De mis conversaciones mañaneras extraigo conocimientos que me dan para mucha sabrosa cavilación. Una amistad, decía Pla, si no te enseña nada, mejor déjala. Y es que la vida sin aprender es, como dice un proverbio chino, no vida; un aburrimiento mortal. Sea como sea, el caso es que con esas conversaciones he tenido conocimiento de que hay una cosa llamada Enuma Elish. Es un poema babilónico en el que se relata la creación del mundo. Ayer pasé un buen rato echándole una primera ojeada.
Todas las civilizaciones han necesitado para sustentarse de un relato que les de una explicación de quiénes son, de dónde vienen y cómo empezó todo esto. Hasta los proscritos de Alar se tiraban horas, mientras paseábamos por los bosques, discutiendo aspectos del Génesis judío. Como le daban un sentido literal se empantanaban en lo que para ellos eran incongruencias. Siempre concluían dándose la razón los unos a los otros sobre la imposibilidad de la existencia de Dios. Ellos estaban en la onda de los tiempos: su particular teogonía era la creación del Estado encarnado en su hija predilecta, la Pensión. La liturgia de su religión consistía en ir todos los fines de mes a retirar el dinero de la pensión del banco.
El caso es que lo poco que he leído del Enuma Elish me ha servido para confirmarme en la idea de que todo se hace en este mundo aupándose sobre los hombros de los que nos precedieron. En el Enuma está el embrión del Génesis judío y de la Teogonía de Hesíodo: la necesidad de poner orden en el caos, que es el principio de todo.
Eso son las religiones, el intento de poner orden en el caos. Por eso es que cuando se tiene la sensación de caos, cual pudiera ser el momento que estamos viviendo, hay una desbandada hacia los templos. Ayer escuchaba un programa de la televisión francesa Tocsin en el que se analizaba precisamente ese fenómeno que se está dando en Francia en particular y en todo el mundo en general. Y, caso curioso, la desbandada es fundamentalmente de los jóvenes hacia los templos católicos tradicionales, es decir, que conservan el misterio. El misterio de la encarnación. Fíjense cómo andarán las cosas, que el otro día en ese resort de lujo que tiene Donald Trump en Florida organizaron una eucaristía por todo lo alto. Parece ser que Donald ha comprendido que la predestinación protestante es el problema y el libre albedrío católico la solución. Sin libre albedrío, ni tiene sentido el juicio final, ni, ni siquiera, el código penal.
En fin, qué interesante es todo esto que está pasando desapercibido para las masas alienadas por la predestinación protestante, devenida en marxismo cultural. Poco a poco se va despertando del mal sueño para volver a por donde se solía, es decir, al temor de un Dios misterioso e implacable. No, no hay ese paraíso posible en la tierra que nos vienen prometiendo desde hace siglos los idólatras... un lamborghini, convénzanse, no es más que un montón de chatarra.
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