martes, 22 de abril de 2025

La vulnerabilidad de lo sofisticado

Me manda Santi unos artículos de prensa en los que se da cuenta del ciberataque que ha sufrido la universidad en la que trabaja. Por supuesto que han dejado a la universidad, como si dijéramos, en huelga de brazos caídos. Y las autoridades competentes se han apresurado a decir que abrirán una investigación para esclarecer lo sucedido y poder poner remedio a los fallos de seguridad. ¡La dichosa seguridad! ¡Como si existiese tal cosa! Con lo sencillo que sería reconocer que cuánto más te sofisticas más parcelas de tu culo dejas al aire. Es una ley de la naturaleza y contra Dios nada se puede. 

Pero da igual, porque las autoridades competentes en todas las materias llevan cien años intentando convencer a la gente de que Dios no existe, así que, à quoi  bon, que dicen los franceses, preocuparse por la vulnerabilidad de lo sofisticado.  Tenemos soluciones para todo: si lo analógico falla, nos pasamos a lo celular, que, por lo demás, ya tiene su sustituto en lontananza, lo cuántico, que todo indica que va a ser la rehostia en vinagre.  

Pues sí, así va la cosa, en manos de estos subnormales que hacen como que nos gobiernan en la misma medida que nosotros hacemos como que somos gobernados. Y entre tontos anda el juego. Ahora parece ser que quieren sustituir el dinero en efectivo por el digital. Para que nadie defraude a hacienda, dicen. Supongo, que debe haber ya mucha gente por ahí frotándose las manos por las oportunidades de negocio que la vulnerabilidad del invento les va a proporcionar: un sistema monetario paralelo... de carne y hueso, por supuesto. ¡Anda que la gente no tiene claro que con las cosas de comer no se juega! 

En fin, menos mal que ha llegado a las alturas del poder un loco que dice creer en Dios: lo primero que ha hecho ha sido firmar un decreto para prohibir la supresión del dinero en efectivo. Las alturas del poder, ya saben, los que ponen y quitan Papas... parece ser que, ahora que ha muerto el Papa montonero, van a poner a uno, ¡oh, maravilla!, que cree en Dios, es decir, en la vulnerabilidad de lo sofisticado. Vamos a ver en qué queda la cosa. 

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