Ayer fui con María a comer al otro lado de la bahía. La barca iba llena de gente ociosa. Como nosotros. Intentamos, en primera instancia, aposentarnos en un restaurante que hay cabe el embarcadero y de inmediato nos salió al paso un camarero para preguntarnos si teníamos reserva. Por supuesto que no. Pareciera que allí lo regalaran, con todos aquellos humos, que mira que hay que tener ganas. Nos fuimos a otro que hay un poco más allá y sin problemas para comer la misma porquería, pero sin someterse a las sevicias que impone la moda.
Ir por ahí a comer en un restaurante. Es una forma de echar el día. Un poco tonta, desde luego. Pero así es como está montado el asunto. Da igual que te envenenen o te saqueen, la cosa es que no te quedas en casa y tampoco tienes que hacer la comida. Porque podrías preparar cualquier cosa e ir a comerla a un parque o así. Pero entonces nadie te serviría que es de lo que se trata. Personalmente, estoy seguro de haber comido en restaurantes más de la mitad de los días de mi vida. Si no, las tres cuartas partes. Me lo monté así por parecerme lo más práctico y, sobre todo, cómodo. Bueno, y también más literario. No quiero ni imaginar los tostones que habré dado a mis contertulios con historias de comensales y camareros.
El caso es que, ayer, porque le hacía ilusión a María, porque por mí, malditas las ganas. Si voy por ahí a pasar el día a mi bola lo más probable es que si me entran ganas vaya al Lupa más cercano y me compre una ensalada Florette -la de pasta con rúcula está muy buena- y un botellín de agua y me lo tome a la sombra de cualquier árbol. Es barato y perfecto a efectos de digestión. Porque esa es otra, que ayer eran las cuatro de la mañana y todavía me atormentaba el reseco. Claro, toda aquella sabrosidad...
El problema con esto de los restaurantes, como con casi todas las cosas tontas que nos enganchan, es el mito. Cuando algo se mitifica todos los chisgarabises corren en post de ello. Sin pararse a pensar ni por un instante si compensa o no. Acoplarse al mito es una cuestión de prestigio social. El chisgarabís de turno te cuenta orgulloso el grado de compenetración contractual que ha conseguido con el dueño de cualquier chiringuito acreditado por la moda. Así es como se deja sablear para enaltecer su vanidad. ¡Un habitual de la casa! ¡Marchando lo mejor! Y lo más caro, por supuesto.
En fin, a lo hecho, pecho. Y, a lo por hacer, cabeza. Que por lo menos haya un poco de justificación, más allá de la comodidad, o el mito, cuando uno tiene que recurrir a los servicios ajenos.
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