miércoles, 23 de abril de 2025

La prueba

Andábamos esta mañana a vueltas con la teoría de la prueba. Alguna vez les he comentado que, allí, por los setenta del siglo pasado, cuando todos estábamos llenos de verdades de pacotilla, conocí a un tipo curioso -se pasaba los veranos leyendo en una torre de vigilancia en medio del bosque- que, a todo lo que le decían contestaba invariablemente con un: ¿en qué te basas? 

¿Se imaginan lo que serían las relaciones humanas si esa pregunta estuviese en el centro de todas nuestras conversaciones? Sería el fin del babardeo, del hablar por hablar haciendo correr a las suposiciones como si fuesen hechos probados. Decía el filósofo que, una convicción no es más que una opinión repetida muchas veces. 

Es muy difícil demostrar en la mayoría de las ocasiones que lo que dices es verdad. Nunca olvidaré la satisfacción que me produjo, cuando era niño todavía, el poder demostrar que la suma del cuadrado de los catetos es igual al cuadrado de la hipotenusa. Ahí, haciendo rayas sobre la hoja en blanco, llegas a una demostración incuestionable. Luego, ya, de mayor, cuando me puse a estudiar matemáticas, comprendía que el gran placer era deducir las fórmulas o teoremas por ti mismo. Cosas sencillas, elementales, como pudiera ser la fórmula de la ecuación cuadrática, o la de la elipse, tienen para el principiante una enjundia endemoniada. Cuando, por fin, das con ellas, tienes un subidón, y es que, no es para menos, porque en muy pocas ocasiones le es dado al ser humano demostrar que lo que dice es una verdad incuestionable. De hecho, el contenido de todos los libros de Euclides son demostraciones incontrovertibles de que lo que se dice es verdad y, de ahí, que haya sido el libro más leído de la historia de la humanidad después, claro está, de la Biblia, que es el libro de las bellas suposiciones por antonomasia. 

Es muy importante tener siempre presente en el pensamiento lo que va de la suposición a la verdad demostrada. Quizá la progresiva conciencia de esa diferencia es lo que nos hace prudentes y nos distancia de nuestros semejantes. Al final llegas a la casi convicción de que la soledad es lo único que previene contra el sentimiento de ridículo. Y no es que uno no comprenda que no se puede vivir sin suponer. Suponer es como respirar: lo hacemos inconscientemente y, lo terrible del caso, es que nuestras suposiciones están mayormente inspiradas por lo que los ingleses llaman wishful thinking, es decir, ilusiones surgidas del deseo. Esa es nuestra gran desgracia, que somos una máquina de autoengaño y necesitamos pegarnos miles de batacazos para espabilar un poco... en el mejor de los casos.  

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