jueves, 16 de marzo de 2023

Le grand dégringolade

 ¿Y si fuese verdad que ya tenemos aquí le grand dégringolade? Desde luego que si nos pilla desprevenidos no será por falta de agoreros que la vienen anunciando a bombo y platillo desde no se sabe cuánto hace ya. Todo este ininterrumpido baile de vampiros que viene siendla realidad socio-político-económico-ydemáshierbas de unos años para acá, por fuerza tiene que terminar en apoteosis porque ya no puede quedar una sola gota que sacar de las yugulares del sistema. 

No sé, habrá que ver. Pero es que uno ve a estos gobernantes ocupados en legislar sobre la jubilación de los perros pastores, y cosas por el estilo, y se da uno cuenta de que, por no haber querido ocuparnos de lo que nos concierne, han acabado mandando los subnormales... que ya nos avisó Platón de que esto funciona así. Y ayer veía que se están quemando cientos de millones de dosis de la famosa que dicen vacuna, pero que no lo es, porque nadie se la quiere inyectar por más que los subnormales que nos gobiernan insisten e insisten e insisten. Levantasen la cabeza Buñuel y todos aquellos gurús del surrealismo y se quedarían patidifusos al comprobar que lo que ellos imaginaron era cosa de niños por comparación con la realidad en curso. 

Sí, hay una situación muy curiosa. Es como una fina ansiedad que lo impregna todo. Es de esas situaciones en las que se tiene un deseo inconsciente de que todo estalle para que pueda haber un comienzo regenerador. Digamos que lo del mito del Ave Fénix. Y, mientras tanto, con la ilusión de poder salvar algunos muebles, hablamos de ir sacando nuestros ahorros del banco para meterlos debajo de la viga. Pero no lo hacemos porque seguimos siendo incapaces de ocuparnos de lo que nos concierne, y no por nada, sino porque sigue trabajando el inconsciente para asegurarnos de que todo intento de sortear el designio de los dioses es inútil. 

En cualquier caso, sea como sea, lo realmente importante es que ya tenemos aqui la primavera. Y ayer fuimos a celebrarlo paseando por las trochas del valle de Campoo. Justo por donde Chisco condujo a Marcelo, camino de Tudanca, para hacerse cargo del mayorazgo que Don Celso estaba a punto de dejar vacante. Desafortunadamente no pudimos echar unas parrafadas con el Sordo de Proaño porque ya nadie empalla la yerba en el pajar. En fin, ya lo dijo aquel boticario de zarzuela, que los tiempos cambian que es una barbaridad. 

martes, 14 de marzo de 2023

Transeúntes

Bajaba ayer por la cuesta de los Toros y de pronto me di cuenta de que a mi lado caminaba un chaval con una guitarra bajo el brazo. Le pregunté si la tocaba y muy nervioso me dijo que sí. No era una mala guitarra y me extrañó que la llevase al aire. El tipo no tenía mala pinta, pero parecía muy nervioso. No tardó en contarme que venía del albergue que hay en el polígono de Candina. Es un hotel de cinco estrellas, pero me han robado. No tengo para ir a Gijón. Si me pudiese ayudar... yo le toco algo. Efectivamente, sabía tocar canciones de esas de grupos modernos. Intercambiamos unas cuantas opiniones sobre la materia. Me la pasó para que tocase algo. Al final le di dos euros y se fue más contento que unas pascuas.

Bueno, pensé, es un desastre de chaval, pero un desastre relativo.  Saber tocar algo con la guitarra quiere decir que tiene voluntad. ¡Ojalá le sirva para lo que sea que le tenga que servir! Aunque las vidas son lo que son porque así lo han dispuesto los dioses omnipotentes y si el chaval está colgado de alguna droga pues espero que los dos euros le hayan servido para aliviar su mono. 

Lo que sí me llamó la atención es lo del hotel de cinco estrellas. Me alegró saberlo porque nunca se sabe. Aunque los transeúntes siempre han sabido apañárselas para salir del paso. Recuerdo que, allá por los sesenta, cuando llegaban los rigores del invierno, buen número de ellos se acogían a la benevolencia de la red de sanatorios antituberculosos estatales. Algunos, muy pocos, se instalaban allí de por vida y otros salían zumbando tan pronto apuntaba la primavera. Y es que lo de ir de aquí para allá sin ninguna finalidad siempre ha tenido muchos adeptos. Seguramente hay pocas cosas que enganchen más. 

