Es noche cerrada y andan Don Quijote y Sancho por un apartado lugar al que se han recogido para atiborrarse con las viandas que Sancho había afanado de las alforjas de uno de los curas a los que Don Quijote había puesto en desbandada. Como no tenían nada que beber, se mueren de sed y deciden tirar algo más adelante en busca de las fuentes que verdean aquellos lugares. No tardan en escuchar el sonido del agua, pero, también, unos misteriosos golpes cadenciosos que excitan la imaginación de don Quijote y llenan de miedo a Sancho. Don Quijote se apresta a la lucha, pero, Sancho, que no se quiere quedar solo, ha puesto un cepo en las patas delanteras de Rocinante. De nada sirve picar espuelas. Y así quedan por horas, esperando el amanecer, Don Quijote en posición de combate y Sancho agarrado al arzón posterior de la silla rocinante. Y entonces es cuando a Sancho le entran ganas de hacer lo que nadie puede hacer por él:
—No sé, señor —respondió él—: alguna cosa nueva debe de ser, que las aventuras y desventuras nunca comienzan por poco.
Tornó otra vez a probar ventura, y sucediole tan bien, que sin más ruido ni alboroto que el pasado se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto y cosido con él que casi por línea recta subían los vapores hacia arriba, no se pudo escusar de que algunos no llegasen a sus narices, y apenas hubieron llegado cuando él fue al socorro apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso dijo:
—Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo.
—Sí tengo —respondió Sancho—; mas ¿en qué lo echa de ver vuestra merced ahora más que nunca?
—En que ahora más que nunca hueles, y no a ámbar —respondió don Quijote.
—Bien podrá ser —dijo Sancho—; mas yo no tengo la culpa, sino vuestra merced, que me trae a deshoras y por estos no acostumbrados pasos.
—Retírate tres o cuatro allá, amigo —dijo don Quijote, todo esto sin quitarse los dedos de las narices—; y desde aquí adelante ten más cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía, que la mucha conversación que tengo contigo ha engendrado este menosprecio.
—Apostaré —replicó Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho de mi persona alguna cosa que no deba.
—Peor es meneallo, amigo Sancho —respondió don Quijote."
No sé cuántas veces habré leído este famoso pasaje de los batanes. Da igual, porque estoy seguro que mil veces más que lo leyese me seguiría desternillando de risa. Pero, sobre todo, me seguiría admirando por la precisión y elegancia del lenguaje con el que está descrito el suceso. En fin, no es cosa de ponerse, ahora, a cantar las excelencias de Cervantes; de sobra son conocidas por cualquiera que haya mostrado un mínimo interés por las cosas de este mundo. Porque eso es Cervantes, las cosas de este mundo: realismo en vena. Y con el más fino sentido del humor que conocieron los siglos. ¿Acaso hay algo más importante que el sentido del humor para marcar la diferencia entre los del montón y los genios?
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