martes, 5 de septiembre de 2023

Niños

Ayer fui caminando a Maliaño. Soplaba viento del sur lo que hacía que la temperatura fuese alta, pero con el aire seco. La humedad del aire es definitiva para lo del caminar. Cuando es alta es como si te pusiesen una losa encima. Al menos, así es como lo siento yo. Pues bien, como les decía, fui hasta Maliaño haciendo altos en el camino tan pronto como veía un banco a la sombra. Entonces sacaba el kindel para seguir con lo de Casanova. Ahora le tengo en trance de traspasar el ángel de amor al que ha jurado fidelidad eterna a un joven empresario genovés. Y en el interín ha traducido al italiano L´Ecossaise, una obra de teatro de Voltaire, para ser representada Génova en donde a la sazón reside. Esa mezcla de asuntos le da una gran intensidad al relato. Tanta, que uno piensa que seguramente hay más de literatura que de biografía en todo el asunto. Pero, en fin, pelillos a la mar. Llegué al parque Cros razonablemente cansado y me senté en el chiringuito a tomar un refrigerio. Me demoré allí un buen rato porque el espectáculo lo merecía.

Al parque Cros le acaban de hacer una remodelación que a mi juicio ha sido bastante afortunada. Para empezar, han puesto una marquesina gigante con un techo semitransparente bajo la cual hay variados artilugios para solaz de los niños. Una decisión muy oportuna, pienso, para un clima tan lluvioso. Cabe la marquesina hay un espacio considerable en el que por todas partes surgen chorros de agua para que los niños disfruten de ella. A Don Quijote le han quitado del centro del parque para ponerle a un lado desde donde tiene una vista de conjunto. Lo mismo que desde el chiringuito, que es que, si estás a ello, no pierdes detalle de todo lo que se cuece. Por cierto, que donde había aquellas pintadas de cariz marxistoide hay ahora unos murales muy coloridos que añaden alegría al cuadro. 

Resumiendo, que el parque rebosaba vida. Había niños para dar y tomar. Muchos de ellos en traje de baño jugando con los chorros de agua. Los adultos no les perdían de vista, ya fuera desde el chiringuito, ya, desde los bancos a la sombra. No se veían apenas perros y mucho menos un puto turista. O sea, casi la cuadratura del círculo de la felicidad. 

Esto de ver niños jugando es algo que sin duda alguna influye en el ánimo de cualquiera que no sea un monstruo. En cualquier caso, este tema de los niños es delicado de tratar porque pude suscitar susceptibilidades desagradables. Pero lo voy a hacer siguiendo las indicaciones de Gracián que dice que los viejos no solo pueden, sino que deben decir lo que piensan. Pues bien, lo de tener o no tener en lo que más se nota es en lo de los hijos. Porque tenerlos es sin duda una alegría, pero también un varapalo que condiciona la vida como ninguna otra cosa lo hace. Y ya saben lo que significan los varapalos en lo que hace a la modelación del carácter. En fin, de estos tiempos en los que está de moda sustituir a los niños por perros no creo que se vaya a salir muy bien parados. Porque los hijos son sobre todo el aprendizaje del sacrificio, lo que, a la postre, viene a ser el pal de paller, que diría un catalán, de la salud social. Sin niños por los que desvivirse todo son pulsiones ombliguistas. Aunque vaya usted a saber, porque habrá de todo, supongo. 

Vamos a ver para donde tiramos hoy que también sopla del sur.     

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