 En fin, qué vida esta.


  

lunes, 13 de marzo de 2023

Gozosa senectutem

Aunque todavía no hayamos cruzado la línea del equinoccio, lo cierto es que ya tenemos aquí la primavera que la sangre altera. Personalmente ha sido en forma de una laxitud que hace que llegue a dormir casi ocho horas diarias y que me levante con una vaguería que, si me abandono a ella, es inevitable que pronto empiece a sentir una fina ansiedad que trato de calmar echándome a la calle. Me sirve de poco, la verdad. Pero, bueno, me suelo topar con un vecino que es de mi pueblo y que, como anda por los noventa, ya no tiene la cabeza para otras cosas que no sean las del fornicio. Se duele, pero no con amargura, de que ya no se le suba. Es el leitmotiv de su discurso al que añade chascarrillos que no dejan de tener su gracia. Es un hombre al que por lo que me cuenta le ha debido de gustar mucho su mujer y, a lo que se ve, no le ha decaído en absoluto el entusiasmo. Me dice que, cuando su mujer se va a la cama, él inmediatamente pasa la televisión a un canal de porno que no tarda en ponerle como una moto. Entonces se va a la cama y hace sus intentos, pero su mujer no colabora. Y entonces él la dice: ¡con lo que has sido y ahora...! 

Es muy curiosa esta versión de lo que podríamos llamar deterioro senil. Recuerdo que en Salamanca tenía un conocido que andaba por los ochenta y muchos y que, por lo demás, estaba como un toro. Iba tan tranquilo por la calle y de pronto notaba que alguien me había echado la mano al hombro. Era el señor Tomás. Me soltaba un par de anécdotas unamunianas y de inmediato entraba en harina. La mujer tenía un alzhéimer en avanzado estado de gestación, pero eso a él no le frenaba. Recuerdo un día que estando en la cola de la charcutería del supermercado se me acercó por detrás y se puso a darme detalles de sus últimas incursiones. Imagínense cómo sería el asunto que llegó un momento que hasta el charcutero dejó de cortar fiambres para ponerse a escuchar. 

Por lo que me han contado los entendidos, debe ser muy corriente tal deriva de la mente a esas edades y, se me antoja que, quizá sea como una especie de premio que los dioses conceden a los que han guardado los preceptos que se les deben. Porque el caso es que, lo mismo el de mi pueblo que el Señor Tomás, han sido buenos trabajadores, y padres y esposos a carta cabal. Se nota sobre todo en que siendo de extracción humilde todos sus hijos hayan pasado por la universidad con aprovechamiento e, incluso alguno, más que eso. 

En fin, vaya usted a saber, porque los caprichos de la naturaleza son infinitos. Y, en última instancia, todo es irrelevante y efímero. Así que buena gana de comerse el tarro sea por lo que sea.  

domingo, 12 de marzo de 2023

Peste

Quisiera prescindir de todo tipo de contacto con los medios de comunicación, pero como resulta que soy un yonky de la guitarra no puedo evitar meterme en YouTube en busca de material para mi adicción. Y es lo que tiene salir a pillar que es inevitable contaminarse del pestilente ambiente circundante. En fin, el que no tenga experiencia de estas cosas es que poco ha vivido. 

Pues sí, entro en YouTube y antes de poder colgarme de Nadia Kossinskaja interpretando Oblivion, que mira que me está costando aprenderlo, me tengo que tragar un montón de titulares de vídeos que me las prometen putas a nada que me descuide. Los de cariz económico son omnipresente, pero los que se llevan la palma son los relacionados con la salud. Al parecer, nunca es bastante lo que tenemos que hacer los humanos para no morir antes de tiempo... con tantas espadas de Damocles pendiendo sobre nuestras cabezas. 

Claro, según las leyes del mercado en vigor, si no hubiese demanda la oferta se adaptaría automáticamente y, al entrar en YouTube, sería raro encontrar al típico vendedor de crecepelos. Pero, esa es la incuestionable cuestión, perdonen la redundancia, que demanda la hay para dar y tomar, porque, si la función crea el órgano, el médico, la enfermedad. Tal es la triste realidad y el que no se haya enterado que se lo haga mirar, como dicen los catalanes. 

