Estoy mirando en YouTube lo de Rita Payes, Andrea Motis, Joan Chamorro y todo ese grupo de músicos excepcionales salidos de una escuela de Sant Andreu, uno de los barrios más emblemáticos de Barcelona. Y es que de vez en cuando, por circunstancias de la vida, querer de los dioses, o como ustedes quieran llamarlo, algo cuaja y sale del horno un producto fuera de serie. Bueno, de un poco más allá, muy cerca, salió Rosalía, otro prodigio. Ya ven, de esa Cataluña que si nos creyésemos lo que dicen los medios de comunicación oficiales solo podría salir miseria y desolación. Aunque bien es verdad que es casi siempre en los momentos convulsos cuando la producción artística es más sobresaliente. Solo hay que darse una vuelta por el diecisiete español cuando pareciera que los jinetes del apocalipsis anduviesen de gira por aquí.
Digo que estoy mirando esos vídeos y no hago más que toparme con otros que llevan por titulo: Sumar rompe con Podemos. Debe ser algo muy importante porque los hay a cientos insistiendo en el evento. Porque eso también debe ser un evento. O eventosidad, que para el caso es lo mismo. Yo, no es que esté muy al tanto de todos esos intríngulis de la cosa política nacional, pero por las imágenes fugaces que me salen al paso cuando paseo la mirada distraída por aquí y por allá, diría yo que eso de Podemos y Sumar es algo del estilo de aquellas películas de Almodóvar en las que personajes sin oficio ni beneficio se buscaban la vida echando mano del relativismo moral, que es, no nos engañemos al respecto, algo que el pueblo llano adora, que no por otro motivo es que no haya pasaje tragicocómico más celebrado en todo el arte español que el del Patio de Monipodio en la novela ejemplar de Cervantes Rinconete y Cortadillo. Cuando de buscarse la vida se trata, todo sirve para el convento, que por eso era que aquel fraile llevase una puta al hombro.
Eso sí, de lo que pasó hace dos días en el Reino Unido, ni palabra. Ni tampoco que el gobierno de Nueva Zelanda se ha apresurado a soltar al delator de la realidad sanitaria respecto de las vacunas del covid que pensaba tener en la trena por ocho años. Por lo visto, era tanto el revuelo que se había armado entre el pueblo llano por tamaña injusticia que los gobernantes se han cagado por la pata abajo. Y ahora el delator es la estrella nacional. Pero lo del Reino Unido es para alquilar cadiras: el lunes estuvieron el Dr. Yeadon, el Dr. Malone, y media docena más por el estilo, informando en el parlamento británico sobre la realidad de todo este patio de monipodio que es el asunto covid. Claro, a ustedes, todo eso de Yeadon, Malone y demás, seguro que no les dice nada. Buen cuidado han tenido las autoridades de que no trascendiese su categoría científica e intelectual. Pero, al final, han tenido que pasar por el aro y la verdad ya cabalga desbocada. ¿Y ahora qué? Permanezcan atentos a la pantalla porque no hay nada como el alumbramiento de una verdad incómoda para el advenimiento de la catarsis colectiva.
En definitiva, Andrea Motis acompañada a la guitarra por su madre Elisabeth Roma... es como estar de regreso a aquella Cataluña que yo adoraba, la del Celeste en el barrio de La Ribera, junto a Santa María del Mar, la iglesia gótica más bella que yo recuerde haber visto en mi vida.
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