martes, 26 de septiembre de 2023

El inglés romántico

En El Mayorazgo de Labraz, la novela de Baroja que estoy a punto de terminar, hay un personaje inglés, uno de aquellos románticos europeos que se instalaban en la España profunda con la pretensión de vivir los últimos coletazos de lo auténtico. Habían visto los estragos que el progreso estaba haciendo en sus países y venirse aquí era como meterse en la máquina del tiempo y dar marcha atrás. La España del XIX seguía siendo, salvo pequeños islotes de industrialización, eminentemente agraria, con todo lo que eso supone, sobre todo en lo referente a la tradición que es lo que le da a una sociedad el pintoresquismo que tanto atrae a los espíritus conservadores, es decir, a los que les gustan las cosas tal y como están, ya sea porque a ellos les va bien así, o, también, porque piensan que el progreso y la modernidad a la postre no traen otra cosa que ocio que viene a ser sinónimo de envilecimiento. 

Pues bien, en uno de los pasajes de la novela va el inglés de paseo con el boticario del pueblo que vive fascinado por todos los inventos que están teniendo lugar en el mundo. Van intercambiando opiniones sobre las ventajas e inconvenientes del progreso y la impresión que da es que el inglés le gana al boticario por goleada. Aquí se ve que Baroja tiene el corazón partío como quizá lo tengan todos los que se han molestado en cultivarse un poco. La descripción que nos hace de la sociedad de Labraz es demoledora, una mezcla de vicio e hipocresía que, sin embargo, funciona gracias al carácter sagrado de las formas. El que las trasgrede públicamente es arrojado a los infiernos de la marginación más cruel, la de la venganza de los humillados. Solo hay una persona a la que salva: el mayorazgo. El aristócrata, para que nos entendamos. Los valores aristocráticos. Porque se puede ser el amo del pueblo y ser de muchas maneras. Pero de un poder sustentado en la generosidad inteligente, pocos son capaces. Corazón e inteligencia son dos cosas que pocas veces conceden a la par los dioses. 

En fin, en estos tiempos que corren cada vez me encuentro por ahí a más personajes fascinados por los valores aristocráticos. Vengo de dejar a Pessoa que es un paradigma al respecto. Pero escucho al anarquista Anxo Bastos y me topo con lo mismo. Piensa que lo mejor es pequeñas naciones regidas por un rey. Un rey nunca se mete en la vida de las personas. Las deja que se entiendan entre ellas. Porque las personas, si nadie se mete por medio, se suelen entender bastante bien. Y también son implacables con los trasgresores. No hay justicia que funcione mejor que el desprecio social.     

Bueno, vamos a ver en qué echamos hoy el día. 

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