viernes, 15 de diciembre de 2023

Cuatro paredes

Reparto el día entre la lectura, la guitarra y algún fugaz paseo -el clima imperante no da para más-. Azorín, a quien acabo de descubrir, está en París, huyendo de la guerra, como lo están los personajes con los que se relaciona o, al menos, de los que habla. Azorín es de esos escritores que irradia conocimiento sin la menor pedantería. Los clásicos son para él como de la familia. Los mete en sus relatos como podría meter a un amigo o a su abuelo. Siendo profundo en sus apreciaciones no cuesta seguirle, cosa que digo muy a la ligera, porque por algo tiene que ser el que sea un autor con tan poca penetración en el mercado literario. A lo mejor es porque no se hizo la miel para la boca del asno... que, por cierto, no creo que sea muy afortunada la sentencia porque según todos los indicios el asno es un animal inteligente donde los haya. Pero, en fin, da igual, porque se entiende a la perfección lo que se quiere significar. 

Casanova sigue por Londres. Después de haberse pasado un mes encerrado en casa con un solo juguete, Paulina, una aristócrata portuguesa, se integra en la vida y nos cuenta multitud de anécdotas curiosas de los ingleses. Por ejemplo, que cagan y mean en cualquier sitio. Al pasar junto al palacio de Buckingham ve que en unos arbustos que hay por allí hay varias personas cagando, eso sí, con el culo hacia los transeúntes porque lo único que les importa es que no se les vea la cara. También nos habla de las apuestas. Es una obsesión patológica que afecta a todo el mundo. Si matas a alguien en una pelea estarás libre de pena si antes de empezar los dos contendientes han depositado unas monedas en el suelo que serán para el ganador. Se puede decir, que todo lo que se hace por apuesta esta permitido. Incluso hay un club de apostadores al que pertenece toda la nobleza en el que se apuesta sobre lo imposible, como quien tiene razón sobre discusiones políticas o filosóficas. En resumidas cuentas, es una sociedad que ama el riesgo y, de ahí, supongo vendrá, la evolución que, desde los tiempos de Casanova, finales del XVIII, tiene Inglaterra, que es que se lo come todo. Por casi dos siglos. 

A los aqueos y teucros les tengo en tablas. La guerra no avanza. Un día ganan unos y al siguiente los otros. Lo único constante es la cosecha de muertos. Al llegar la noche, para el combate. Y se reúnen en asamblea. Hoy los teucros han llevado la delantera. Habla Héctor, el igual a los dioses, y les arenga para, ahora que tienen a los aqueos acorralados en la playa, junto a las cóncavas naves, hacer un un último esfuerzo para obligarles a embarcarse y huir hacia sus patrias. Los aqueos, por contra, hablan todos por turno. La democracia griega. Néstor, el más sabio por más viejo, increpa a Agamenón por haber ofendido a Aquiles cuando le quitó a Briseida, un legítimo botín de guerra. Mientras no se calme la cólera de Aquiles y decida volver al combate los aqueos no tendrán nada que hacer. Ya ven, siempre las mujeres, o el pelo de coño si mejor quieren, la salsa de todos los guisos. En realidad, las grandes protagonistas de la Ilíada son Helena y Briseida. Una desencadena la guerra, la otra hace que dure. 

Por lo demás, ya casi tengo a Estrellita en el bote. Como tengo tan interiorizada la melodía me está costando muy poco aprender la partitura. Y luego, la bourrée de Bach que es una gozada tocarla. Desde luego que no hay música que se pueda medir con la de Bach. Eso ténganlo por seguro. 

En fin, como dice Azorín cuando nos cuenta sobre un exilado español que se pasa la vida en la mansarda, el que no ha aprendido a pasarse el día entre cuatro paredes no ha aprendido nada. 

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