Hace unos días soleados y fríos y el centro de la ciudad es un hervidero. Yo diría que es desagradable andar por las aceras, pero eso solo es una impresión personal. La de un fóbico social, concretamente. De hecho, si no fuese por la necesidad no me pescarían en medio del tráfago. Tengo aquí al lado todo el muelle del pesquero que se ve que a la gente le cae a trasmano. Y que dure. Aunque, no creo que nos vaya a caer esa breva dada la calidad del entorno. Cualquier día, por un interés u otro, se pondrá de moda y se joderá el invento.
Esto de las modas, que es amontonamiento, y por tanto peste, tiene que ver con las expectativas. No podemos vivir sin ellas. La gente se echa a la calle con la tonta ilusión de que, así, algo agradable le va a pasar. Va a ver algo, se va a encontrar con alguien... son expectativas al azar. Lo mismo que toda esa gente que hace cola frente a las administraciones de lotería para comprar un boleto. La vida, a la postre, de la inmensa mayoría se compone, en esencia, de expectativas al azar. Es tremendo, pero es así. Porque azar y frustración son tan inseparables como el alcohol y la resaca.
No albergo la menor duda de que las cosas son como son porque no pueden ser de otra manera. Digamos que es porque así lo tiene dispuesto la divinidad. Pero lo que no me trago ni de lejos es lo que se tragaba Panglós, es decir, que este es el mejor de los mundos posibles. A mí, así, tal y como funcionan las cosas me da mucha pena. Porque respiro esa que so capa de fingida alegría no es más que frustración ambiental, es decir, la madre del consumismo.
Por Dios Bendito, con lo fácil que sería todo esto si la clave de bóveda de la educación infantil fuesen las expectativas trabajadas. O, lo que es lo mismo, la posposición de los deseos. Entonces, irías por ahí un día cualquiera de Navidad y la gente por el único sitio que merodearía sería alrededor de los templos a donde habrían ido a dar gracias porque otra vez se produjo el milagro de la renovación. Sin fe en los dioses, que es tanto como decir en el sacrificio, se está condenado irremisiblemente a la frustración permanente... es decir, a pasarse la vida en los bares o en las consultas de los médicos, Tal para cual.
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