Sigo con lo de los pueblos de Azorín. Ahora le tengo por Andalucía, en Lebrija, concretamente, donde nació Nebrija, uno entre la media docena de verdaderamente notables que dio este país. Según nos cuenta al describir el pueblo, había en la plaza, entre palmeras y naranjos, un busto de él. Corrían los principios del siglo XX y aquello del campo andaluz era la madre de todos los despropósitos. Lo único que se cultivaba allí era el odio de los unos y el miedo de los otros. Era yesca seca a la espera de una chispa. Se reúne Azorín con un grupo de jornaleros y echan cuentas del mínimo vital para una familia. Mínimo de supervivencia para una familia con tres hijos, sin el menor extra, dos pesetas y pico al día. Los jornales no pasaban de sesenta céntimos. Así es que Azorín acompaña al médico a hacer las visitas domiciliarias y el espectáculo es dantesco. El médico lleva estadísticas meticulosas: todos los años mueren en el pueblo unas trescientas personas de las que cincuenta por lo menos son de tuberculosis y otras doscientas de diarreas. Es lo que tiene echarse a la boca cualquier porquería que se pilla por ahí. También se reúne en el casino con los terratenientes. Están paralizados por el miedo. Y a la espera de que alguien, el Estado, venga poner solución. Porque a ellos no se les ocurre otra que más guardia civil.
Este es el mismo Azorín que te describe el buen pasar de los pueblos levantinos o el elegante aburrimiento de la burguesía por los balnearios norteños. Uno se pregunta por qué esa dejadez nihilista en aquella Andalucía. Aquellos propietarios sin la menor iniciativa. Y aquellos jornaleros, lo mismo. Todo el día, los unos y los otros, pensando en la mejor manera de exterminar al contrario. No les daba para más el coco. El caso es que mira uno ahora en google map y ve que por la zona de Lebrija hay un emporio agrícola. Esos arrozales a perdida de vista que se siembran arrojando la semilla desde avionetas. Qué ha pasado en el transcurso de un siglo para que aquello haya cambiado tanto. Claro, por medio hubo una guerra en la que aquellos odios y miedos tuvieron su catarsis. Quizá es que no haya otra forma de solventar los conflictos. De aclarar las ideas.
Por eso será, digo yo, que las guerras nunca cesan. Ahora tenemos esa de Ucrania que parece estar tocando a su fin y esa otra en Oriente Medio. ¿Es que acaso hubieran sido evitables las dos? Pues se ha visto que no. Se estorban los unos a los otros y, como dicen los nacionalistas catalanes, tan majos ellos, lo nuestro no se puede racionalizar porque es una cosa de sentimientos. Y los sentimientos, sobre todo cuando están en el bolsillo, no hay dios que los pueda controlar. Al decir de las malas lenguas, el trasfondo de lo que está pasando ahora en Gaza, son las bolsas de gas que se han descubierto en su frente marítimo. Vaya usted a saber porque la inventiva de las malas lenguas no se para en mientes. En fin, también esas malas lenguas dicen que en tres o cuatro años Ucrania volverá a ser territorio ruso. Ya ven, al final va a ser que tanto para nada. Como la vida misma.
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