lunes, 21 de abril de 2025

Los mercaderes en el templo

Una de las mayores y, por supuesto, más estúpida, ilusión de la vida es la de creer que hemos descubierto la verdad de las cosas. Ilusión que, forzosamente, tiene que ir acompañada de la conciencia de haber vivido engañado hasta ese feliz momento del descubrimiento. Y así se le va a uno la vida, sustituyendo un engaño con otro para poder seguir en el tajo. Porque, ¿qué sería de nosotros sin esa ocupación tantálica? Ya saben, lo de de subir una piedra hasta la cumbre para que se nos escape de las manos nada más llegar allí y ruede ladera abajo hasta el mismo sitio donde estaba antes de iniciar el esfuerzo. Y vuelta a empezar. 

La obsesión de la verdad: el "pienso, luego existo" que tanto le costó descubrir a Descartes. A partir de ahí, es imposible avanzar como no sea para constatar que existir es, fundamentalmente, sufrir. No hay más que salir a la calle para darse cuenta. Miro para un lado y veo un anuncio que advierte sobre el cáncer de colon, miro para otro, y siempre hay una clínica de lo que sea y, unos metros más allá, un hospital gigantesco y, por si con eso tuviéramos poco, las autoridades competentes en la materia han colocado en cada esquina, colgado de la pared, un cachivache, debajo del cual se puede leer: espacio cardioprotegido. Esa es la realidad incuestionable, que si sales a la calle de inmediato te topas con el espectro de la muerte... y tiemblas de miedo. 

Así y todo, yo salgo y me llego a los confines del barrio Pesquero -solo tengo que atravesar tres o cuatro espacios cardioprotegidos- y me siento a seguir con las aventuras del ingenioso hidalgo. Él me trae consuelo porque tiene las cosas claras: la acción con la finalidad de restaurar aquella edad dorada en la que los mercaderes todavía no habían llegado al templo. 

Siempre recuerdo a aquel mercader que le decía al profesor de piano de su hijo: no le exija mucho que de mayor se podrá comprar todos los discos que quiera. Y ese es el asunto, que, en esta edad de hierro que vivimos, todos somos hijos de mercaderes educados en la poca exigencia... y nos queda demasiado tiempo para buscar la verdad de las cosas. ¡Qué tormento! 

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