domingo, 17 de septiembre de 2023

La ambición

Sigo con Heródoto. Ya he llegado a cuando Jerjes toma la decisión de someter a los griegos. Acaba de heredar el trono y, en principio está dudoso, pero no necesita mucho tiempo antes de caer en la cuenta de que lo suyo es no quedarse atrás en gloria respecto de sus antecesores Ciro, Cambises y Darío. Para ello cuenta con la inestimable ayuda de sus consejeros que ven en la empresa un asunto de promoción personal. Impresiona el despliegue administrativo, logístico y de creación de infraestructuras que se realiza durante cinco años para preparar la empresa. Aunque es un dechado de racionalidad, no falta el pensamiento mágico que se traduce en derroche de recursos, como, por ejemplo, el canal que abren por el istmo de la península del Monte Atos. Años atrás, bordeando la flota persa esa península sobrevino una tormenta que causó un desastre incalculable. Un hecho meramente fortuito al que se le da un carácter de ley: bordear esa península es muy peligroso. Hay que evitarlo, por tanto, sin pararse en mientes. Y entonces se ponen a abrir el canal que es una obra que a pico y pala exigió el empleo de cientos de miles de personas durante años, a las que, entre otras cosas, había que alimentar. Hay historiadores que sostienen que Jerjes sabía que lo del peligro de bordear esa península era una superstición popular, pero quiso aprovecharla para dejar constancia de su grandeza por medio de una gran obra. Lo mismo que hizo su abuelo Cambises en Egipto cuando hizo cavar un canal del Nilo al Mar Rojo que se comió el desierto en cuatro días. 

Como sabemos, todo ese despliegue de poderío no le sirvió a Jerjes más que para recibir la mayor humillación que rey alguno recibió a lo largo de la historia. Se hizo esculpir un trono en un acantilado para mejor contemplar como la minúscula flota griega derrotaba a la gigantesca persa en las costas de Salamina. Tuvo que abandonar el trono de piedra por pies. 

La ambición de poder, de gloria, de riquezas, de lo que sea, con tal de acrecentar lo que ya tengo que, no por ser mucho, satisface mis anhelos. Es una prueba más de la pequeñez de la mente humana. El haber sido dotados de conciencia de nosotros mismos y, con ello, de nuestra finitud, nos hace vivir en un estado perpetuo de desesperación. La ambición de dominio no es, en definitiva, más que en un intento, quizá el más tonto de todos, de combatir esa desesperación. Se podría decir que todas las miserias del mundo nos vienen de ese vano intento. ¿Quién que haya trabajado en una empresa jerarquizada no ha tenido que padecer la toxicidad ambiental creada por los que ambicionan promocionarse? Casi siempre, los peor dotados, todo hay que decirlo. Los mejores no necesitan ambicionar porque el sistema, si no está corrompido, les promociona de motu propio. 

En cualquier caso, no se puede olvidar que la ambición es un motor de vida. Todos queremos más, se cantaba en mis años jóvenes. La cuestión es el objeto de la ambición... generalmente de la ambición de gloria. La vanidad. Todos somos vanidosos. Lo que pasa es que, de querer conquistar Atenas a conformarse con dominar la partitura de El Marabino, que ya, ahora mismo, me voy a poner a ello, hay una diferencia abismal en lo que hace a la toxicidad ambiental creada y, sin embargo, una similitud sorprendente respecto a la gloria conseguida. La gloria, esa tenue sensación de inmortalidad...  

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