jueves, 28 de diciembre de 2023

Los moteros

Casanova, que a la sazón tiene treintaiocho años, ha salido de casa con dos pistolones en el bolsillo y se ha dirigido al puente de la Torre de Londres con la determinación de acabar allí con su vida. El motivo de su desesperación es que por primera vez en su vida una mujer se le resiste y juega con él como si fuese un pelele. De nada le están sirviendo las ingentes cantidades de dinero que dilapida en la empresa. No puede entenderlo y se comporta como un malcriado al que la vida le coloca en su sitio. Es tal la humillación que siente que solo el suicidio puede lavar la afrenta. 

No es extraño en la mitología griega que los dioses favorezcan con sus dones a este o aquel mortal, pero lo que nunca hacen es incluir entre esos dones el de la juventud eterna. Por eso el poeta dijo: divino tesoro, ya te vas para no volver. Es una perogrullada, pero, a lo que se ve, a aquellos a los que los dioses favorecieron con el don de la belleza se les hace muy cuesta arriba el natural marchitarse de todo lo que vive. Porque la belleza facilita muchas cosas, entre ellas, y no pequeña a efectos de autoestima, la de trasmitir los genes. Y claro, uno se acostumbra a lo bueno y acaba creyéndose que todo el monte es orégano. Por eso suele ser tan patético el envejecer de los guapos y, no digo ya, de las guapas. Aunque tampoco hace falta para la aparición del patetismo haber sido favorecido en lo que a belleza hace, basta la falta de inteligencia para percibir la pérdida de facultades. De hecho, diría yo que la mayoría de los hombres hacen un montón de tonterías con tal de hurtarse a la conciencia de su decadencia. Se compran motos potentes e infantilismos por el estilo.  

El asunto incuestionable de todo esto es que los dioses donde quitan ponen y viceversa. La suerte de la fea la guapa la desea, dice el refrán. Gracián dedica en su Criticón muy enjundiosas páginas a la suerte de la guapa. Las pobres se acostumbran a tenerlo todo por su cara bonita y no cultivan el esfuerzo y la frustración. Así, su mayoría de edad suele ser un infierno. 

En fin, ¡pobre Casanova! No sé cómo va a salir de esta rabieta en la que está, pero me lo puedo imaginar porque, cada uno a su medida, todos hemos pasado por situaciones similares que son la prueba del nueve de nuestra inteligencia. O bien, aceptas la realidad y te retiras a tus cuarteles a reconsiderarte en lo que eres o corres a un concesionario de motos potentes a agenciarte una. ¡Qué gracia me hacen los moteros!  

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