sábado, 15 de noviembre de 2025

Pureza étnica

No estoy seguro, pero juraría que Heródoto no mienta para nada a los judíos en sus libros. Eso vendría a significar que los judíos eran un pueblo insignificante perdido entre el mosaico de etnias establecidas por todo el oriente medio. Claro, desde que, supuestamente, se produce la eclosión del poder judío, hacia el año mil antes de Cristo, hasta cuando Heródoto escribe sus libros han pasado cuatro siglos; mucho tiempo, en definitiva, para una memoria que, mayormente, se sustenta en el boca a boca. Así es que, pienso, la Biblia nos da una idea propia de quien se mira mucho el ombligo y habla mucho de sus cosas. Es como la autobiografía de un cualquiera que, al estar muy bien contada, hace que sea muy fácil reconocerse en ella. Por eso, la historia del pueblo judío es la historia del mundo con sus infinitas vicisitudes. 

Por eso la Biblia es un libro en el que no hay página que no te obligue a parar y ponerte a pensar. Estaba ayer leyendo cuando los judíos regresan del exilio al que los había llevado Nabucodonosor. Por así decirlo, les había sacado de un pueblo de mala muerte y los había llevado a una metrópolis que tendríamos que considerar rutilante si nos atenemos a la descripción que de ella nos da Heródoto. Allí fue donde se pudieron empapar de la herencia sumeria y acadia que, sin duda está en el origen de la Biblia. En fin, sea como sea, la cabra tira al monte y, con la llegada de Ciro al poder los judíos pudieron volver a la tierra de sus ancestros. Ya en casa, lo primero fue enfrentarse con los que la habían ocupado cuando ellos se fueron y, después, reconstruir las ruinas del templo. Una comunidad no es nada sin un templo; dense una vuelta por la Tierra de Campos y sabrán qué es lo que significa el templo para una comunidad. 

Resumiendo, han echado ya a los ocupas, han reconstruido el templo y ha llegado la hora de la reflexión. A los judíos, todos los males que les sobrevienen son una venganza de Dios por algo que han hecho mal. Ellos siempre tienen en la conciencia lo que Dios aprueba y lo que Dios reprueba. Así que, si algún mal les azota, no hacen como otros que lo achacan al azar; no, ellos instintivamente se pondrán a indagar qué es lo que han hecho mal para merecer semejante desgracia. Ese "qué he hecho yo para merecer esto", que solemos decir por aquí cuando nos vienen mal dadas, seguramente es herencia judía de la que, a D. G., todavía conservamos bastante. 

Que habían hecho lo que Dios reprueba, y por ello habían sido enviados al exilio, eso no había que discutirlo. De lo que se trataba, una vez regresados, era pensar en lo que habían hecho mal en el exilio y tratar de corregir sus consecuencias por muy doloroso que pudiese resultar el remedio. Y lo que habían hecho mal era que, saltándose a la torera la ley mosaica, se habían casado con mujeres extranjeras. En esto Dios era estricto: no quería contaminaciones. Y no por nada, sino porque, por experiencia sabía, que todo el que se contamina acaba adorando ídolos, el más abominable de todos los pecados. Así fue que, una vez consultado Dios por medio de su sacerdote Esdras, se decidió expulsar de la comunidad a todas las mujeres extranjeras junto con los hijos que habían tenido con ellas. Claro, desde la perspectiva actual, una cosa así parece una monstruosidad. Pero no se crean que es algo de lo que estemos muy lejos; vayan al País Vasco o a Cataluña, echen una ojeada, y luego hablamos. No, no es una cuestión que se puede despachar en dos patadas: la pureza étnica es un mito que siempre renace cuando vienen mal dadas. Escuchen a esa política catalana llamada Sílvia Orriols y entenderán de qué les estoy hablando. 

En fin, el caso es ese, que leer la Biblia no es tirar el tiempo por el desagüe.   

viernes, 14 de noviembre de 2025

Partirse el espinazo

Por alguna razón que desconozco los algoritmos de Google se empeñan en colocarme delante de los ojos anuncios de sofisticados artilugios destinados a impedir que los perros caguen y meen en la calle. Son, supongo, otra vuelta de tuerca en ese afán ilusorio de desperrizarles a la vez que se les humaniza. La verdad es que es muy difícil saber en dónde va a parar esta locura. O esta huida hacia delante. Hacia la ficción. Al final, tener un perro se está pareciendo cada vez más a tener un hijo con una discapacidad grave: hay que ponerle pañales antes de sacarle a pasear -tres o cuatro veces al día-, hay que lavarle los dientes... y otras mil caralladas, todos los días desde que nace hasta que muere, veinte años acaso. ¡Imagínense lo que podría dar de sí ese esfuerzo empleado en algo sensato! 

Vivir en la ficción se ha convertido en un oficio en el que poco a poco, quien más, quien menos, se va especializando. De hecho, gran parte del tinglado económico de las naciones se sustenta en procurar servicios para que la gente perfeccione su particular vivir en la ficción. Los perros son como los hijos, pero sin adolescencia, o sea, infinitamente mejor. El turismo es como los viajes de Marco Polo; en vez de nuevos mercados, se buscan sensaciones que es lo que se echa en falta en los mercados locales. Las llamadas actividades culturales, de las que cada día hay millones por doquier, procuran la ilusión de estar cultivando el espíritu en la búsqueda de una vida superior sin necesidad, para ello, de tener que partirse el espinazo... porque de eso es de lo que se trata, de conseguirlo todo sin partirse el espinazo. 

Lo triste de todo esto es que el invento no parece funcionar. Todos esos sucedáneos son como los medicamentos con los que se trata de paliar los efectos desagradables de una enfermedad imaginaria, si es que así podemos calificar a la pereza mental, cobardía o cualquiera de esas cualidades propias de aquel a quien todo le vino rodado en esta vida. Digamos que tal es el cáncer de las sociedades opulentas, el venir todo rodado, sin duda, la más venenosa de todas las maldiciones prometeicas. 

