Como Santander es, o ha sido, una ciudad bastante levítica, lo que era la plaza de las Atarazanas ahora se llama de la Asunción en alusión, supongo, a lo de la subida de la Virgen María a los cielos en carne mortal, porque, incluso, hay allí, en el centro, una imagen de ella con sus manteos y tal, en actitud de levantar el vuelo. Personalmente, me parece una cacicada de los levíticos, porque al decir Atarazanas estamos recordando la historia de la ciudad. Allí, precisamente, estaban las atarazanas que, como sabrán, es como se decía antiguamente al lugar donde se construían los barcos. Pues bien, ayer había allí un rebaño de turistas que estaba siendo apacentado convenientemente por un barbado pastor. Me quedé un rato a escuchar y les estaba diciendo cómo sobre una colegiata habían construido una iglesia, sobre la iglesia una basílica y sobre la basílica una catedral. Las ovejitas parecían no perderse detalle. De las atarazanas no escuché nada. Una pena, porque el asunto, bien contado, pudiera haber proporcionado bastante pasto al rebaño.
El caso es que, como ya se aproximan los fríos del invierno, los rebaños se están yendo por las cañadas hacia tierras más cálidas y la ciudad comienza a estar habitable, porque es que, madre mía, cómo se nos pone por el verano: se ve que aquí tenemos buenas veranizas. En fin, todo pasa y vuelve por donde solía.
En otro orden de cosas, sigo avanzando por las páginas de El Mayorazgo de Labraz. Un cuadro barroco de la España decimonónica y rural. Se le cae a uno el alma a los pies. Porque si Santander es, o era, levítica, lo de Labraz, por comparación, lo es a la enésima potencia. Curas y putas y, en su entorno, una sociedad putrefaccionada por la hipocresía. Lo que nos relata Francisco Delicado en La lozana Andaluza, sobre aquella Roma del XVI es lo mismo que nos cuenta Baroja sobre Labraz, aunque lo que en la Andaluza es despelote distendido en lo de Labraz es un doloroso esperpento. Cuesta de creer, que diría un catalán, que la sociedad hubiese podido llegar a semejantes grados de putrefacción y, sin embargo, a la vista de lo que luego vino, las terribles guerras de siglo XX se puede concluir que el terreno estaba bien preparado. En cualquier caso, no es extraño que Baroja fuese tan odiado por los curas. Porque no se corta un pelo y, para más inri, se regodea describiendo la zafiedad que es el inevitable destino de los que adquieren poder, los curas, la aristocracia, en este caso, sin más mérito que subirse al carro de la tradición congelada: demasiados siglos sin que nadie se haya entretenido en separar el grano de la paja que hay en ese carro.
¡Dios, siempre estamos en las mismas! A la que pasan unos cuantos años instalados en la estabilidad, todo empieza a putrefaccionarse. Es entonces cuando llegan las pestes redentoras. Son como sumergirse en la sangre del dragón, que quedas inmunizado... aunque siempre queda el talón vulnerable por donde vuelve a comenzar todo el ciclo.
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