jueves, 10 de abril de 2025

Jacob Collier

De pronto surge un genio. Es el caso de Jacob Collier, un londinense que por el querer de los dioses es capaz de distinguir a pelo, no ya los doce semitonos que hay dentro de una octava musical, sino los sonidos que hay entre tono y semitono -los microtonos-. Es lo que llaman oído absoluto, algo muy infrecuente, pero no excepcional. Lo que sí es excepcional es que a esa capacidad innata se le junte una inteligencia privilegiada con una imaginación desbordante. Y si a eso se le añade la circunstancia de ser un inglés con una dicción impecable -mejor que la del Dr. Higgins, el de Pigmalión- ya tenemos Jacob Collier para rato.  

Desde luego que Jacob nada que ver con los Beatles y todas aquellas bandas de los sesenta del siglo pasado que más que nada fueron productos comerciales exitosos, gracias, más que a su calidad o novedad musical, al ingenio de los vendedores del producto. De hecho, a mi inmodesto juicio, las canciones de los Beatles, musicalmente hablando, son de chichinabo; simplemente tienen melodías pegadizas; o sea, el típico producto del marxismo cultural que el poder dominante de aquellos maravillosos años nos estaba inyectando en vena a diario. Ya ven ustedes a dónde lleva la ignorancia de la ignorancia que señorea a los que pretenden ilustrarse por medio de las modas. En fin, agua pasada no mueve molino, porque el caso es que aquí tenemos a Jacob que no necesitó de ninguna industria para promocionarse; solo tuvo que subir vídeos a YouTube para que la multitud de los entendidos en la materia se hiciesen eco de sus muchas cualidades. Porque esa es la gran diferencia de estos con aquellos tiempos, que se han multiplicado por muchos miles las personan que saben de qué va lo del ciclo de quintas. Jacob, de momento, no es para las masas, es para los entendidos. Es lo va de los entretenedores a los genios: la innovación.  

Jacob ha hecho lo que nadie se podía esperar: cambiar la estructura de la guitarra. Todos pensábamos que mejorar la guitarra era algo que solo se podía conseguir descubriendo materiales con mejor poder de resonancia. La tapa de ciprés, por ejemplo, resuena mejor que la de pino. Y las cuerdas de nailon, mejor que las de tripa. Eso era todo. Pero, de pronto, Jacob nos descubre que es absurdo que la guitarra tenga seis cuerdas si nosotros solo tenemos cinco dedos en cada mano. Y también que la afinación, Re, La, Mi, La, Re, facilita mucho la formación de acordes respecto de la tradicional, Mi, Si, Sol, Re, La, Mi. ¡Dios mío, qué tiempos estos que estamos viviendo! Todo lo que creíamos ya consagrado se está poniendo patas arriba. Si la guitarra salta por los aires quiere decir que no vanos a tardar ni dos días en ver pasarle lo mismo al Baldaquino de Bernini y a la Sagrada Kaaba de la Meca.  

 Sí, señoras y señores, nada como las grandes conmociones dentro de la música para anticipar las que se han de producir en todos los demás ámbitos de la vida. Y es que la música va de armonía, es decir, de concordia. Si cambian las reglas de la armonía, cambian las de la concordia... que es en lo que estamos, y no por nada, sino porque el mundo ya nos estaba sonando mal: por monótono. 

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