En fin, no sé a cuento de qué me pongo a dar la matraca con estos asuntos tan manidos. Quizá es que estoy hasta los mismísimos de soportar a toda esa gente que insiste en vivir atormentada con tal de no tenerse que partir el espinazo. ¿Por Dios Bendito, con el gusto que acaba uno cogiendo al partírselo!  

jueves, 13 de noviembre de 2025

El derrumbe

He leído un artículo en The Vigilant Fox (El Zorro Vigilante) en el que se trata de encontrar explicaciones a por qué la gente aparentemente inteligente se deja engañar con tanta facilidad. Sin duda es una cuestión que se presta a múltiples especulaciones de todo tipo, pero, a la postre todas ellas llevan al mismo punto de partida: la educación. En 1903, el John D. Rockefeller’s General Education Board, la institución encargada de marcar el rumbo de la educación pública en los EEUU de América, llegó a la conclusión de que la finalidad de la educación pública no era crear ciudadanos con pensamiento crítico, sino ciudadanos obedientes. La cuestión era sencilla, sacar del currículum a los clásicos y meter a calzador algoritmos, o protocolos. Para rematar, solo había que repetir hasta la saciedad la palabra empatía, un término con el que se pretendía animalizar la simpatía. La empatía, por así decirlo, no juzga; se limita a acompañar. La simpatía se preocupa y da consejos. Es lo que va del reino de las emociones al de la razón. Adam Smith reflexionó sobre estos conceptos en su Teoría de los Sentimientos Morales, o sea, que si quieren profundizar ya saben en donde pueden hacerlo. 

Así, a golpe de empatía y algoritmos, o protocolos, es como hemos llegado a convertirnos en esta especie ganadería intensiva en la que se produce a mansalva sin necesidad de plantearse qué es lo que se produce, cómo se produce, para qué se produce... mi nada que pueda poner en peligro la cohesión de la manada. Cualquier pensamiento crítico es de inmediato demonizado. Acuérdense de aquello que bautizaron con el nombre de pandemia lo mismo que podrían haberlo llamado vacaciones en Auschwitz; la gente, seguro que hubiese reaccionado exactamente igual con tal de que la dejasen salir a aplaudir al balcón todos a la vez. De lo que se trataba era de obedecer: seguir el protocolo. 

Esto del pensamiento crítico versus protocolo se entiende muy bien echando un vistazo a cuál ha sido la evolución de la medicina. Hace poco más de un siglo, Conan Doyle creó a Sherlock Holmes basándose en las enseñanzas de su profesor de patología en la Facultad de Medicina de Edimburgo. La técnica del diagnóstico diferencial: "It is un old maxin of mine that when you have excluded the impossible, what-ever remain, however improbable, must be the truth." (Es una vieja máxima mía que cuando he excluido lo imposible, lo que queda, por muy improbable que parezca, tiene que ser la verdad). O sea, un largo proceso de reflexión para excluir lo imposible antes de tomar la decisión. Comparen con hoy día; al minuto de haber entrado por la puerta del hospital ya te han metido en un aparato que tiene el don de la infalibilidad... más o menos, igual que los papas. Y es que todo se ha convertido en una cuestión religiosa. ¡Atrévete a cuestionar el protocolo! De inmediato vas a la hoguera. ¡Si yo les contase las barbaridades que he visto hacer en los hospitales a mayor gloria del protocolo!

Así hemos llegado a una situación en la que la inteligencia de una persona se mide, no por su cuestionamiento de lo establecido, sino por su habilidad para defenderlo. Así, dicen los entendidos, es como se han producido todos los derrumbes de los imperios: defendiendo a capa y espada lo establecido. ¡Hala, a vacunarse todos, que así a lo mejor conseguimos evitar el derrumbe en curso!  

miércoles, 12 de noviembre de 2025

Autoeducarse

Del Siglo de Oro español para acá solo he encontrado dos autores que me hayan conmocionado de una manera inextinguible: Pessoa y Thoreau. El Libro del Desasosiego y Walden son para mí como Biblias. Cada vez que los leo tengo la sensación de que en ellos está todo lo que me interesa. 

Yo diría que el motor intelectual de ambos dos autores es el misticismo. El misticismo, pienso, es como una febrícula que mantiene el cerebro en un estado de permanente excitación. Pessoa conseguía esa necesaria febrícula por medio del alcohol. A Thoreau se la proporcionaba la tuberculosis. De hecho, ninguno de los dos llegó a los cincuenta años; la febrícula, sin duda, desgasta más de la cuenta, pero, mientras dura, es una apoteosis del espíritu, sobre todo cuando ese espíritu ha sido cultivado en la juventud con el estudio de los cásicos en sus lenguas originales.

El caso es que estoy en trance de terminar la lectura de Walden. En cierto modo me recuerda mucho al Criticón de Gracián. Sobre todo, en lo de "el realce rey" que todos tenemos, pero muy pocos encuentran y, de los que lo encuentran, muy pocos cultivan. Encontrar cuál es aquello para lo que estás dotado es el gran reto de la vida; Si lo encuentras y lo cultivas estás salvado; de lo contrario te limitas a sobrevivir dejándote arrastrar por las corrientes de moda. 

Y, ¿cómo encontrar ese realce rey? Thoreau lo tiene claro: evitando la educación institucionalizada. Es fundamental autoeducarse. No es una quimera. La caza y la pesca, por ejemplo, son dos de las actividades más pedagógicas que puedan existir. Se practican en medio la naturaleza, por así decirlo, virgen, y exigen del aguzamiento de las dotes de observación. Personalmente, no puedo estar más de acuerdo con esa teoría: me pase los años de la tardía infancia y primera adolescencia dedicado en cuerpo y alma a esas actividades y muchas veces pienso que esa fue la única fuente de conocimiento real que he tenido en la vida. Bueno, Thoreau cuenta que todos los chavales de su pueblo llevaban un fusil al hombro; en el mío, llevábamos un tiragomas de fabricación propia. Por cierto, que, andaba yo por los doce o trece, cuando un amigo de mi padre, conocedor de mis aficiones, y, sin duda, simpatizante con ellas, me regaló una escopeta de un calibre pequeño, pero que para mí era el no va más. El gozo no duró ni un día: todo fue enterarse mis padres y mandarme que fuese a devolverle la escopeta a aquel señor... señor que, por cierto, luego fue un gran prohombre de su región, El Cerrato; en una excursión que hice por allí en bicicleta pude ver que tenía calles dedicadas en varios pueblos... cosas de la vida. 

