Si hay una idea que prevalezca en los textos antiguos esa es la de la justicia divina. Una justicia que puede tardar en llegar, pero que, a la postre, nunca falla. Mi madre no perdía ocasión que viniese a cuento para expresar esta idea por medio de la frase: Dios castiga y no da voces. Y sí, no sé el grado de verosimilitud que pueda tener el invento, pero de una cosa estoy seguro: el convencimiento de la existencia de esa justicia es un gran consuelo para la humanidad.
Quizá todo se trate de que la naturaleza, por principio, tiende al equilibrio y la permanencia. Y por ese afán es que allá en donde algo se desmadra no tarda en acudir a neutralizarlo. Porque, de lo contrario ya se hubiese extinguido. Los antiguos estaban tan convencidos de la certeza de esta teoría que no daban un paso a ciegas. Para las importantes, pero también para las más peregrinas, cuestiones iban a Delfos, o a cualquier otro oráculo, a preguntar sobre la conveniencia o no de llevarlas a cabo. Toda la historia antigua descansa sobre la convicción de que a los dioses no se les puede traicionar porque no perdonan una.
Y en esas estamos, a la espera de la respuesta de los dioses a este desiderátum al que nos ha conducido la soberbia de la especie. Llevamos un siglo y medio, por lo menos, convencidos de que en nuestras manos está torcer el brazo a la naturaleza a capricho. ¡Y vaya que sí se lo hemos torcido! Está irreconocible. Y todavía nos parece poco y queremos insistir en el empeño. Cada vez más sofisticados. Sin pararnos en mientes.
Es tanta la ceguera a la que hemos llegado que hemos creído innecesario conservar los templos en los que ofrecíamos sacrificios a los dioses de nuestros ancestros. La cosa debió empezar cuando Voltaire dijo que él había venido a este mundo para acabar con la superstición. El pobre desgraciado estaba tan engreído que era incapaz de reconocer que un clavo solo se puede sacar con otro clavo más grande. Así fue como colaboró tanto a quitar una superstición creando otra mucho mayor, la de la ilustración y el progreso. O sea, la civilización de las vacunas y todo eso. La ciencia que le dicen.
Y a los dioses que les den por el saco. ¡Pobres inocentes!
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