sábado, 9 de diciembre de 2023

Devaneos

Paseaba ayer por el Barrio Pesquero a eso de las dos y era tal el galimatías del tráfico rodado que me costó cruzar las calles. Era todo gente buscando aparcamiento con el propósito supongo de comer después en los restaurantes de la zona. Y es que ayer se celebraba a la Conchitas. O a la concha de tu madre, como dicen los chilenos. Anyway,  es como si lo regalasen todo o se acercase el fin de los tiempos y nadie quisiera irse con los ahorros en el bolsillo. ¡Qué entusiasmo por las calles, señoras y señores! Y eso que el tiempo no es muy apacible. 

Por lo demás, sigo dedicándome a lo mío y con mi síndrome de evitación en fase aguda. He descubierto un camino por la ladera de la colina que bordea el lado norte de las vías del tren que es una delicia: no me encuentro un alma y tiene bancos soleados en los que me siento para seguir con lo de Casanova. No creo que haya habido en el mundo personaje al que le haya salido más caro el follar. ¡Y mira que, por lo general, le sale caro a todo el mundo! Aunque esta es otra historia que daría para mil libros. 

Luego, ya en casa, es la gloria, sobre todo cuando hay algo de sol que, por poco que sea, dada la extensión de los ventanales, parece que estás en el trópico. Me pongo entonces con las partituras y se me va el santo al cielo. Ya tengo lo de Estrellita bastante avanzado, pero, sin embargo, la bourré de Bach que tanto me costó aprender casi se me ha ido. Y eso no  lo puedo consentir. Y así sigo hasta que la gazuza me despierta. Me preparo algo, una ensalada por lo general, como y, después, agarro la Ilíada. Ese mundo en el que los personajes son meros instrumentos de las trifulcas que los dioses tienen entre ellos. Curiosamente, Afrodita y Apolo están del lado de los teucros, troyanos para que nos entendamos, y Hera y Atenea, del de los aqueos, es decir, los griegos. Zeus está en medio del batiburrillo intentando que no se le vaya de las manos la poca autoridad que le va quedando. Porque claro, aquí tenemos la eterna cuestión del adulterio. Paris y Helena son tan guapos que cuesta distinguirles de los dioses. Para Afrodita y Apolo, es natural que dos semidioses pasen por encima de las pequeñas convenciones humanas para satisfacer sus deseos. Sin embargo, Hera, harta de cuernos, y Atenea, a la que no se le conocen apenas cuestiones amorosas, se les llevan los demonios al observar los devaneos amorosos al margen de lo establecido. En definitiva, es el eterno asunto: ¿a quién no le ha tocado de más o menos cerca una cuestión de cuernos que ha provocado su correspondiente terremotillo en el entorno? Posicionamientos a favor de unos o de otros en función de las propias seguridades. O inseguridades. 

En fin, luego por la noche, me pego a Azorín que viene a ser como tomarse una tila. Anda por los balnearios de la cornisa cantábrica entre señoritas que tocan el piano y cantan zorcicos. Así es que luego caigo en la cama y duermo como un niño. 

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