Terminé el Viaje al Fondo de la Noche de Céline. No sé qué pensar respecto a la fama que tiene esa novela. Claro que esto de la fama... como la publique un grupo mediático potente ya la tenemos armada. No niego que esa novela tenga momentos brillantes, pero también, a mi docto juicio, tiene paja para parar un tren. De hecho, todas las novelas la tienen si no es que no son otra cosa. Por eso Pla decía que el que lee novelas más allá de los treinta y cinco años es, sencillamente, porque se ha quedado rezagado respecto de esa cosa que llamamos madurez. Son opiniones, en cualquier caso, y a lo único que me puedo atener es a mi propia experiencia que, efectivamente, de los cuarenta en adelante, apenas leí novelas; me pongo a recordar y casi solo me viene a la memoria El Doctor Faustus de Mann, que tampoco es que tenga mucho de novela... bueno, y también las de Houellebecq que tienen un morbo especial del que me va.
Pero, ahora, tratando de aliviar los tedios de la vejez sin paliativos, me he puesto de nuevo a releer las viejas lecturas de prestigio, aunque más propio sería decir fama. Y me entretienen, porque cualquier cosa lo hace con tal de no tener que alejarme de mis rutinas. Voy a una de esas librerías de viejo que tanto han proliferado por la ciudad y pillo una novela cualquiera que me traiga reminiscencias de tiempos despreocupados. Y la verdad es que poco a poco me voy limitando a lo que fue mi real pasión lectora: Baroja. Anoche comencé El Mayorazgo de Labraz y se cubrieron todas mis expectativas. Ahora sé que tengo para unas cuantas veladas casi gozosas. Y ya tengo echado el ojo, para cuando acabe lo de Labraz, a Zalacaín el Aventurero. Baroja es para mí el placer de la identificación. Podría ser yo. De hecho, un colega que tuve, que era hijo del médico de Vera, muy citado por Baroja en sus memorias, siempre me decía que yo era la persona más barojiana que había conocido. No sé, quizá fuese más justo decir schopenhaueriana que así nos englobaba a los dos.
En cualquier caso, para llenar las horas del día que me sobran recurro a la Historia que viene a ser cotilleo y, como dijo no recuerdo quién, nada enseña. Cuando pasó lo que paso: eso es la historia. Lo mismo que hablan las porteras en las porterías. Algún idiota dijo que conocer la historia sirve para no repetirla. Hay que haber bebido de las fuentes del materialismo dialéctico, o algo por el estilo, para decir una tontería semejante. La historia no es otra cosa que repetición hasta la saciedad. Ya voy acabando por enésima vez los libros de Heródoto. No sé por qué insisto tanto, quizá sea por el placer morboso que me produce el comprobar que a todo hay quien gane. De nada, por muy monstruoso que sea, se ha privado la humanidad a lo largo de los siglos. Y a golpe de monstruosidades es como hemos llegado hasta aquí: el absurdo más acabado que se pueda concebir.
En fin, vamos a ver en qué echamos el día hoy.
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