martes, 12 de diciembre de 2023

Alboreaba en la noche

 "No apuntaba aún la Aurora, más ya alboreaba en la noche", o "con su velo azafrán se extendió por la tierra la Aurora". Son versos de la Ilíada. No sé a ustedes, pero a mí me conmociona tanta potencia descriptiva. Y me pregunto que en qué es en lo que hemos progresado en estos casi tres mil años que han pasado desde que se escribieron esos versos. 

Sea como sea, Zeus está hasta el gorro de los jueguecitos que se traen los diosecillos apoyando a unos u otros en la cuestión de los cuernos que Helena con la ayuda de Paris le puso a Menelao. Así es que, gozándose en el rayo, reunió a las deidades en el ágora, sobre la cumbre mayor del Olimpo. Y les dijo: al que vuelva a mover un solo dedo en favor o en contra de cualquiera de los contendientes, me lo cargo; lo agarraré y lo lanzaré al oscurísimo Tártaro, lejos, en lo más hondo del báratro... ¡como para no hacerle caso! Luego, unció sus caballos y en menos de lo que se dice se plantó en las faldas del Ida y se sentó en una colina a contemplar cómo se mataban entre sí aqueos y teucros sobre la llanura a orillas del Escamandro. 

Creo recordar que ya les he contado en alguna ocasión cual es mi particular visión de todo esto de la Ilíada. Vendría a ser para los griegos como todo aquel cine de Hollywood para los americanos: propaganda. Es decir, una artimaña para convencer al populacho de que sus ansias de conquista están justificadas. Porque a esos desalmados les invitamos a nuestras casas y nos robaron a las mujeres, argumentaron los griegos. O, porque los alemanes y japoneses, matan judíos o chinos, dijeron los americanos.  De resultas de lo cual, los griegos se hicieron con la llave de entrada al Ponto Euxino y los americanos con el control del mundo. Y justificadísimo y para bien de la humanidad en ambos casos. 

En el fondo de todo este asunto hay como una especie de ingenuidad. Todo el mundo, incluidos los más poderosos, quieren justificar sus actos detestables. Porque no quieren parecer malas personas. Entonces se inventan mentiras que toquen la fibra sensible de los que se tienen que tragar el embuste. Y en eso consiste toda la historia de la humanidad en mentiras y más mentiras llevadas en ocasiones a la cúspide del arte. Y todos contentos porque los unos se salen con la suya y los otros disfrutan de la selecta poesía. Luego, los efectos colaterales, pelillos a la mar. ¿Quién se acuerda a los cuatro días de  los perdedores de cualquier pandemia? Oye, no se les menciona en los telediarios y a efectos prácticos como si no existiesen. En fin, qué vida ésta. 

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