viernes, 29 de diciembre de 2023

Despejar el terreno

En el cine hay escenas de guerra para dar y tomar. Y los directores se han tenido que esforzar para que cada vez fuesen más crudas so pena de dejar al púbico indiferente. Porque el horror o va en crescendo o se apaga su efecto. Supongo que son las limitaciones que tiene el cine. Sin embargo, sospecho que con la literatura no es lo mismo. Mil veces que leas la batalla entre teucros y aqueos que se relata en la Ilíada y mil veces que te impresionará. Son personas concretas, con padres y abuelos y una historia por detrás, a las que la lanza les entra por un lado y le sale por otro dejándoles cosidos con el suelo. La sangre chorrea hasta por los ejes de los carros. La impresión de carnicería es apabullante. Es la fuerza, o cercanía, de la poesía que, seguramente, es la máxima consecución del espíritu humano y, por tal, privilegio de unos pocos que la posteridad venerará poco menos que a dioses. ¿Díganme, si no, quién ha perdurado en la memoria a través de los milenios como lo ha hecho Homero?

Y todo por un quítame allá esas pajas. ¡Ya me dirán, por unos cuernos de mierda! Oye, si la tía se fue con otro, en su derecho estaba. Porque nadie ha sido nunca de nadie por más que el entendimiento cegado por la pasión quiera hacer pensar que es lo contrario. Porque por eso son todas las guerras, por el entendimiento cegado por las pasiones. Con la cabeza despejada nadie iría al matadero. Siempre se encontrarían fórmulas para el entendimiento. Pero ese es el caso, que la cabeza fría no existe. Ni siquiera en el caso de los dioses. El honor, la dignidad, el orgullo... todo excusas para poder matarse unos a otros y dejar el terreno despejado.

¡Qué poco vale una vida! Cuando vivía en Salamanca solía ir a pasear por el teso de Arapiles. Me sentaba en cualquier piedra y contemplaba el paisaje. El mismo que un día se tiñó de rojo porque había que parar los pies a los franceses. En un teso estaba Wellington y en el de enfrente Marmont. Daban órdenes, el uno y otro, para que los miles de soldados que ocupaban la llanura se matasen unos a otros de la forma más eficaz. Del lado de Wellington hubo cinco mil doscientas bajas. Del de Marmont, doce mil quinientas. Casi dieciocho mil de una tacada. No creo que la Salamanca de entonces tuviese tanta población. Y como si nada. Al día siguiente, la vida siguió como si nada hubiera pasado. 

Así es la historia de la humanidad, un continuo despejar el terreno. Porque si no se despeja se vive mal. Nos estorbamos tanto los unos a los otros que solo vemos remedio en el exterminio. Todo lo demás es un sucedáneo que nos hace vivir envenenados, es decir, cultivando las pulsiones suicidas. No hay más que mirar alrededor para darse cuenta. 

1 comentario:

  1. Estimado Pedro, te pongo unas líneas de luis Arias , extraídas de un cuento que le vienen perfecto a tu artículo, ambientada en la guerra de la independencia :
    "A los lugareños, poco les va en todo este asunto; ven la Guerra como una desgracia bíblica inevitable, una mezcla de nublado, plaga de langosta y cólera, morbo que se alarga ya cuatro años, llevándose por delante cosechas, ganado y mocerío. De vez en cuando han pasado por aquí ejércitos que siempre hacen lo mismo, aunque en distintos idiomas: engatusan a dos o tres chicas, roban las gallinas y se beben las bodegas; entre medias, una partida de caballistas de Piedrahíta, la que ha levantado Manuel Álvarez “el Seminarista”, acostumbra a entrar a la busca de mantenimientos y de reclutas cuando ambas cosas le son necesarias y poco más hay que contar"

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