La vida es una continua paradoja. Corremos de aquí para allá, saltamos de continente a continente, nos enteramos de millones de pijadas y, al final, nos vamos de aquí sin haber catado las cuatro o cinco cosas realmente mágicas que lo son porque, precisamente, los dioses nos permitieron su conocimiento sin que por ello tuviésemos que ser encadenados a una roca en el Cáucaso, donde, ya saben, un águila viene todos los días a picotearte en el hígado.
Pensaba en estas cosas esta mañana porque, por un lado, he recordado con más pena que rabia los millones de horas que tiré por la borda sentado al volante de un coche. No voy a llorar, porque a lo hecho, pecho, pero, ¡Dios mío, qué majadero he sido! La mayoría de las veces para ir a ningún lado y, otras, a, sitios a dónde podría haber ido cómodamente sentado leyendo una novela o mirando por la ventanilla las circunstancias del paisaje.
Por otro lado, siento compasión por toda esa gente que se va de este mundo sin haber disfrutado de las maravillas que se esconden tras lo que conocemos como ciclo de quintas. Esa relación matemática que se establece entre los doce semitonos de la escala cromática. Es la magia de los números. No hay que ser Ramanujan para catar ese prodigio como seguramente no hay otro en la naturaleza. Algo, que, estoy seguro, fue surgiendo de las progresivas intuiciones de los ociosos que se demoraban acariciando las cuerdas de cualquier instrumento musical que, es muy probable que fuesen los primeros instrumentos que inventó el ser humano. Antes, incluso, que el garrote para dar con él en la cabeza al vecino al que le querían quitar algo. Y es que, lo primero es lo primero, y los juegos del espíritu son los que nos definen como especie.
Pues sí, así corre el mundo, con una obsesión malévola por perfeccionar el garrote que ya ha adquirido características de casi ficción sin que por ello nos haya puesto mucho más fácil quitarle al vecino lo que nosotros codiciamos y él no quiere soltar. Así, poco más o menos, se podría resumir la historia de la humanidad si no nos atuviésemos a lo que realmente pervive a lo largo de los milenios... que no es otra cosa que el aire sereno vestido de luz no usada cuando suena la música extremada por cualquier sabia mano interpretada. Sí, mucho misil y mucha mandanga, pero ¿acaso no será recordada esta época como aquella en la que miles, quizá millones de personas, se pusieron a hacer sus particulares versiones de Libertango? Sí, esa es la cuestión crucial, que la gente nunca se cansa de cantar a la libertad. Y nunca habrá garrote suficientemente sofisticado como para hacernos callar.
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