El otro día les decía, simplificando, por supuesto, que no es lo mismo hacer cosas que opinar. Esta mañana me comentaban que opinar también es hacer cosas. ¿Quién lo podría discutir? Y, como todas las cosas, opinar está sujeto a su label de calidad para asignarle más o menos valor. ¿Quién le da el label a un opinador? ¿Acaso el número de adeptos? ¿Las titulaciones académicas que tiene? ¿Su prestigio social? En cualquier caso, estarán de acuerdo conmigo en que es muy complicado valorar la calidad de una opinión, y que, en esa dificultad estriba uno de los hándicaps que más contribuyen a entorpecer la vida tanto a nivel individual como colectivo.
Yo no sé ustedes, pero, en lo que a mí atañe, me he pasado la vida dando credibilidad a personas que con el paso del tiempo descubrí que eran unos embaucadores. Es esa una experiencia que nos sirve para ir instalándonos en un progresivo escepticismo a poco sensatos que seamos. Dicho de otra manera, los sucesivos desengaños nos ayudan a adoptar una postura más apolínea a la hora de observar la realidad. Apolíneo, para quien no lo sepa, es muchas cosas, pero, sobre todo, distancia. Saber tomar distancia es la clave del sosiego espiritual.
Y esa es la gran cuestión, que los desengaños no se bastan por si solos para enseñarte a tomar distancia. Es fundamental el ejercicio de la reflexión, el más difícil de todos los aprendizajes. Porque, ¿cómo se aprende a reflexionar? Todo parece indicar que hay personas que nacen más dotadas para ese ejercicio, pero mucho me temo que por muy dotado que se esté de inicio, sin gimnasia, pronto se atrofia el músculo.
Reflexionar es hacer pasar por un cedazo todo lo que nos corre por la cabeza antes de dejarlo salir por la boca. Cedazo que se va construyendo pacientemente a golpe de sacrificio. No hay nada más sacrificado que la adquisición de conocimiento; sacrificado y descorazonador, porque cuando más profundizas en algo, más te crece la conciencia de que el fondo es inalcanzable. Por eso es que la opinión del sabio suele estar siempre teñida de ambigüedad y escepticismo.
Así es que, toda esa opinión, en teoría de expertos, que hay en las redes sociales no es en su inmensa mayoría más que babardeo de portera. ¿O es que acaso las porteras no son expertas en aquello de lo que hablan? Pero también hay perlas entre la ganga que se distinguen precisamente por lo que les decía, un cierto grado de ambigüedad y escepticismo, lo que no vendría a ser sino el manido temor de Dios, o, dicho de otra forma, el reconocimiento de las limitaciones que tenemos los humanos por el simple hecho de ser humanos.
En fin, peliagudo asunto ese de la distinción ente opinión y babardeo; ¿quién distingue la tenue línea que los diferencia?... y más teniendo en cuenta que somos víctimas del wishful thinking, es decir, que nos jode una barbaridad que nos desmientan.
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