miércoles, 6 de septiembre de 2023

La Cagigona

Tomé el tren hasta La Cantábrica y desde allí fui caminando por la ruta del antiguo tren de Ontaneda hasta La Concha. Hacía calor, el suficiente para dejar los caminos vacíos, pero no tanto como para provocarme sufrimiento. Además, que hay por allí mucha vegetación que proporciona sombras inestimables. Y, para más regocijo del caminante, no dejan de menudear los bancos en esos espacios sombreados. Les aproveché al máximo para refrescarme mientras proseguía con lo de Casanova. Recién depuesta su última criatura del alma, ahora anda con dos hermanas de las que la mayor le quiere apretar las clavijas lo cual el sortea seduciendo a la menor, de catorce años. Acaban en trío, pero, cuando ya la mayor se le entrega, como la pequeña le ha dejado exhausto, tiene el primer gatillazo de su vida. Lo cual sirve para una serie de consideraciones sobre el asunto que no dejan de tener su interés. Pero, en el entretanto, nos narra el desprecio que le ha hecho Voltaire a propósito de la traducción al italiano de L´Ecossaise. Nos cuenta lo arrepentido que está de las venganzas que se ha tomado con Voltaire al que considera un verdadero tesoro para la humanidad, aunque sigue criticándole sus arremetidas contra la religión, porque, aunque tenga razón en sus argumentos, la religión no hay que tocarla porque es el soporte de la moralidad sin la cual es imposible la felicidad en la tierra. Yo diría que este argumento no difiere mucho del que un siglo después hiciera Schopenhauer, pero, bueno, supongo que lo habrán dicho muchos porque il va de soi. 

En el bar La Cagigona de La Concha había mucha animación. Sus alrededores estaban de coches que no cabía uno más. Allá ellos, que cada cual se las apañe como pueda. En cualquier caso, había una mesa para mí en la que me puse como el quico. Como aquello no estaba muy agradable -se ve que se ha puesto de moda- salí pitando tan pronto como conseguí pagar, que no fue fácil, hacia una adecuación recreativa que hay allí cerca. Me tumbé encima de una mesa y me quedé frito por un buen rato. Luego proseguí con el mismo régimen de paradas intermitentes en los bancos del camino para seguir dándole a lo de Casanova, que ya, por cierto, me empieza a cansar... ¡tanto donjuanismo! Como si no hubiese tenido uno bastante con el propio. 

Hacia las cinco llegué a casa. No me sentía cansado, así que acometí algunas tareas domésticas que venían haciendo cola ya hace días. Luego le pegué un repaso a la versión que me he construido de Libertango con retazos de aquí y de allí. Me costará tiempo controlarla mínimamente. Y me tumbé en el sofá para dar un toque a lo de Heródoto. ¡Pero qué gentuza eran aquellos griegos que seguimos admirando tanto! Yo no sé de dónde hemos sacado lo listos que eran porque la verdad es que no sabían resolver nada si no era a hostias. Seguramente la fama les viene de que fueron los primeros que se dedicaron a ponerlo todo por escrito. Lo que hacían y lo que pensaban. Lo cual, claro, no tiene precio. Pero, por lo demás, poco de lo que presumir. En fin, sería largo de contar.  

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