viernes, 11 de abril de 2025

¡Qué mala suerte!

Cuando yo era niño, lo de pasar el sarampión era la cosa más natural del mundo. Como una especie de rito de paso. Una vez padecido -una semana sin colegio-, ya te podías olvidar. Nunca oí que un niño muriese a causa del sarampión. Entonces, llegó el hombre del carromato y dijo que él tenía el remedio para que los niños no tuviesen que pasar por ese trance. Unos le creyeron y otros no, pero dio igual porque a los escépticos les obligaron a pasar por el aro so pena de ser expulsados de la comunidad. Una de tantas imposiciones so capa de bien común. ¿Les suena?

La cosa no fue a mayores, porque, total, solo era un pequeño pinchazo y Santas Pascuas. Claro que en el mundo iban pasando muchas cosas nunca vistas hasta entonces, como, por ejemplo, que cada vez más niños padecían una extraña enfermedad mental que se dio en llamar autismo. ¿Quién hubiese establecido entonces una posible relación causa/efecto entre la vacuna del sarampión y el autismo? Hubiera sido un absurdo total. Pero mira tú por donde, el demonio las enreda y los caminos del Señor son inescrutables: alguien tiró a boleo y creyó haber dado en la diana de esa relación. En cualquier caso, el incremento del autismo, de uno cada cien mil niños, a uno cada cien, en menos de medio siglo, a algo tiene que ser debido. 

El gran quid de la cuestión es que para entonces el hombre del carromato se había hecho tan poderoso que podía comprar todas las voluntades. Al que tiró a boleo y creyó, con ciertos fundamentos, haber dado en la diana, se le tachó de loco y se le encerró en la irrelevancia social. Las autoridades tenían la mano tan engrasada por el hombre del carromato que por nada del mundo hubieran permitido que la cosa pasase a mayores. Y el porcentaje de autistas seguía creciendo. ¡Pues sí, señoras y señores, cada vez parece más evidente que esa relación causa/efecto es auténtica! 

Una vez más estamos ante un caso de soberbia: esa pretensión de ser como dioses que tienen remedio para todo. Eso sí que es absurdo, querer doblegar a la naturaleza ante el más mínimo contratiempo que nos produce. No nos queremos dar cuenta de que el hombre del carromato no es más que el demonio travestido que nos quiere arrastrar con él a los infiernos. Es el mito fundacional de nuestra cultura. Lucifer arrojado del Paraíso o Prometeo encadenado, tanto da que da tanto. 

En fin, que pareciera que tener al niño una semana en casa, sin ir al colegio, es un tormento insoportable, así que, llega el hombre del carromato, te dice que el te soluciona el problema y te tiras en sus brazos sin pensártelo dos veces... luego, si el niño se pone autista, ¡qué mala suerte! 

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