Pessoa dice que encontrar ese "realce rey" es la gran tarea de la vida que se lleva todo el esfuerzo. Por eso despilfarrar energías enterándose del nombre de los gobernantes, y cosas así, es una tontería mayúscula: hay que ocuparse solo de lo que nos concierne. Y nos conciernen muy pocas cosas. Profundizar en ellas es la madre de todas las sensibilidades. 

En fin, vamos a ver en qué echamos el día para poder sentir que seguimos en la brecha... sur la brèche, que dicen los franceses. 

martes, 11 de noviembre de 2025

La Rebelión de Atlas

 "Cuando veas que para producir necesitas permiso de quienes no producen nada... sabrás que tu sociedad está condenada."

Esto lo dijo Ayn Rand en su novela La Rebelión de Atlas. Ayn sabía lo que decía porque llegó de niña a EEUU huyendo del régimen soviético que se había instalado en Rusia. 

Como todo el mundo sabe, New York es una ciudad símbolo. Cualquier cosa que empieza en New York, tarde o temprano se traslada a las demás ciudades de Occidente. Éste mismo barrio en el que ahora vivo, en una pequeña ciudad de provincias, se parece por su multietnia a lo que tantas veces hemos visto en las películas ambientadas en la "Gran Manzana". Así es que, debido a los últimos acontecimientos ocurridos en aquella ciudad emblemática se ha empezado a producir en todo occidente una especie de paranoia ante un futuro que parece inevitable: el del triunfo incontestable de la envidia. Es decir, el odio que siente el que es incapaz de producir hacia el que produce. Ese odio, o envidia, o resentimiento, o como quieran llamarlo, que hace que a la gente no le importa que le saquen un ojo con tal de que al odiado le saquen los dos. Así es la condición humana y con ello hay que contar so pena de que acabe pasando lo que pasó en Rusia, en Cuba, en Venezuela y, ahora, amaga en New York. 

Para mí que tal deriva suicida tiene en gran parte su origen en el hecho de que los que producen están tan absortos en su tarea que se olvidan de cómo es el mundo en el que viven. Es un error fatal. Llegan a creerse que su esfuerzo merece recompensa en forma de lujo, que no por otro motivo es que nuestras costas estén llenas de puertos deportivos en donde se pudren los beneficios del esfuerzo emprendedor que debieran haber ido a la innovación. Eso, al envidioso le saca de sus casillas y no ve llegar la hora de su venganza: no le importa quedarse sin trabajo con tal que al que se lo da le quiten de en medio. Esto es más viejo que los pedos y, digamos que, cuando llego aquel que dijo que antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que un rico pudiese entrar en el reino de los cielos... bueno, pues ya la envidia se institucionalizó y ya solo quedaba poner manos a la obra. Fue Marx el que dio la vuelta de tuerca que faltaba para que comenzase la fiesta... como está ahora la chusma en New York, quemando banderas de EEUU y cosas así que, por lo visto, le da mucho gusto. 

Como les iba diciendo, el mundo está en un punto de inflexión como hubo pocos a lo largo de la historia. La explosión tecnológica en curso nos ha puesto las cosas muy difíciles. A las mujeres, desde que dejaron de bajar al río a lavar la ropa, no hay Dios que las aguante. Hasta que no han suplantado a los hombres en sus tareas, feminizándolas de paso, no han parado. Así es como se ha llegado a este pasteleo que es la seña de identidad por antonomasia del feminismo. En definitiva, por decirlo al modo bíblico, se ha instaurado como norma en occidente todo lo que Dios reprueba... lo que toca ahora es que nos pase la factura. 

En fin, vamos a ver, porque también parece que esto que ha pasado en New York está despertando muchas conciencias dormidas. Como decía María Zambrano, solo puede despertar el que está dormido; parece una perogrullada, pero quizá no lo sea, porque hay demasiada gente que está dormida sin saber que lo está.   

lunes, 10 de noviembre de 2025

Eleusis

Al atardecer suelo escuchar música mientras hago solitarios. Y, aparte de mis favoritos de la guitarra, suelo escoger muchos de aquellos músicos que, cuando aquellos maravillosos años, vimos tocar en el Festival de Jazz de San Sebastián. Cada año íbamos allí en selecto comité, nos alojábamos en el hotel Arana, hacíamos la ruta gastronómica más chic de la región y, luego, por la noche, puestos hasta el culo de mariguana, nos dirigíamos al velódromo de Anoeta donde oficiaban los santones del momento: Stan Getz, Miles Davis, Dave Brubeck, Chet Baker, Baby King y un largo etc.. En conjunto, todo aquello era para nosotros como una especie de Misterios de Eleusis de los que creíamos salir fortalecidos para afrontar el mundo con las necesarias dosis de cinismo para poder soportarlo. Porque, el caso es que aquellos años de drogas y rosas, los setenta del siglo pasado, tuvieron la turbulencia de los puntos de inflexión: empezaron a morir los valores en los que se había sustentado por siglos esto que llamamos civilización occidental y, por contra, una marea de soberbia impulsada por la explosión tecnológica comenzó a anegar el mundo. De resultas de lo cual, estamos ahora, cincuenta años después, como estamos, que no sabemos si vamos o venimos... con toda esta morangada pisándonos los talones. 

El caso es que los grandes momentos históricos del arte siempre han estado ligados a esos puntos de inflexión. Es cuando las pulsiones suicidas están en máximos y, con ellas, el arrojo para pactar con el diablo. Sorprende, cuando lees los comentarios que suscitan esos videos que escucho, el papel preponderante que las drogas tuvieron en las vidas de muchos de esos mitos de la música. Vivieron un verdadero infierno, pero consiguieron inmortalizarse. Por así decirlo, reprodujeron a Fausto. Y dejaron a muchas Margaritas tiradas por las cunetas. 

En fin, así es la historia de la humanidad: ondas sinusoidales con sus máximos, mínimos y puntos de inflexión. Como la vida misma de cualquier persona que de la euforia pasa a la depresión teniendo en el intermedio apenas unos instantes de lucidez. A la postre, son esos instantes los que marcan todo el trascurrir. ¡Y qué le vamos a hacer si es así como los dioses quieren que sea!

domingo, 9 de noviembre de 2025

Artes de succión

 Hay por ahí gente, demasiada gente, que dice que el vota esto, o lo otro, por tradición familiar. Si hiciésemos caso a Ortega, lo que no estaría mal, tendríamos que concluir que la única tradición realmente consolidada de esas familias es la imbecilidad. Ser de derechas o izquierdas, dice, y perdonen que se lo recuerde otra vez, son dos maneras más, entre las infinitas que hay, de ser un perfecto imbécil.  

Así es qué hay muchos imbéciles por tradición, que se vendría a confundir con la conveniencia y, luego, la mayoría diría yo, por ignorancia. Claro, ser de esto o aquello es para muchos una forma de insertarse en una mafia que le facilita las cosas del comer. Por eso les cuesta tanto cambiar. Y, luego, los ignorantes, que son como hojas caídas del árbol que se dejan arrastrar por la primera corriente que les pilla. En definitiva, todo esto de las divisiones políticas en curso no es más que un cuento de la mona para tener a la gente entretenida y, sobre todo, despistada. 

En el mundo, como dejó escrito Nietzsche, hay gente débil y gente fuerte. La propensión natural de los débiles es la de aglutinarse para defenderse de los fuertes. Por eso es que cuando más mierda es alguien más ideología, que es el aglutinante, tiene. Y esto no lo va a cambiar nunca nadie. No por otra razón es que lo de la paz en la tierra sea una quimera. La guerra es lo natural, por más que sus maneras en ocasiones son tan sibilinas que ni siquiera nos enteramos de que nos están matando. 

A veces, suelo mirar algún video de una mujer que se llama Pilar Almagro. Son videos que nos dan una perspectiva del mundo desde el lado del fuerte. El Estado, que son los débiles aglutinados, exprime a los fuertes que son los que crean la riqueza. Así funciona el tinglado según Pilar y todos los que ven sus videos... que son muy pocos porque los fuertes son minoría. Por eso es que Pilar, como todos los opinadores de YouTube por otra parte, no hace más que confirmar a los que ya están convencidos. Antes pasaría un camello por el ojo de una aguja que un débil se pasase al bando de los fuertes por escuchar un vídeo de Pilar. 

Así es que las ideologías de derecha, izquierda, mediopensionista, etc., no son más que artes de succión que utilizan los débiles para apoderarse de lo que generan los fuertes. Uno de tantos mecanismos que tiene la especie para perpetuarse sobre la tierra. En cualquier caso, es el que nos ha tocado en estos tiempos que corren. ¡A saber lo que durará!            

sábado, 8 de noviembre de 2025

Trascendencia

 



Dice Juan: "Este tipo de ecuaciones no las resuelve nadie. Y cuando digo nadie es que es nadie, cero, nadie. Es una ecuación trascendente; no se puede resolver por medios algebraicos... pero hay cierta música en esta ecuación... y hay que saber escucharla...".  

Trascendente es una palabra con un campo semántico muy amplio. Quizá, quien más preparado esté para agotar todos sus significados sea un teólogo. Y es que la teología vendría a ser algo así como la metafísica de Dios. Dios es la trascendencia en estado puro y, nosotros, los humanos, al estar hechos a su imagen y semejanza, tenemos un afán innato de trascendernos, es decir, de sobrepasar nuestros límites por medio del esfuerzo. A veces, ese afán es tan poderoso que, para poder darle rienda, es necesario pactar con el diablo. Es lo que hizo Adrián Leverkusen, el protagonista de la novela Doctor Faustus de Thomas Mann. Adrián se ayudó de ese pacto para revolucionar la música, pero, antes, para comprender la necesidad de ese pacto, había estudiado teología. 

En fin, quizá fuera necesario el prestarle un poco más de atención a la teología para saber un poco más de nosotros mismos. Y es que se da el caso de que más de uno, por no decir la inmensa mayoría, por aquello de alcanzar una notoriedad por encima de sus méritos, pacta con el diablo sin tener la menor conciencia de haberlo hecho. Y de ahí, tanto sufrimiento después, al no poder, como le paso a Melmot, deshacer el pacto... y mira que lo intentó por todos los medios, pero es que eso, deshacer el pacto, es lo único que no te concede el demonio por mucho que insistas. Y es que hay pactos y pactos... pero éste es otro asunto que mejor no meneallo so pena de sufrir otra oleada de vergüenza.  

En cualquier caso, Juan se trasciende por sus propios méritos. Y, bueno, tampoco hay que dejar de lado la pajarita... toda ayuda para atraer la atención de los educandos es bien venida... algunos exageran en esto, como Walter Lewin, que a veces aparecía en clase con un huevo frito a modo de insignia en el lado izquierdo del pecho, sobre el corazón. Digamos que tanto la pajarita como el huevo frito son pequeñas velas que se ponen al diablo por aquello de no olvidar que siempre está ahí acechando. 

viernes, 7 de noviembre de 2025

La humildad

Se imaginan cómo sería el mundo si lo primero que la gente hiciese al levantarse fuese enfrentarse a un acertijo algebraico o geométrico. Y después, para redondear, practicar media hora con cualquier instrumento musical. Seguro que así se iban a desinflar muchas ínfulas. Las que tienen todos esos miles de millones que viven decantados hacia una ideología, una religión o cualquier otro intento totalizador, que les proporciona una seguridad en su juicio que los aproxima mucho a esa condición mental que antaño se conocía con el nombre de oligofrenia; o sea, escaso cacumen. O caletre. 

Pues sí, enfrentar retos intelectuales reales es la mejor manera de tomarse la medida para comprobar siempre que medimos mucho menos de lo que nos habíamos imaginado. Digamos que es gimnasia imprescindible para fortalecer el músculo de la humildad, la virtud por antonomasia de los seres superiores. Esa es la cuestión, que los seres superiores interpretan partituras y resuelven problemas de matemáticas y, el resto, lo dejan al arbitrio de los dioses.

El devenir del mundo es una continua concatenación de causas y efectos. Una serie de causas que, a su vez, han sido efecto de otras causas, han dado como efecto que en la ciudad de Nueva York haya salido elegido un alcalde socialista y musulmán -endemoniado coctel-, que, inevitablemente, será causa de efectos que habrá que esperar para ver, por más que millones de personas, haciendo uso de su particular bolita de cristal, ya estén adelantándose al futuro, ya sea con negras premoniciones, ya, anticipando el paraíso. 

Allá cada cual, yo no vivo en Nueva York, pero mis hijas viven en Londres, en donde el alcalde también es socialista y musulmán, y no parece que les afecte mucho. Ellas ofrecen un servicio que la gente demanda y, ahí, poca intromisión por parte de la alcaldía puede haber. Y, si se entrometiese, pues con la música a otra parte. Así ha sido siempre, que no por otra causa que la desmedida intromisión de las alcaldías es el efecto de la ruina de las ciudades: se va la gente valiosa y vienen los mediocres. Al final, todo queda en una cuestión de cálculo económico. Derivadas e integrales, para que nos entendamos. El problema es que los mediocres no suelen saber de eso. 

En fin, yo, por si las moscas, me suelo desayunar con un rato de Matemáticas con Juan. Me ayuda mucho a bajar los humos. 

jueves, 6 de noviembre de 2025

La reina del cielo

 Cuando uno se detiene a pensar en aquellos reyes hebreos, pongamos que de hace ya tres mil años, que ofrecían a sus hijos en sacrificio a los dioses -los quemaban vivos- sin que a nadie le pareciese mal. Bueno, o a casi nadie, porque ya para entonces estaban guardadas en el Arca de la Alianza las Tablas de la Ley. Claro, eran reyes que tenían cien o doscientos, o acaso mil, hijos. Como los gallos en el corral, se tiraban a todo lo que se les ponía por delante y que fuese lo que Dios quisiera. Deshacerse de un chaval que, incluso, a lo mejor, estaba en plena adolescencia y no hacía más que dar la lata, no les debía suponer grandes desgarros internos. Además, eran las costumbres de la época y, como todo el mundo sabe, y, si no lo saben, se lo digo yo, la costumbre es la reina del cielo. 

Costumbre, tradición y cultura, son tres conceptos que al meterlos en la coctelera y agitarlos suele salir un batiburrillo que lo mismo sirve para planchar un huevo que para freír una corbata. A gusto del consumidor. 

Se instalan costumbres so pretexto de tradición y, luego, para justificar la barbarie se apela a la cultura. Nuestra cultura. Ahí tienen a esas pobres mujeres musulmanas con su cultura a cuestas, siempre apartadas del resto de la gente, como si estuviesen apestadas. Pues bien, miran ustedes fotos o películas de los países musulmanes de hace cincuenta años y, por las ciudades, no se veía a una sola mujer velada. Se ve que entonces tenían otra tradición y, por tanto, otra cultura, justo la misma que la que teníamos aquí. 

El problema del ser humano, pienso, es que lo mismo que tiene un instinto hacia una vida superior, más espiritual, tiene otro hacia un estado primitivo o salvaje. Y unas veces gana uno y otras veces gana otro, pero nunca hay, ni una victoria, ni una derrota total del uno sobre el otro. Se avanza y se retrocede, pero siempre hay manifestaciones de los dos. Ahora mismo, ¿qué mayor singo de barbarie que todas esas mutilaciones que se hace la gente? Los hay que van con una argolla en la nariz como la que antes se les ponía a los toros. Media humanidad anda tatuada, sin tener conciencia de la automutilación que eso supone. Por no hablar de todos esos niños sometidos a terapias hormonales, cuando no a horroríficas mutilaciones. Y todo ello con la misma finalidad que perseguían aquellos reyes cuando quemaban en la hoguera a sus hijos, aplacar a los dioses. 

Así es que todo, sobre todo si es barbarie, se hace en aras de la reina del cielo, la que vendría a ser la hija en una trinidad en la que la tradición es el padre y, la cultura, que vendría a ser el espíritu santo. En fin, divagaciones mentales sin otra finalidad que la de alimentar la ilusión de que, aunque se sea muy poco, algo sí se puede entender esta cosa que llamamos mundo. 

miércoles, 5 de noviembre de 2025

Poder redimirse

Recuerdo que en las francachelas juveniles se solía cantar aquello de "beber, beber, beber es un gran placer". Yo, por no ser menos, seguía la corriente, pero sin entusiasmo porque mi constitución física se resentía más de lo que parecía habitual entre mis compinches. Supongo que eso influyó en que no me costase mucho cambiar el "beber, beber" por el "leer, leer". Desde muy joven tuve esa afición que con los años se convirtió en pasión. He vivido mucha vida a través de los libros. Mucha más, diría, que la inmensa mayoría de la gente que he conocido, lo cual, seguramente, ha sido la causa primera de no pocos problemas de integración que he arrastrado a lo largo de los años. A buen seguro, leí demasiados libros a los que no tenía derecho. Pero, en fin, fue como fue, y a lo hecho pecho; ahora no me queda más remedio que seguir en la brecha so pena de crever, como dicen los franceses... que es que, mira que es duro esto de la vejez a palo seco, todo el día por ahí formando parte de la insólita turba que acude a los actos culturales de la provincia... que son como el tercer círculo del infierno de La Divina Comedia. 

El caso es que estoy otra vez sobre lo de Hamlet. Para mí Hamlet y El Quijote son la culminación del arte literario. A partir de ahí, solo hay decadencia. Bien es verdad que de vez en cuando se produce un respingo que atrae la atención, pero, en general, con respecto a lo que hubo antes, lo de después, me parece bien poca cosa a efectos de novedad... todo son recreaciones, más o menos logradas. 

La versión que estoy leyendo es la que tengo en el kindle que la bajé de Proyecto Gutenberg hace ya bastantes años. Llegué a tener varias versiones en inglés y español, pero las he ido perdiendo por el camino. Recuerdo que Dani, un traductor que conocí en Salamanca y que luego frecuenté en Barcelona, me pasó una casete con la obra en inglés a la le di tantas vueltas que acabó por quemarse. Era cuando todavía andaba sobrado de energías intelectuales, por así decirlo. Leerlo ahora en inglés me costaría sudor y lágrimas, sin embargo, a medida que voy leyendo esta versión que tengo en el kindle me rechina muchas veces la traducción, porque recuerdo opciones que me parecen más afortunadas. P. ej. 

"My words fly up, my thoughts remain below 

Words without thoughts never to heaven go."

Yo nunca lo hubiese traducido así: 

"Vuelan mis palabras, queda el pensamiento.

Palabras vacías no suben al cielo."

Me parece mucho mejor: 

"Mis palabras vuelan altas, mis pensamientos permanecen bajos.

Palabras sin pensamientos nunca van al cielo." 

En cualquier caso, ¡qué pobres suelen ser las traducciones! Y no te digo, ya, cuando son de poesía. De ahí que para cualquier lector empedernido -lletraferit- conocer idiomas sea un placer indescriptible. Leer a Houellebeq en francés, o a Pla en catalán, han sido de los mayores lujos que me he pegado en la vida. En fin, cada uno según sus posibilidades, como dicen los marxistas. Y es que por muy mala que sea la traducción de Hamlet seguro que su lectura es infinitamente más productiva que toda esa literatura para chachas que atiborra las estanterías de las bibliotecas públicas. 

Por lo demás, ya voy dando fin al Walden de Thoreau. El hombre ha salido de pesca y le ha pillado la lluvia, así que ha corrido hacia una cabaña que recordaba abandonada. Pero al llegar allí se la encuentra ocupada por una familia irlandesa que, según su particular concepción de la vida, es un verdadero desastre. Así es que se decide a echarles una mano para que mejoren:

"... Intenté ayudarle con mi experiencia, diciéndole que era uno de mis vecinos más cercanos y que yo también, aunque pareciera un gandul que había venido a pescar por aquí, me ganaba la vida como él, que vivía en una casa impermeable y limpia, que no costaba más que la renta anual a la que ascendería una ruina como la suya y que, si quisiera, podría construirse en uno o dos meses un palacio propio; que yo no tomaba té, ni café, ni mantequilla, ni leche, ni carne fresca, de modo que no tenía que trabajar para conseguir todo eso y que, como no tenía que trabajar mucho, tampoco tenía que comer mucho, y que mi comida apenas me costaba nada; pero que como él empezaba con té, café, mantequilla, leche y carne de vaca, tenía que trabajar duro para pagarlo y que, como había trabajado mucho, tenía que comer mucho para reparar el gasto de energía, de modo que daba lo mismo, o no lo daba, pues estaba descontento y había malgastado su vida con el trato, aunque había creído que salía ganando al venir a América y poder conseguir aquí té, café y comida todos los días. Pero la única América verdadera es aquel país donde somos libres para seguir un modo de vida que nos capacite para pasarnos sin esas cosas y donde el estado no intente obligarte a mantener la esclavitud y la guerra y otros gastos superfluos que directa o indirectamente resultan del consumo de todo eso. Deliberadamente hablé con él como si fuera un filósofo o deseara serlo. Me alegraría que todos los pastizales de la tierra quedaran en estado salvaje si esa fuera la consecuencia de que los hombres empezaran a redimirse. Nadie necesita estudiar historia para averiguar qué es lo mejor para su cultura."

Bueno, como ven, en esta vida, lo único que cuenta de verdad es poder redimirse. ¡Tan fácil y tan difícil! Según como se mire. Para Thoreau, desde luego, parecía estar chupado. 

martes, 4 de noviembre de 2025

The Covid Index


Perdonen que insista, pero es que, en mi opinión, hasta que no salga a la  luz toda la verdad, y nada más que la verdad, de lo que pasó hace cinco años, será imposible que el mundo sosiegue, y no por nada, sino porque empeñarse en vivir en la ficción es la madre de todos los desastres. Ya sé que son mayoría los que piensan que lo que estoy diciendo es paranoia; que lo que pasó hace cinco años fue que hubo una pandemia que las autoridades políticas, de la mano de los laboratorios farmacéuticos, la solucionaron divinamente... y aquí paz y después gloria. Pues no, en mi opinión, y en la de muy bien amuebladas cabezas, no hubo tal cosa como una pandemia, sino, más bien, un ensayo a la desesperada de someter a las poblaciones por medio del miedo... algo muy viejo, por cierto, por más que la utilización de las nuevas tecnologías para encubrir el engaño lo hiciera parecer novedoso. En realidad, fue todo tan burdo que no es extraño que la masa amorfa no quiera saber nada para evitarse así reconocerse en lo que realmente es: masa amorfa. Porque, digamos, aquello, sin proponérselo, fue un test de lo que cada uno era y es... la verdad es que me llevé muchas sorpresas y aún hoy es el día en el que todavía no he salido del asombro. 

Pero, como dice la sentencia, no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo. Y en estos cinco años, que se diría de vagar por el desierto, la verdad se ha ido organizando silenciosamente y, ya, está empezando a dar sus frutos: The Covid Index es uno de ellos. Ustedes pueden acceder a ese portal y ver todos los artículos referentes al asunto de marras que, desde el primer día, el poder en curso censuró. Y esa es la cuestión, que no puede haber prueba más fehaciente del engaño que la censura. Hasta el más tonto de la clase sabe eso y, sin embargo, coló por la única y sencilla razón de que el mundo está lleno de los más tontos de la clase... así que, allá cada cual con su conciencia, pero que nadie se llame a engaño porque a todos, por aquellos días, se nos vio el plumero y eso no se olvida fácilmente.  

Si echasen un vistazo a ese Index, cosa que, obviamente, no harán, se darían cuenta de cómo, desde el primer día, el engaño estuvo cantado. Así que, la felonía cuajó, no porque la gente fuese cobarde, que puede ser que también, sino, simple y llanamente, porque, por razones que convendría analizar, la inmensa mayoría de la gente no sabe informarse. Se ha creado una sociedad crédula y acomodaticia que lo único que quiere es que la pastoreen... haciendo oídos sordos y ojos ciegos a la realidad de que todo pastoreo acaba indefectiblemente en el matadero. Porque todos esos artículos en los que se exponía el engaño estaban censurados, sí, pero solo en los grandes medios y en las tradicionales revistas de prestigio científico -a donde el brazo del poder alcanzaba, en definitiva-, pero, a Dios Gracias, el poder nunca ha podido controlar los recovecos que todo sistema tiene y, precisamente ahí es en donde, el que quería, se podía informar. Y muchos se informaron y así fue como comenzó esta guerra larvada entre la verdad y la mentira que está ya a punto de resolverse con el triunfo de la verdad, como siempre ha sido, por otra parte. 

Y en esas estamos, saliendo de una y metiéndonos en otra. Ahora toca la identificación digital, una catástrofe de proporciones homéricas, que la inmensa mayoría se niega a ver... a mí que me den pan y que me llamen alfombra: no hay manera de salir de tal filosofía de vida. O sea, justo lo que Dios reprueba. Y es que para eso no se hubiera tomado la molestia de hacernos a imagen y semejanza suya. En fin, qué quieren que les diga si no es que, por favor, sean desobedientes hasta que hayan conseguido informarse de ideas contrapuestas y hayan podido sacar sus conclusiones... que no para otra cosa nos hizo Dios como nos hizo.   

lunes, 3 de noviembre de 2025

Maremoto de evidencias


Que la historia se repite lo sabe todo el que no está ciego de soberbia como consecuencia de haber acumulado poder por procedimientos que no son los del mérito... algo muy común, por cierto. Por así decirlo, estamos otra vez en las mismas que estuvo Galileo con motivo de haber escrito un libro indicando que era la Tierra la que giraba alrededor del Sol y no el Sol alrededor de la Tierra. Las pruebas que daba eran irrefutables, pero eso de nada servía frente a los intereses de un poder ciego de soberbia y corrupción... aquellos curas que follaban más que el Gallo de la Pasión, como nos cuenta Francisco Delicado en su Lozana Andaluza. Una cosa es la verdad física y otra es la verdad teológica, le dijo el papa a Galileo cuando bajó a visitarle a los calabozos del Vaticano en los que le tenía encerrado. Los idiotas, como lo estamos viendo ahora con los socialistas de todos los partidos, creen que pueden solucionar los problemas jugando con el lenguaje. Le escribe Galileo a Kleper, el que, como supongo saben, utilizando las observaciones astronómicas de Tycho Brahe, había dejado niqueladas las circunvoluciones de la Tierra alrededor del Sol:

"Mi querido Kepler, desearía que pudiéramos reírnos de la notable estupidez de la gente común. ¿Qué tienes que decir sobre los principales filósofos de esta academia, que están llenos de la terquedad de un asno y no quieren mirar ni los planetas, ni la luna, ni el telescopio, aunque les he ofrecido libre y deliberadamente la oportunidad mil veces? En verdad, así como el asno se tapa los oídos, estos filósofos cierran los ojos a la luz de la verdad".

Pues ahora, cuatro siglos después, estamos en exactamente en las mismas respecto de las vacunas y la ciencia médica en general. Da igual el maremoto de evidencias que está arrasando la verdad, por así decirlo, institucional; las instituciones del Estado, secuestradas por las mafias políticas, han optado por sostenella y no enmendalla por aquello de que su ignorancia los lleva a creer que, cuando un principal reconoce su error, de inmediato se tambalea su poder... poder espurio, habría que añadir, es decir, conseguido no por méritos sino por artimañas de rufián. 

El caso es que en los EEUU de América han pasado en menos de un siglo de tener un niño autista cada ciento cincuenta mil, a tener uno cada treinta y uno. Como es natural, un hecho tan alarmante ha suscitado la curiosidad de no pocos investigadores que, a través de sus pesquisas, han llegado a sugerir que bien pudiera ser que las vacunas estuviesen detrás de esa catástrofe sin precedentes. No lo han asegurado, solamente lo han sugerido y, de paso, solicitado de las autoridades competentes que se inicien estudios serios que puedan afirmar o desmentir la suposición. Y en esto llega el señor Kennedy a la cabeza del ministerio de sanidad y decide iniciar esos estudios. ¡Para qué quieres más! De inmediato se ha iniciado una campaña por tierra mar y aire para ridiculizar al señor Kennedy y a todo el que ponga en cuestión la seguridad de las vacunas. Así es que estás escuchando en YouTube un video, pongamos que de Alexandra Whittinghan y Stephanie Jones interpretando Helping Hands de Sergio Assad, y, de pronto, se interrumpe y aparecen un par de payos con una pinta muy digna que empiezan a cantar alabanzas a las vacunas y a ridiculizar a los que las cuestionan. ¿Quién está pagando todo ese inútil esfuerzo de propaganda? Mira que hay que ser necio para intentar contrarrestar la verdad científica, que, por su propia naturaleza, siempre es transitoria -y más en las ciencias consideradas blandas- con propaganda. En fin, ahí están las instituciones estatales de la mano de los laboratorios farmacéuticos echando el resto para que la verdad no salga a la luz. Exactamente igual que lo que hizo la iglesia católica cuando se empezó a desmontar el punto de vista geocéntrico aristotélico de que la Tierra era el centro del Universo... y por eso, precisamente, era que Dios nos hubiese puesto aquí: ¡todo cuadraba a la perfección! ¡Cómo no se iban a volver locos ante el desmontaje de su chiringuito que suponía la teoría heliocéntrica! Ya ven de qué les sirvió matar a tanta gente para frenar la verdad. 

Pues sí, ahora hay un maremoto de evidencias de que las vacunas, unas más que otras, no son de fiar. Tengan en cuenta que, a los niños estadounidenses les ponen, por mandato imperativo, más de setenta vacunas. Es el gran negocio del siglo. Por eso es que se dé esa connivencia entre los laboratorios farmacéuticos y el poder político; a estas alturas ya no se sabe quién manda a quién. ¡Poderoso caballero es Don Dinero! Sin embargo, por mucho que esos señores lo quieran ignorar, el dinero es poderoso a corto plazo; a medio plazo ya se empieza a tambalear; y, a largo, siempre es arrasado por la verdad. ¿Quién pudiera pensar ahora que la Tierra es el centro del Universo? Hasta el más ignorante le tomaría por loco. Pues con las vacunas... ¡vamos a ver! Pero para mí que no va a durar mucho el chiringuito. 

domingo, 2 de noviembre de 2025

Las piernas del corazón

 Ayer les hablaba de los reyes de la Biblia y hoy insistiré. Todas las descripciones que de cada uno de ellos se hace, siempre comienzan por una de estas dos frases: "hizo lo que el Señor aprueba" o "hizo lo que el Señor reprueba". Aunque la mayoría de los que hicieron lo que el Señor aprueba, no lo hicieron del todo; siguieron celebrando romerías en las ermitas de los altozanos, o sea, que daban culto a Dioniso... una menudencia, por comparación con lo que hacían los malvados, aunque ya se sabe que todo empieza por las menudencias. 

Lo que el Señor aprueba o reprueba vendría a ser una forma de decir ajustarse o no ajustarse a los preceptos de la ley natural. La ley natural sería, poco más o menos, lo que estaba escrito en las tablas que Moisés bajó del monte. Pocos saltos cualitativos habrá habido en el proceso civilizatorio de la humanidad como esas tablas. Aunque, claro, eso es problemático de entender en un momento como éste que estamos viviendo en el que se enseña en las escuelas a juzgar el pasado con las leyes del presente. La gente en aquel entonces tendía a hacer barbaridades inconcebibles a nuestro entendimiento; rey israelita hubo que sacrificó a su hijo a los dioses con la intención de aplacarlos. El primitivismo, tan actual por otra parte, consiste precisamente en eso, en pensar que te va mal porque alguien te tiene manía: los dioses o el jefe de personal. Cualquier cosa antes de reconocer que la culpa de tus males es solo tuya. De ahí nace la magia; intentar salir del paso por procedimientos que no te obliguen ni a apearte del burro ni a sacrificarte. Son los agüeros y las hechicerías que tanta gracia nos hacen cuando las vemos en las películas de temática africana, sin sospechar que nosotros tenemos los nuestros, un poco más sofisticados, pero igualmente ridículos; a nada que nos descuidamos, estamos intentando salir del paso con la varita mágica... como Harry Potter que vendría a ser la médula de la pedagogía socialdemócrata. 

El primitivismo, ya digo, tan actual. Las emociones primando sobre la razón. Escucha tú corazón, y cosas así, que dicen los que predican desde los púlpitos adosados a las columnas de los templos góticos. Es el camino directo al despeñadero. Siempre ha sido así, dejarse llevar por las emociones es sinónimo de acabar en el infierno. 

El caso es que el otro día, en un momento de desidia, enchufé la tele y vi que estaban poniendo una versión nueva de Robinsón Crusoe. Pocos arquetipos me han interesado tanto en la vida como el de Robinsón Crusoe, así que me quedé clavado. Pues bien, para empezar, en esta versión Robinsón se hace acompañar por un perro. El perro se pone enfermo. Le mete en su cama, le tapa con la manta, le acaricia la cabeza, le da una medicina, le besa y se pone de rodillas a implorar a Dios que no se lo lleve. Me dan escalofríos, dice, de pensar lo que sería mi vida sin él. Bueno, ya no pude más y apagué el televisor. Eso no es nada, me contestó María cuando se lo conté; estaba esta mañana tomando un café en una cafetería del Sardinero y se sentó en la mesa de al lado un señor que se hacía acompañar de un perro. Vino el camarero y dijo: ¿qué les pongo? Para el perro, contestó el señor, una tosta con jamón; para mí, una tostada normal. 

Así corre el mundo, dejándose arrastrar por el prestigio de las emociones. ¡Escuchando al corazón! ¡Mamá, mamá, ¿el corazón tiene piernas?! ¿Por qué preguntas eso, Jaimito? Porque al pasar por delante del cuarto de la criada he oído a papá decir: ¡ábrete de piernas, corazón! 

sábado, 1 de noviembre de 2025

El Poder

 El capítulo de la Biblia dedicado a los reyes es espeluznante. Ya se lo advirtió Dios por boca de Samuel, que mejor continuasen como hasta entonces, cada uno a lo suyo, supongo que matándose por las lindes y cosas así, pero en dosis homeopáticas, por así decirlo. Pero quisieron un rey, lo tuvieron, y de las dosis homeopáticas pasaron directamente a la máquina de picar carne. Ya el primer rey, Saul, se pasó casi todo su reinado persiguiendo a muerte a David porque, desde que éste mató a Goliat, adquirió tanto prestigio que Saul no lo podía soportar. Es la paranoia del poder, una especie de posesión demoniaca, que por todas las partes ve peligros a su estabilidad. 

El ansia de poder es la verdadera maldición de la tierra. Así fue que el pueblo elegido solo resistió tres reyes antes de dividirse en dos reinados: judíos e israelitas. No por nada, sino porque así lo tenían más fácil y justificado el poder matarse los unos a los otros. No recuerdo con exactitud, pero juraría que más de la mitad de los reyes, tanto judíos como israelitas, murieron asesinados como resultado de las intrigas palaciegas. Aunque bien es verdad que, a los judíos, que estaban al sur, en la parte pobre del territorio, les fue mejor que a los israelitas que estaban asentados al norte, en las tierras fértiles. Quizá, por esta circunstancia, fue que los israelitas fuesen más propensos a la idolatría. A la primera de cambio se ponían a adorar a Baal que era un dios fenicio de la fertilidad y las lluvias. Esto Yahvé (yo soy el que soy) lo llevaba muy mal y así era que, para resarcirse de la ofensa, ponía la máquina de picar carne en funcionamiento. Como cuando Jehú de Israel se las apañó con engaños para meter a todos los sacerdotes y adoradores de Baal en un templo, los rodeó con sus guardias y no dejó ni a uno vivo. Y Yahvé quedó muy satisfecho y por eso fue que permitió que Jehú muriese de muerte natural, eso sí, no sin antes haber exterminado a todos los que meaban contra pared del clan rival, es decir, los descendientes masculinos de Ajab, el rey al que había destronado. Mandó cortar la cabeza a los sesenta hijos de Ajab, meterlas en cestos y ponerlas a la entrada de la ciudad para que todo el mundo al verlas se hiciese una idea de con quién se las estaban jugando. 

La verdad es que el mundo antiguo tal como nos lo cuenta la Biblia, o Heródoto, era terrible: da la impresión de que la gente, organizada en clanes familiares, se pasaba la vida intentando apoderarse de las propiedades de los otros clanes. Algo así como las mafias de Chicago años 30 del pasado siglo... por no hablar de las de ahora que en vez de clanes o mafias los llaman cárteles. La vida del individuo no valía en aquel entonces una mierda, ni vale ahora. La ley de oro de esas estructuras es que todo lo que estorba mínimamente se elimina. Es de una lógica aplastante y por eso es que perdure en el tiempo por más que las formas que ahora se adoptan hagan invisible el juego a los ojos inocentes. Las mafias políticas que controlan los países ya no matan físicamente; les basta para sus objetivos matar civilmente... así parece como que salpica menos. 

En fin, la mierda del poder: querer vivir del trabajo de los otros so capa de protegerlos de ellos mismos. No será porque Dios no nos lo advirtió por boca de Samuel. Me lo decían el otro día: el único político decente es el que no existe... así que ya sabemos lo que tenemos que hacer.