Ese es el asunto que para que tanto profesional de la salud pueda vivir tiene que haber mucha enfermedad. Y donde no la hay, se inventa. Por eso es preceptivo que antes de ver a Nadia Kossinskaja tocando Obivlión te tengas que tragar a un tío que te advierte que tienes una próstata que te va a jugar malas pasadas. Y, claro, yo, me cago en su puta madre, pero estoy seguro que habrá miles de tíos que nada más verlo saldrán corriendo en busca de un urólogo para que les meta el dedo por el culo. Es la técnica del meter los demonios en el cuerpo: una vez metidos ya te tienen agarrado por los cojones. 

Es que se dice pronto, pero, seguramente, nunca sufrió la humanidad plaga de semejantes dimensiones. Vas por la calle y como es lógico te vas fijando en lo que hay alrededor. Alucinas la cantidad de locales y pisos dedicados a recomponer el alma alicaída de la gente. Y eso que a la entrada de la ciudad hay un hospital de mil camas con más de mil médicos tocándose las bolas por los pasillos. Sí, sí, digo bien, tocándose las bolas. Lo cual no quita para que la propaganda oficial sostenga que faltan médicos. 

¡Por Dios Bendito! ¿Cuándo va a parar todo esto? ¿Es que la gente no va a poder vivir tranquilamente con los preceptivos alifafes de los que la naturaleza se sirve para recomponer el equilibrio? Desde luego que, cómo se degenera cuando no se va a la guerra.

sábado, 11 de marzo de 2023

La Hurdes

Ayer les mentaba el periplo a pinrel que hice por Las Hurdes, allá, por año 88 del siglo pasado, pues bien, como ando revisando todo lo que he escrito a lo largo de los años, estos días le ha tocado el turno a las notas que tomé durante ese periplo, que, por cierto, tienen la gracia añadida de los dibujos que iba haciendo sobre la marcha Carme, mi compañera de por entonces. 

Tengo que decir que con esta relectura me lo he pasado especialmente bien. Ha sido tanto lo que se han avivado mis recuerdos que talmente parecía que recién venía de vivirlos. Es, por así decirlo, y perdonen la pedantería, el poder taumatúrgico de la escritura. Y es que es muy posible que, si hay una cisura que marque un antes y un después en la historia de la humanidad, esa sea la de la invención de la escritura. Y no por nada, sino porque es una tecnología que multiplica por mil la potencia de la memoria. 

La memoria, que es como vivir por delegación. Porque ya no podría, ni echándole toda la voluntad que me queda, repetir una hazaña como aquella.  Aquellas comidas, aquellos colchones... lo de las caminatas sería lo de menos porque, al respecto, G. a D., me queda bastante fuelle. Pero, en fin, sobre todo es la motivación: ahora no tengo ninguna porque, como dice mi querido Pessoa, ya he hecho todo lo que no había hecho y he visto todo lo que no había visto. 

El caso es que el relato queda bastante salado y, el lunes, si los dioses no disponen lo contrario, bajaré a la copistería a que me hagan un par de ejemplares. ¡Narcisismo obliga!

viernes, 10 de marzo de 2023

Panacea

No es que a estas alturas de la vida me importé ya un comino, pero como esta mañana andaba filosofando con Carlos sobre los coches he dado en ponerme a pensar si la posesión del coche me ha aportado algo o, por contra, ha sido otro de los muchos lastres que me he echado encima, la mayoría de las veces, tengo que confesarlo, con la pretensión de aliviarme un mal momento. 

Vaya por delante que nunca necesité el coche como instrumento de trabajo. Ni tampoco como herramienta de logística. A lo sumo, en algunas circunstancias, me hubiese podido arreglar divinamente con una bicicleta. Siempre que lo tuve fue tratando de mejorar los rendimientos de mi ocio. Abarcaba más territorio ganando en independencia. Esa era, al menos, la excusa con la que compensaba de sobra las indudables sevicias que la posesión de tal artilugio conlleva. 

Esa es la cuestión a dilucidar: ¿realmente, se abarca más territorio? ¿Se gana en independencia? Ya digo, a estas alturas, me importa un comino, porque a lo hecho pecho. Pero desde mi perspectiva actual es inevitable que albergue serias dudas respecto de esas verdades que la cultura dominante considera incuestionables. 

