viernes, 18 de abril de 2025

El odio artillado

 Escribe Ortega, allá, en los comienzos del siglo XX: "Yo sospecho que, merced a causas desconocidas, la morada íntima de los españoles fue tomada tiempo hace por el odio, que permanece allí artillado, moviendo guerra al mundo. Ahora bien, el odio es un afecto que conduce a la aniquilación de los valores. Cuando odiamos algo, ponemos entre ello y nuestra intimidad un fiero resorte de acero que impide la fusión, siquiera transitoria, de la cosa con nuestro espíritu. Solo existe para nosotros aquel punto de ella donde nuestro resorte de odio se fija; todo lo demás, o nos es desconocido, o lo vamos olvidando, haciéndolo ajeno a nosotros. Cada instante va siendo el objeto menos, va consumiéndose, perdiendo valor. De esta suerte se ha convertido para el español el universo en una cosa rígida, seca, sórdida y desierta. Y cruzan nuestras almas por la vida haciéndole una agria mueca, suspicaces y fugitivas, como largos canes hambrientos."

Me parece una descripción terrible de nuestra condición como pueblo. Como de esos destinos colectivos malditos que aparecen en la Biblia. Sin duda, debía de estar el hombre hasta el gorro de lo que percibía a su alrededor y busco el desahogo de la pluma. Pero yo pienso que uno de los mayores errores del razonar son las generalizaciones. Decir "los españoles" es, aparte de un error, una injusticia. Primero, porque ese odio artillado que dice, no es patrimonio de nadie en particular, sino de toda la humanidad en su conjunto; y, segundo, porque entre los españoles, como entre cualquier colectivo, siempre ha habido hombres justos, temerosos de Dios, que han derrochado generosidad. 

Pero, sí es verdad que con harta frecuencia vemos a nuestro alrededor ejemplos de odio artillado, dispuesto a saltar a la primera de cambio con ansias de aniquilar a lo que se intuye como superior. Es, en definitiva, la envidia, el dolor por el bien ajeno, el motor que artilla ese odio. Y de eso, ¿quién se libra a nada que baje la guardia? Éste es un tema central de la especulación humana desde el origen de los tiempos: ¿cómo no dejarse arrastrar por el dolor por el bien ajeno cuando a ti te va mal? Tenemos una tendencia natural a considerar que esa diferencia es una injusticia divina y, en cierto modo, no sin razón, porque lo de ir bien o mal en la vida tiene mucho que ver con los dones que suministraron los dioses al nacer. 

Pero claro, interpretada así la vida, apaga y vámonos. También se sabe, desde el origen de los tiempos, que el favor de los dioses tiene mucho que ver con los sacrificios que les ofreces. Y esto es lo que suelen olvidar los que se quejan de injusticia divina. Es fácil comprobarlo observando a tu alrededor: los que más se quejan de injusticia suelen ser, por lo general, los que menos sacrificios ofrecen. Así es, pienso yo, que esa sensación de injusticia que deviene en la envidia que artilla el odio, sino en todo, si en gran parte, trae causa de la puta vaguería. 

La vaguería, la desidia, la procrastinación, como ahora se le dice. Ya nos lo decían en la catequesis, que la ociosidad es la madre de todos los vicios. 184.000 bares hay en España; por aquí debiera haber empezado Ortega. No, es que yo voy al bar a socializar, dice la chusma. ¿Qué coño mierda es eso de socializar? Se lo diré yo: darse la razón los unos a los otros de que a los que les va bien es porque roban... dar rienda suelta al odio, en definitiva. Y luego pasa lo que pasa, que siempre parece que estamos a un pelo de llegarnos a las manos. 

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