Por lo demás, cuenta Azorín en su novela La Voluntad cómo los habitantes de Yecla, allá, mediado el siglo XVIII, decidieron que con la vieja iglesia renacentista no tenían bastante para todo el pueblo. Entonces fue que decidieron hacer una gran basílica. Un proyecto ilusionante para un pueblo. Les llevó más de un siglo verla terminada. El caso es que todo lo referente a la obra está apuntado en una especie de cuaderno de bitácora. Porque un siglo da para muchas vicisitudes, y lo que cuenta sobre todo lo demás en este caso es la voluntad, que me imagino que fue de ahí de donde sacó el título de la novela. Porque hay que echarle mucha voluntad para levantar un templo de esas características a expensas de los vecinos. Y en una época poco boyante, por cierto.
Lo de levantar templos a la divinidad ha sido una constante de todos los tiempos y todas las culturas. Ahora, por lo menos en esto que llamamos occidente se consideraría una horterada. Y los que levantaron nuestros ancestros con tanta ilusión y esfuerzo los conservamos mayormente con la finalidad de tener entretenidos a los turistas el tiempo que va del desayuno a la comida. Con una catedral y un museo de pintura hacen la mañana y, también, ganas de comer. Pero el objetivo de la adoración de la divinidad, más bien se la suda a todo el mundo. La divinidad, ¿qué chorrada es esa? Si hoy día todos somos dioses. Con un teléfono eres omnisciente y, con un coche, ubicuo, o omnipresente. O sea, ¿en qué te diferencias de un dios?
Bueno, quizá tenga razón mi vecina en eso de que hoy día todo es mucho peor. Y es que sin dioses a los que adorar ya me dirás tú qué sentido van a tener las hecatombes.
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