El caso es que un buen día, hace casi cuarenta años, decidí recorrer la Sierra de Francia y Las Hurdes a pinrel. Fui hasta La Alberca en autobús y, de allí, andando hasta Casares de las Hurdes donde volví a tomar otro autobús que me retorno al origen. Chino-chano, un paso detrás de otro durante diez días, subiendo y bajando, hablando con los pastores, durmiendo y comiendo donde cuadraba y, sobre todo, descansando en todos los lugares amenos, que no fueron pocos, que el camino brindaba. Pues bien, nunca había hecho recorrido que me hubiese proporcionado tal sensación de haber llegado tan lejos. Ni tal diversidad de experiencias ni tal riqueza de anécdotas. De hecho, lo intenté plasmar en un librito que iba escribiendo cuando descansaba a la sombra en cualquier vuelta del camino. Mi compañera de recorrido le puso unos dibujos muy graciosos. Por ahí anda el invento, perdido en el fondo de cualquier cajón. 

En los últimos quince años he recorrido territorios en bicicleta y, también, la sensación ha sido de inmensidad. Lo que recorría en una semana apenas me hubiera llevado una mañana si hubiese ido en coche. Claro, en coche abarcas mucho, pero después de experimentar el pinrel y la bicicleta, te percatas de que la contrapartida de la velocidad es no ver ni enterarte de nada. O casi nada. 

No sé, porque reconozco que también he disfrutado con el coche. Y seguramente me ha ayudado a superar malos trances. Pero ha habido grandes periodos de mi vida en los que he prescindido de él sin que por ello haya sentido su carencia. Supongo que es como todo en la vida, ya saben, a falta de pan, buenas son tortas. Y ahí está siempre al quite el comerciante de turno para ofrecértelas como si fuesen la panacea. Y si uno anda pachucho, qué mejor que cualquier panacea. 

jueves, 9 de marzo de 2023

La Virgen María

La chusma es insufrible. Ayer, una maravillosa tarde de incipiente primavera, se amontonaban ellas, y los que quisieran ser como ellas, con pañuelo morado al cuello, para celebrar a la Virgen María en sus infinitas modalidades, La de la Cama, La de la Regla, La de los Dolores, La de los Desamparados, La de las Angustias... ellos y ellas decían que era el día de la mujer. Claro, lo que mola es ser ateo. Y atea, bien sure. 

Lo realmente maravilloso de todo esto es que las autoridades comunistas en curso han conseguido convencer al populacho de que la mujer, así, considerada en su conjunto, está oprimida. Y, claro, lo suyo es protestar para liberarse. Y mientras la chusmilla está en ello, las autoridades comunistas se siguen pegando la gran vidorra, putas incluidas.

La cosa, no cabe duda, tiene su gracia. Mientras todas estas protestas de juguete llenan las cabeceras de todos los medios informativos, ni una palabra sobre los miles de tractores que han bloqueado las calles de Bruselas con la pretensión de que la gente se entere de que lo que come no cae del cielo. 

El mundo es ansí, que decía Baroja. Pretender que a la humanidad se la puede mejorar con la ingeniería social es, de entre todas, la mayor ilusión. Conseguir individuos pensantes es algo que la naturaleza concede con cuentagotas. Y cuando a alguien le concede ese don, que, en fondo, no es más que una tecnología, pues pasa como con todas las tecnologías que lo mismo pueden ser empleadas para hacer el bien como para hacer el mal. De hecho, nunca se sabe en qué acaban parando tanto el bien como el mal que se pretende hacer. Porque la vida, por naturaleza es paradójica. 

En resumidas cuentas, lo mejor va a ser que nunca se me vuelva a ocurrir el ir a pasear una tarde de incipiente primavera por donde las autoridades dicen que hay que ir a pasear. Y más, que tengo aquí al lado todos estos polígonos industriales por donde nunca topas con las masas manipuladas.   


miércoles, 8 de marzo de 2023

Malvises

Ayer, por fin, escuché cantar a los malvises. Bueno, la verdad es que es difícil saber si cantan o hablan, pero eso da igual porque lo que cuenta es que anuncia que la primavera ha llegado para quedarse. Ayer el viento roló de este a oeste y subieron las temperaturas. Hoy ha rolado a sur y han subido mucho más. Ya tocaba. 

