jueves, 24 de abril de 2025

El Papa Montonero




Recuerdo que en el colegio, cuando andábamos por por los trece o catorce años, solíamos recitar tal que así: un Papa en un tiempo muy lejano/ se llevó una puta al Vaticano/ la puta no se andó en contemplaciones/ y le pegó unas tremendas purgaciones. Moraleja: aunque el Papa es infalible con la boca/ con la polla a veces se equivoca. 

Eran mediados los cincuenta del siglo pasado y aunque el clericalismo oficial parecía estar en su apogeo -misa diaria y cosas por el estilo- la realidad era bien diferente: cierta clase media, la medianamente ilustrada, estaba hasta el gorro de aquella pantomima y, aunque no lo verbalizase directamente, se les notaba en el humor y eso los críos lo captábamos al vuelo y actuábamos en consecuencia.  

Y de aquellos polvos, los lodos que mi generación arrastró a todo lo largo de la vida. Interesarse por las cosas de Dios era lo más cutre a lo que uno se podía dedicar. Andaba ya por los cuarenta, cuando, a causa de estar leyendo por entonces el Dr. Faustus de Mann, caí en la cuenta de que las cosas podían ser de otra manera: el protagonista de la novela estudiaba teología. No tardé en comprar una Biblia. Luego, ya, mis percepciones, en lo que respecta a lo sagrado, fueron muy diferentes. No es que me hiciese creyente, pero dejé de blasonar de agnóstico. Leyendo a la Zambrano, comprendí algo de la enjundia que tiene todo eso de lo sagrado y lo divino. Desde luego que ya no me río, sino que, más bien, observo con mucha curiosidad todo lo referente a las religiones y sus liturgias, y es que me he dado en la cuenta de que, quizá, lo más importante de esta vida es la relación que tenemos con lo divino; al respecto, cada cual hace de su capa un sayo, pero nadie escapa a esa necesidad y, los que  menos escapan, son esos que presumen de ateos, o agnósticos, que suena más fino, y que en la realidad son creyentes talibánicos de religiones infantiles de las que ha sido expulsado todo atisbo de misterio y todo encaja como en un puzle, ya digo, para niños... se mueren de aburrimiento. 
 


llegaste a tu destino


Les cuento estas batallitas a propósito de la muerte del Papa Montonero. Un hombre que siguiendo la moda de la época no aprendió a diferenciar lo que se le debe a Dios de lo que se le debe al Cesar. Para él, Dios y el Cesar estaban mezclados en un batiburrillo llamado Estado. El Estado protector que todo lo iguala. El aburrimiento, o la tristeza, institucionalizada.. y ali
viada por el amor de un perro. Al final el hombre tuvo su merecido: llegó a su destino en un papamóvil cortesía de los laboratorios Pfizer... les ayudó mucho a vender vacunas. 

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