Ayer me puse a tocar una pieza de Baden Powel que en tiempos dominaba razonablemente y no me acordaba de nada. Me fueron suficientes veinte minutos de partitura para volver a donde estuve. La memoria, nunca se borra del todo y, por así decirlo, le cuesta poco renacer de sus cenizas. Al menos, esa es mi experiencia.
Han sido muchas las veces que me han dicho que tengo buena memoria. Es una apreciación subjetiva de imposible comprobación. Quizá sea que tengo algo hipertrofiado ese músculo porque siempre lo cultivé. En cualquier caso, me crie escuchando que la memoria es la inteligencia de los burros. Y, francamente, pensándolo con los criterios que me he ido labrando a lo largo de la vida, esa apreciación me parece una bobada. No sé si para tener memoria hará falta inteligencia, pero lo que sí me parece seguro es que sin una buena memoria difícilmente se puede ser inteligente ya que esta condición no es otra cosa que tener habilidad para interrelacionar los datos que se tienen archivados en la memoria.
En fin, vaya usted a saber lo que hay de cierto en todo ello, aunque vemos gente que nos hacen sospechar que tienen que tener algo de divino para poder exhibir tanto de la una como de la otra, si es que las dos no son más que expresiones de una misma cosa. Veo de vez en cuando a una guitarrista prodigiosa que incluso ganó un premio Grammy, que por lo visto es lo más de lo más, interpretando la dificilísima, al menos para mí, obra de Leo Brower, El Decamerón Negro. La chiquilla, que tiene veintisiete años, viene dando conciertos por todo el mundo, pero eso no es todo, ¡amárrense los machos!, mientras estudiaba guitarra con los máximos laureles, le dio tiempo a licenciarse en derecho y, para redondear, sacar las oposiciones a fiscal. Y, encima, es tan mona y con tan buen tipo, que se permite el lujo de hacer de protagonista de las historias que subyacen a las obras que interpreta. Por ejemplo, tiene una en la que hace de Alfonsina que... no sé qué decir. Quizá le haya quedado un poco cursi. Y es que, ya está bien de tanta perfección.
En definitiva, esta chica, Mabel Millán, ¿cómo podríamos diferenciar su inteligencia de su memoria? Y no te digo, ya, nada, de su voluntad. La Santísima Trinidad. Porque esa es otra, esos padres complacientes que suelen decir que su hijo es inteligente pero vago. ¡Anda Ya! Una persona sin voluntad, por definición, es tonta de baba. Bueno, solo son impresiones sobre cosas que ningún aparato puede medir. Así que...
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