Y eso es todo, el mundo siguiendo su loco curso y yo avanzando a trancas y barrancas por la partitura de Oblivion. ¡Condenado Piazzolla! Quizá, me digo, debiera buscar otra partitura, pero no, es, sencillamente, que hay grados de dificultad que cuesta superar. Es como Sergio Assad, que quisiera tocar algo suyo, la Seis Brevidades, por ejemplo, pero ni aunque volviera a nacer. En fin, gracias que puedo con los preludios y algún choro de Villa-Lobos.

Por lo demás los griegos de la Anabasis ya han conseguido llegar a tierra amiga. Por el camino han vivido tales horrores que no son para contados. Desde luego que ellos se lo buscaron, porque nadie les mandó que se ganasen la vida con la espada. Podrían haberlo hecho con el arado, pero se ve que los dioses tienen dispuesto que el equilibrio del mundo solo se pueda mantener haciendo correr la sangre. En fin, qué locuras; ese poblado al que llegan y tienen que ver como las mujeres con sus niños en brazos se arrojan por los acantilados. También eso, así lo tenían dispuesto los dioses. 

Bueno, vamos a ver qué se cuece hoy.

 

martes, 7 de marzo de 2023

Folletines

Anoche, mientras me dedicaba a mis cosas, miraba de vez en cuando a la pantalla en donde estaban pasando la película Johnny Guitar. En realidad, lo que diferencia unas de otras a todas esas películas de cariz bíblico que conocemos como westerns no es otra cosa que la pureza del mal que consiguen alcanzar. 

Posiblemente, esa pureza no sea más que una cuestión de estética. La estética del mal. Desde luego que no debe de ser fácil recrear las más bajas pasiones del ser humano sin caer en la chabacanería. De hecho, pienso, aguantamos todas esas películas porque estamos condenados irremisiblemente a que nos guste la chabacanería. Y es que, quizá, así, el mal sea más soportable. 

Esa mujer que aparece en Johnny Guitar, cegada por el odio que brota de esa mezcla de envidia y celos, es vulgar a más no poder. Un folletín de tres al cuarto. La niña mal educada que como no puede conseguir el juguete que quiere lo rompe todo tratando de olvidar que lo que en realidad quiere destruir es a sí misma. 

Todos somos así en mayor o menor grado, pero cuando, a golpe de estética, se consigue dibujar un grado superlativo de maldad, parece como que lo nuestro pelillos a la mar. Son, en definitiva, maneras infantiles de liberar nuestras angustias. 

No sé, porque cada vez me aburren más estas historias. Las soporto, quizá, porque a veces la belleza del paisaje por donde cabalgan los centauros combinado con una música agraciada me produce una sensación de paraíso que desvanece toda sensación del mal que fatalmente lo anega todo.   

lunes, 6 de marzo de 2023

Anabasis

Anabasis de Jenofonte da un buen cacho para pararse a pensar. Y de entre todo ello una cosa me ha repercutido con especial relevancia: romper los juramentos que se hacen poniendo a los dioses por testigos solo puede traer malas consecuencias por razones obvias: a los dioses no les gusta que se les tome por el pito de un sereno.

Y ese es el punto y la madre de tantos de mis desvelos, que no siempre fui fiel a mis juramentos. No sé, la verdad, de donde me pudo venir esa especie de non chalance hacia las cosas serias de la vida. Quizá, el solo tener en cuenta los ejemplos a mi alrededor que se acomodaban a dar pábulo a mis caprichos. Todo ello, bien seguro, sustentado en la ilusión adolescente de autoproclamarse ateo. ¡Si no hay dios que te vea, por qué te habrías de preocupar por las consecuencias de tus actos!

Lo siguiente que llama poderosamente la atención en ese libro es que los griegos nunca deciden nada sin tener en cuenta a los demás. A uno, cual es el caso de Jenofonte, le han podido pedir que les capitanee, pero eso no quiere decir que el capitán pueda ordenar y mandar sin más. Cualquier decisión que quiera tomar debe de ser, primero razonada, después debatida con sus subalternos y, luego, puesta a votación. Supongo que a este procedimiento es al que nos queremos referir cuando hablamos de democracia. Eso sí, una vez aceptada la decisión, la disciplina es la reina del cielo. 

