Cuanto más se insiste en la lectura de la Biblia más cuenta se da uno de que el gran misterio de su pervivencia consiste, sobre todo, en que es un gran consuelo. Y es que el gran argumento de ese libro es la justicia divina; siempre está, ahí, al quite. Nadie escapa a su brazo implacable. Sin esa esperanza la vida de la inmensa mayoría sería insoportable.
El asunto es muy simple: cuando cualquier ser humano, por lo que sea, adquiere alguna preeminencia o poder, tiende de forma natural a contravenir las leyes no escritas del cielo. Es decir, a abusar de su preeminencia o poder en detrimento de los que le rodean. Es así como funciona el mundo. Sabido lo cual, tenemos dos opciones para sobrevivir a la injusticia: una, confrontar la violencia que se te hace con tu propia violencia; otra, pensar que Dios te está poniendo a prueba pero que, a la postre, no te abandonará... ésta última fue la que utilizaron Gandi, Martin Luther King Jr. y Mandela, con el resultado de todos conocido.
Y no hay más tu tía. Crees o no crees. Si algo malo te está sucediendo es porque Dios te está poniendo a prueba por alguna deuda que has contraído con él. Entonces, lo sabio es ponerse a pensar en qué habrá sido lo que has hecho para suscitar la ira divina. Porque, la ira divina, por definición, nunca es gratuita. Así, una vez descubierto el yerro, si tienes voluntad de corregirlo, Dios acude en tu auxilio. A veces tarda porque quiere comprobar si es sincero tu arrepentimiento. Pero si constata tu buena voluntad puedes estar seguro de que te sacará del atolladero.
Así que, ya digo, Crees o no crees. Si crees, tienes garantizado, si no la solución, sí, al menos, el consuelo. Si no crees, te queda la opción de hacerte comunista o algo por el estilo que, en definitiva, no es otra cosa que ir por el mundo arrastrando la mala leche y drogándose para sobrellevarlo. Así son las cosas y no cabe hacerse ilusiones al respecto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario