Creo que la historia va de que una poetisa, por lo que fuere, se cansó de la vida y se arrojó al mar por un acantilado. De resultas de todo lo cual, hoy día podemos disfrutar de una bella canción que si, además, se la oyes cantar a Rosalía es una experiencia de la que es imposible escapar indemne. Ya ven, la vida tiene estas cosas. Y es que, si después de escuchar lo de Alfonsina y el mar, vas y te topas con una velada de soneros cubanos y gitanos andaluces que se ponen a interpretar Lágrimas negras, entonces, ya, definitivamente, has echado el día.
En mi muy docta opinión no puede haber una expresión más acabada de lo que es la civilización que una reunión de allegados en la que se tocan instrumentos y se cantan canciones. Por eso admiro tanto a los gitanos, porque para ellos esa forma de elevarse por encima del común de los mortales es casi rutina. Recuerdo que cuando niño solían venir a casa a pasar unos días del verano unas primas de mi madre que vivían en Valladolid. Ellas eran las primas donas de la asociación de Amigos de la Zarzuela de su ciudad. El caso es que por la tarde solíamos hacer merienda-cena y luego ellas cantaban todo tipo de canciones y mi tía las acompañaba con el piano. Para mí, si quieren que les diga la verdad, esos son los mejores recuerdos de la infancia relacionados con la familia. Todos los demás, o casi todos, ya los tiré hace mucho por incómodos al contenedor de la basura. También recuerdo aquellas veladas en Valladolid, generalmente en la taberna Cigaleña, un sótano con los techos abovedados, cuando después de haber merendado lo que se terciase, que nunca era mucho, se ponía a tocar la guitarra un asturiano llamado Cuervo y a cantar un madrileño al que llamábamos Ettore que tenía un físico y una voz muy parecidos a los de Mario Lanza. Para mí aquello era el sumun; estar allí era como marcar una diferencia insalvable con el resto de la masa estudiantil que se tenía que conformar con tomar vinos por los alrededores de la Plaza Mayor.
De joven, por supuesto, me forré a cantar por tabernas y excursiones campestres. Con los muchachones del pueblo, que se sabían una pila de estrofas picantes que a mí me deleitaban: Por puta y mala mujer, / no te compro una camisa; / no quiero vestir altares / para que otros digan misa. Y así, miles. La verdad es que mis padres eran bastante tolerantes respecto a lo de volver a casa achispado. Luego, ya, uno se hizo mayor y respetable y, para mayor inri, con aquella apestosa moralina progresista, que, en resumidas cuentas, se jodió el invento.
En fin, las cosas fueron como fueron y son como son. Y a saber cómo serán en el futuro. Pero de una cosa sí que estoy seguro, una sociedad que deja de cantar espontáneamente, como los pájaros, es porque está a punto de extinguirse.
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