Lo siguiente que sorprende es la flexibilidad. Los griegos están en un mal trance y son conscientes de que el arma más poderosa que tienen para superarlo es la agilidad mental. Hay que estar siempre evaluando la situación y buscando los subterfugios para mejorarla. Es lo que ahora se llama innovación. Todo lo que sobrevive en la naturaleza es porque nunca para de innovar. Y porque los griegos innovan continuamente sus tácticas militares es por lo que un ejército de diez mil hombres mantiene en jaque y se escapa de uno de varios cientos de miles.

En fin, un libro, en principio de aventuras, pero también de filosofía y, no menos, de tácticas militares. Me tiene tan enganchado que ya no echo en falta a Shanti Andia, que es que me dio una pena el terminarlo que...

domingo, 5 de marzo de 2023

La pluma y la espada

Entre pitos y flautas las Guerras del Peloponeso duraron algo más de medio siglo. Fueron guerras por la hegemonía entre vecinos que acababan de perder el enemigo común. Lo que tienen de particular estas guerras es que un señor llamado Tucídides hizo un relato pormenorizado de ellas. Al final ganaron la partida los espartanos, debido, seguramente, a que recibieron generosa ayuda financiera del antiguo enemigo común, los persas. Claro, un conflicto tan largo siempre viene a tener las mismas tres consecuencias: una, que el territorio en el que se produce queda empobrecido; dos, que se crea una casta de guerreros que solo saben vivir de la guerra; tres, que las tecnologías del matar mejoran una barbaridad. 

Así fue que, tras acabarse las Guerras del Peloponeso, el destino natural de aquellos superespecializados guerreros griegos fuese ir a inmiscuirse en las disputas dinásticas que a la sazón tenían muy entretenidos a los persas. Acababa de morir Darío II dejando dos hijos que se disputaban el trono: Ciro el Joven y Artajerjes II. Los guerreros griegos apostaron por Ciro, no por nada sino porque pagaba mejor. Así que, cuando, en una de esas, los de Artajerjes consiguieron matar a Ciro, los griegos quedaron en una situación comprometida. Por así decirlo, tuvieron que largarse con el rabo entre las piernas. Y, esa retirada, una entre tantas de las que se produjeron a lo largo de la historia, tuvo una característica que la hizo única: que entre los griegos iba un tipo que había sido discípulo de Sócrates y que sabía escribir muy bien. Se llamaba Jenofonte y nos dejó un relato pormenorizado de aquella retirada: Anabasis. 

Un ejército que va de retirada por un territorio hostil. Pongamos que Cortés tras la Noche Triste. Ejemplos a lo largo de la historia los hay a montones porque tras cada conflicto siempre hay una parte de los perdedores que no se da por vencida. Lo que no es tan frecuente es que entre los que escapan haya un tipo que sepa escribir tan bien como Jenofonte, en el caso de los griegos, y Bernal Diez del Castillo, en el caso de los españoles.

Griegos y españoles, ¡tantas concomitancias! En los dos casos hay una milicia que se ha superespecializado tras lagos años de contienda. En el caso español, más de setecientos años. Pero, también, lo mismo que Jenofonte pasó por Sócrates, Cortés, que según las malas lenguas fue quien escribió la retirada de la Noche Triste, pasó por Salamanca. La espada y la pluma. No es cosa de ponerse ahora, como hiciera Don Quijote, a divagar sobre cuál de las dos es más importante, porque la cosa va de soi: para ganar la guerra, la espada; para ganar el recuerdo la pluma. Y esa fue la grandeza de griegos y españoles, que ambos dos tuvieron tanto de la una como de la otra y, por eso es, que nadie como ellos ha dejado al mundo un legado tan imperecedero. 

sábado, 4 de marzo de 2023

Con K

Debajo de casa hay un Eroski - con k para que no decaiga la ilusión -. Si no ando equivocado, que pienso que no a juzgar por la afluencia de clientes, está a años luz del Mercadona que hay unas cuantas manzanas más allá. A años luz por detrás, bien sure. Eso sí, las cajeras siempre muy preocupadas por si quieres dejar algo para los negritos de África, o los chinitos, que no sé. El caso es que como solo necesitaba un par de cosas he optado por no pegarme la caminata hasta el Mercadona y he entrado al Eroski. Como siempre, apenas había un par de clientes y hacía un frío que pelaba. Al ir a pagar he encontrado que en vez de cajeras hay una máquina que hace las veces. Aunque de fácil manejo, había allí una señorita para ayudar a los torpes. Para concluir: dos o tres empleadas a la puta calle. Gestión empresarial obliga. 

