Se murió Vargas Llosa, un hombre al que uno le dedicó unas cuantas horas de la vida. Las que me llevó la lectura de La Ciudad y los Perros, La Catedral, La guerra del Fin del Mundo, Pantaleón y las Visitadoras, y ya tuve bastante. Me recordaba mucho su estilo al de aquellos americanos de lo se dio en denominar Generación Perdida: Faulkner, Fitzgerald, Hemingway y así. Pero eso da igual, porque lo que cuenta es que me entretenía mucho, supongo que porque sintonizaba con mis preocupaciones del momento. Luego, bastantes años más adelante, le leí unos cuantos artículos de opinión. Lo que no entendía es cómo podía publicarlos en El País -el templo por antonomasia de la socialdemocracia-, porque eran los primeros artículos que se escribían en España con tufillo a lo que luego supe que era la Escuela Austríaca de Economía. Pensamiento liberal, en definitiva, que era a lo que yo me estaba apuntando por entonces cada vez con más convicción. Luego, ya, lo perdí de vista. Y, a lo último me enteré de que, en lo que sin duda fue un ataque de senilidad, había corrido tras las bragas de una cortesana de postín, circunstancia ésta que, curiosamente, ha sido la parte de su biografía más remarcada por la mayoría de los obituarios que se le han dedicado en los diferentes medios.
Luego me he enterado de que lo de correr tras las bragas era marca de la casa. Toda su vida fue enamoradizo como, por otra parte, correspondía a su condición de creador. Y es que es muy difícil dar a luz cualquier cosa de valor sin estar entroncado con el dios Eros: en estando erotizado uno se come el mundo. Son cosas de la condición humana que, quién más, quién menos, todo el mundo tiene o ha tenido su lote... o, de lo contrario, mejor no haber nacido.
La verdad es que uno, en su modestia, no puede dejar de seguir, al respecto, sobre la brecha. Me envía Manolo el enlace a un vídeo de Carolina Barenbaum, una guitarrista argentina que interpreta sus propias composiciones. No tardo mucho en ser presa de sus encantos. Su imagen, su música, todo en ella destila juicio y serenidad. Usted es la mujer, le digo, que a cualquier hombre sensato le gustaría tener a su lado. Ella me da la gracias y yo tengo un subidón: hoy agarraré la guitarra con más ganas, si cabe.
En fin, lo dicho, si dejas de enamorarte, mejor apaga y vete.
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