martes, 5 de diciembre de 2023

El cerco

Perdonen que insista, pero es que ciertas cosas que están pasando  me dan mala espina. Y no es que me importe mucho por mí, que como me dijeron el otro día por la calle, me quedan dos telediarios... yo les hubiera dicho que ninguno, pero no me dieron opción a la respuesta, porque lo último que se me ocurriría a estas alturas sería ponerme a ver un telediario. ¿Qué hubiese aprendido yo, entonces? Pero como tengo descendencia, todos esos niños y jóvenes que veo por la calle, me gustaría hacer algo que redundase en su beneficio, y por eso quiero sacar a la luz lo que la inmensa mayoría no sabe porque ni nadie les enseñó a informarse ni supieron ser autodidactas al respecto. Que no por otra causa fue que les clavasen esas malditas vacunas, que no sería por falta de información si hubieran sabido dónde hay que ir a buscarla. 

El caso es que Robert F. Kenndy Jr. que anda postulándose para presidente de los EEUU, y que según las encuestas tiene opciones, ha dicho que lo primero que haría, a los cinco minutos, caso de llegar a alcanzar la máxima magistratura, sería retirar la losa que pesa sobre Assange y perdonar a Snowden, aquel empleado de los servicios secretos que hizo públicas ciertas informaciones que el poder quería guardarse para sí. Porque para Kennedy, según asegura una y otra vez, la libertad de información es sagrada y es por su restauración por donde hay que empezar a recuperar la grandeza perdida. 

Viene a cuento esto porque sabido es que todo poder cuando empieza a perder pie lo primero que se le ocurre para recuperarlo es censurar la información. Y esa es la señal incuestionable de que no solo ha perdido pie sino también la cabeza. ¡Mira que hay que ser ingenuo! La información es como el agua, que si la quieres guardar en un cesto pasa lo que pasa: que escapa por millones de grietas. Y así ha sido en Nueva Zelanda, que un empleado del departamento de datos del ministerio de salud pública se ha topado con una información guardada bajo siete llaves y ha creído su obligación hacerla pública. Casualmente la información era sobre los efectos secundarios de las vacunas del covid, incluidas las cifras del número de muertos que han causado. Así que todo ha sido filtrar la información y antes de las veinticuatro horas presentarse en su casa una patrulla antiterrorista que con toda la parafernalia al uso se le ha llevado preso. Y dicen que le van caer siete años de prisión.  

Como ven, típica táctica de los poderes à bout de suffle, que diría un francés. Si con la filtración se hubieran enterado de lo que se quería ocultar un millón de personas, ahora, tras la detención y aprisionamiento del filtrador, serán diez millones o más los que se enteren. Es como si las autoridades se hubiesen convertido en propagandistas de los que están en su contra. Y así ha sido que todas las asociaciones disidentes hayan hecho piña alrededor del filtrador y dicha información, los muertos en Nueva Zelanda por la dichosa vacuna, está corriendo por el mundo como un reguero de pólvora.  

En fin, ustedes tranquilos, como si no estuviese pasando nada. Ya les llegará a su hora el resultado del trabajo que hacen otros, los que están estrechando el cerco. Porque no hay que engañarse al respecto, las autoridades que montaron el circo covidiano no pueden salir indemnes por la propia naturaleza de las cosas. Y no hay prueba que mejor demuestre que el cerco ya empieza a asfixiarles que el calibre de las tonterías que están haciendo para conseguir lo que no puede ser y además es imposible. 

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