Claro, estos gestores del Eroski son medio curas. De hecho, es una empresa que fundó un cura. Mucho dar para los negritos y, luego, a los empleados que les den. Recurrir a lo fácil, en definitiva. Porque competir con Mercadona en calidad, pues, francamente, no. Por eso fue que el gobierno vasco tuvo vetada en su territorio a Mercadona hasta hace cuatro días. ¡Así cualquiera! El gusto por la mafia que les viene de lejos.

Estoy sacando estas conclusiones un poco precipitadas porque, al estar ya terminando Las Inquietudes de Shanti Andía, me es fácil atar cabos. Tal y como describe Baroja a la sociedad vasca nada puede extrañar que el Eroski sea un desastre. Les sacas del monopolio y no sirven para nada que no sea la delincuencia. De ahí, según Baroja, que solía saber de lo que hablaba, la afición de los marinos vascos a convertirse en negreros. Negrero y católico integrista, lo uno por lo otro, de cabeza al cielo con el riñón bien cubierto.  

En fin, vascos pues. La madre de Shanti Andía, una Aguirre descendiente por linea directa de Lope, el personaje vasco por antonomasia... bueno, quizá Iñaki el de Loyola lo sea todavía más. Tal para cual, en cualquier caso. 

viernes, 3 de marzo de 2023

Ilusiones

En el canal World Dortors Alliance de Telegram, que es mi sola y exclusiva fuente de información sobre lo que se cuece por el mundo, viene hoy una noticia que no por estrambótica deja de tener su miga. Según nos muestra un vídeo rodado en los servicios de un establecimiento, allá, en algún lugar de China, el papel higiénico no es accesible si antes no ha habido un reconocimiento facial del demandante. Claro, uno no es que se fíe de las noticias, vengan de donde vengan, pero, concretamente ésta, me la crea o no, me sirve para reflexionar sobre esa faceta del ser humano que consiste en buscar seguridad por medio del control del entorno.

Bien pueden estar seguros de que nadie se libra de un cierto grado de psicopatía con tal asunto. Fomentar la ilusión de que ningún peligro te pesque desprevenido es el fundamento de una industria poderosísima. Miles, millones, de personas viven de vender seguridad. Lo tienen fácil: todos los medios de comunicación emplean buena parte de su espacio y tiempo en contarnos historias que confirman la maldad que el ser humano lleva en sus genes. 

El caso es que cuando la vida pierde tono y, por tal, se instala en el aburrimiento, entonces, como por ensalmo, se producen brotes psicóticos de inseguridad. Es una de esas paradojas que nos constituyen: cuando menos vida tenemos, más tememos perderla. Y ahí es donde los vendedores de seguridad encuentran su mayor nicho de beneficios. No hay nada que a un aburrido no se le pueda vender. Y si son burros volando, más fácil todavía. 

¡Imagínense, un aparato para identificar a los que han entrado a cagar! ¡Muy fuerte, tío! Pues da igual porque el dueño de ese establecimiento se sentirá más seguro desde que instaló el aparato. Lo mismo que, al parecer, se quieren sentir los gobernantes que han montado todo este rollo plandémico con el único objetivo de instaurar el carné digital. Instaurado el carné, deben pensar, se acabó la inseguridad: la paranoica inseguridad de todo poder en curso. Imposible pensar que pueda haber una ilusión más simpática. 

Ya te digo, como no se ponga de moda, como allí, en el México revolucionario, la caza del tecolote, aquí no va a haber quien pueda vivir a su bola. Bueno, por lo visto, en algunos sitios ya han empezado a destrozar los medios de seguridad que las autoridades colocan por las calles. Es un buen comienzo para acabar con toda esta estúpida ilusión. 

