lunes, 25 de septiembre de 2023

Marabineando

Ayer fui con María al Puntal. En el banco lateral a mi izquierda, casi todos los pasajeros llevaban un perrito en sus brazos. No me extraña nada, ¡acompañan tanto! En los bancos delanteros iban dos matrimonios amigos con sus cuatro niños que no paraban de jugar. Let the children play, aquella maravillosa canción de Santana. Me sonaba a cosa de antaño, de cuando las vacas daban leche con neskuit e íbamos todos los veranos a San Sebastián a escuchar a las estrellas. La verdad es que, cada vez más, lo que más me alegra la vida es ver a los niños jugar. No sé el porqué, pero así es. Como hacía un día magnífico, la playa estaba concurrida. La gente, a causa de ser la pleamar, paseaba apelotonada por la estrecha franja de arena húmeda. Ya saben que ese es el plan de la playa, recorrerla de este a oeste y viceversa. Si se hace de cabo a rabo, puede que sean como diez kilómetros, lo que es suficiente para hacer apetito. En general, los paseantes, con perro o no, tenían una pinta bastante azombicada. Solo vi a una pareja que parecía divertida. Él le iba metiendo a ella la mano por la parte trasera de la braga y, a juzgar por cómo ella se reía, le debía estar estar haciendo gracias por allí. Solo yo parecía advertirlo. 

María se pegó un buen baño y yo me aburrí de lo lindo, porque, aunque me había llevado el kindle, apenas le pude echar una ojeada dada la incomodidad de estar sentado en la arena a pleno sol. Yo es que sin un respaldo ya no aguanto ni dos minutos. Así fue que urgí a María para que nos volviésemos. La cosa había durado casi un par de horas que bastaron para dejarme molido. Cogí el asiento de la barca como si de un sillón reclinable Ikea se tratase y, con el runrún del motor, no me costó amodorrarme. Un cuarto de hora en total. En casa ya, como había dejado la comida medio hecha, todo fue cuestión de echar el arroz y esperar veinte minutos a que cociese y otros veinte a que reposase. Los aproveché bien, esta vez sí, en un reclinable Ikea auténtico. Todo hay que decirlo, el arroz me supo a gloria. Y a María igual a juzgar por lo que embauló. No dejamos ni un grano y eso que la cantidad era generosa. Es lo que tiene la playa, que, aunque canse y aburra, da hambre. 

Y así es como vamos estirando estas acaballas de la vida. A Dios gracias, puedo agarrar la guitarra y tocar El Marabino. Es difícil que pueda haber una pieza más alegre. Desde luego que no fue por casualidad, pero en esta ocasión le sonó la flauta bien sonada a Lauro. Lo mismo que a Villoldo cuando compuso El Choclo o a Zequinha de Abreu cuando El Tico-tico o a Barrios Mangoré el allegro solemne de La Catedral. Son inspiraciones divinas que luego la humanidad nunca se cansa de recordar. Lo tocas, lo canturreas, lo que sea, y como que el alma se te aligera. Nada inventó el ser humano que se pueda comparar a una buena canción. En fin, cada cual tiene sus mitos y que nadie se los toque. 

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