Sigo a trancas y barrancas con lo de Casanova. Me obliga a reflexionar, y mucho, en la propia condición. Sobre todo, en lo que hace a la relación con las mujeres, un asunto, que, si bien lo consideramos, está entre los más espinosos que afrontamos a lo largo de la vida por aquello de la intensidad de las pulsiones que suscita. Lo de Casanova, al respecto, más que rozar da, a mi docto juicio, de lleno en la psicopatía. Tal parece, aunque quizá no sea verdad, que no vive para otra cosa que conseguir piezas selectas. Todo su patrimonio, que no está muy claro de donde sale, si no es de la corrupción que el sistema político aristocrático, en sus últimas boqueadas ya, propiciaba, está puesto al servicio de esa pasión digamos que disolvente. Sí, disolvente, digo bien si me atengo a la propia experiencia. ¡Y qué le vamos a hacer!
En el fondo, y en la superficie, lo de esa afición por las mujeres no es más que otra entre tantas adicciones como hay. Lo que pasa es que, ésta, puede que hasta dé prestigio. Por sana envidia en los hombres y perversa curiosidad en las mujeres. Supongo que es una cuestión puramente biológica de la que solo se puede escapar por medio de la autorrepresión de los sentimientos más primarios. Se ha escrito mucho sobre el asunto y, para muestra sobresaliente, aquel libro que tanto nos dio de sí por aquellos años del cuplé, La Función del Orgasmo. Eso de correrse pareciera que es como si te hubieses salido con la tuya. Muy de niños. Una tontería que a la postre queda en nada si no es un resquemorcillo de malestar. Al fin y al cabo, es una dilapidación de energía que es preciso recuperar para volver a una cierta estabilidad.
Pero hay lo que hay, y lo de salirte con la tuya tiene un tirón insoslayable. Yo nunca había caído en esto hasta que leí a Houellebecq, un schopenhaueriano de cabo a rabo. Él me descubrió que la cosa va fundamentalmente de narcisismo. O autoestima, como lo llaman ahora. Uno coge gusto a afianzarse por el tonto procedimiento de conseguir otra presa. Porque de eso se trata, de presas. Casanova lo explica maravillosamente: solo pensar por un instante en quedarse colgado de la última conquista ya le hace no poder pensar en otra cosa que en deshacerse de ella, aunque eso sí, como es muy buena persona, sin que el abandono vaya en detrimento de la abandonada: las suele dejar bien colocadas... y ahí es donde más se nota sus aspiraciones aristocráticas, en la generosidad inteligente que siempre muestra hacia todos, y, sobre todo, todas, los que en algún momento han dependido de él.
En fin, a lo que iba, que una adicción es una adicción por mucho que te afiance sin aparentes efectos secundarios. Es una ilusión, porque esos efectos siempre están ahí y acabarán por pasarte la cuenta. Es una cuestión por así decirlo, bíblica. David no se va de rositas con lo de Betsabé. Aunque en este caso, de esa presa acabe saliendo el rey al que todavía se sigue considerando como el más sabio que nunca hubo. El que escribió el Cantar de los Cantares. Con eso está dicho todo. Pero, bueno, ahora la cosa va de Casanova: tengo curiosidad por ver como sobrelleva el ocaso de su adicción. Aunque me da la impresión que, como honrado y principal que se considera, la sostendrá y no la enmendará no vaya a ser que se le venga el mundo encima.
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