jueves, 2 de marzo de 2023

Marinería

Como les iba diciendo, ando con lo de Las Inquietudes de Shanti Andía. Shanti Andía es un capitán de la marina mercante al que pilla de lleno la gran trasformación que supuso el tránsito de la vela a la máquina de vapor. Por los mediados del siglo XIX. Así es que toda la novela está impregnada de mar y, por ende, de terminología marinera. Para saber lo que es la terminología marinera, un buen procedimiento es leer Los Medios Navales de Alejandro de Farnesio. Lo escribió el marido de mi hermana la pequeña y me lo envió a Salamanca por donde andaba yo a la sazón. Mis amigos salmantinos que curioseaban todo lo que tuviese que ver con libros, lo hojearon y dijeron que solo se entendían los artículos. Nombres, verbos y adjetivos eran todos chino para ellos. Yo les comenté esto a mi hermana y cuñado y no tardó en llegarme el Diccionario Marítimo Español del Capitán de Fragata Timoteo O´Scanlan, cuya primera edición se hizo en 1831. Es un libro precioso, encuadernado en piel y que te soluciona las dudas en español, pero también en inglés, francés e italiano. 

A lo que iba, que sorprende el dominio que exhibe Baroja de la terminología marinera. Y, que yo sepa, no era un aficionado a las cosas del mar como pudo ser Pla, por poner un ejemplo de escritor con dominio del tema. No, aquí se nota que tuvo que dedicar tiempo y esfuerzo para adquirir ese dominio. Recuerda mucho a las novelas inglesas de aventuras del XVIII y XIX, sin duda las obras maestras del género. La Isla del Tesoro, La Trilogía de la Bounty, Robinsón Crusoe, Capitán Blood, Capitán Kid... la lista es interminable y, en todas ellas, hay lenguaje marinero para dar y tomar. 

En resumidas cuentas, que como no me apetece nada acabar esa novela me estoy demorando todo lo que me da la gana con las búsquedas en el diccionario de todas las palabras raras que encuentro, que, como digo, no son pocas. En realidad es como una jerga de los hombres de mar. Y aunque todos los oficios tienen su jerga, pienso que ninguno aventaja al de la marinería. Y no es raro, porque no hay oficio que ni de lejos haya hecho tanto por impulsar la civilización. En fin. 

miércoles, 1 de marzo de 2023

Manos de cerdo

Ayer fuimos a comer al Español y me zampé unas manos de cerdo que me supieron a gloria. Para mí las manos de cerdo tienen una doble atracción, una que me gustan sin más y, la segunda, que me retrotraen a Baroja que, junto  con Richmal Crompton, son mis autores favoritos a años luz de los que les siguen. 

Recuerdo que los curas le tenían una tirria a Baroja más allá de toda lógica. Sería simplemente una consigna que les habían pasado sus superiores porque no creo que ellos le hubieran leído. Aunque quizá alguno a escondidas... sea como sea, ya se sabe que en Baroja hay un destilado schopehaueriano y nietszcheano que es algo que la Iglesia nunca pudo tragar con toda la razón del mundo. ¡Pues anda que a ver a quién le va a gustar que le tiren piedras al tejado!

Pero, a lo que iba, a lo de las manos. Resulta que en una de las novelas de Baroja, El Mayorazgo de Labraz, hay un episodio que nunca pude leer sin desternillarme. Si hubiese conservado la novela se lo trascribiría, pero a falta de pan trataré de describírselo. Había en Labraz un monasterio y, en el monasterio, un abad. Es en la descripción que Baroja hace de este abad en donde está toda la gracia del asunto. Es imposible concebir una persona más zafia, sucia y primitiva. Cuando comía, no tardaba en aparecer una isla de grasa en su sotana. Isla que al poco era un archipiélago y que, antes de acabar la colación ya se había convertido en continente. Sus retrógradas opiniones las lanzaba desde el pulpito con su voz de trueno a la amedrentada filigresía. Pero, lo mejor es que cuando el abad era niño y le preguntaban qué quería ser de mayor siempre contestaba que cerdo. Después añadía entre grandes risotadas y con la boca llena de comida que, para comerse las manos. ¡Tanto le gustaban! Más o menos como a mí.  

Bueno, lo que es hacerse viejo, porque esta anécdota barojiana la habré contado miles de veces. De hecho, me es imposible comer manos de cerdo sin contársela al que tenga de comensal. Ayer, sin ir más lejos, se la conté a María que menos mal que me oye como quien oye llover. Pero, en fin, el caso es que estaban muy buenas y, para mayor refocile, las rematé con unas peras al vino.