antonomasia de la civilización occidental, el mito prometeico. No se puede robar fuego, o conocimiento, a los dioses sin que estos cobren peaje. O te encadenan a una roca, o te mandan a una Pandora con una caja llena de males... o cualquier putada por el estilo, como atrofiarte las neuronas para que te creas lo que no es y vayas corriendo a ponerte a la cola donde vacunan de cualquier mal imaginario.
Seguramente que será mucho más relajado trabajar como a la antigua usanza entre papeles y plumas. El sistema nervioso resultará beneficiado.
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