martes, 16 de abril de 2024

Pensar

Ya se lo he contado más de una vez, pero es que para no repetirme soltando como suelto un rollo casi a diario tendría que ser poco menos que Dios. El caso es que ayer estuve comentando con el contratista que está arreglando el piso de mis hijas lo de "ornamento y delito" de Adolf Loos. La tesis del libro se puede resumir así: la evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual. 

Tuve el primer contacto con esta idea de Loos cuando vivía en el ensanche de Barcelona. Como era una época en la que se estaba saliendo de un largo bache económico las fachadas de las casas estaban bastante deterioradas. En el ensanche no eran pocas las que tenían mallas para evitar que los cascotes desprendidos de los adornos propios del modernismo cayesen sobre las cabezas de los viandantes. Personalmente, de forma instintiva, aquellos adornos tan preciados por la cultura popular, me parecían una horterada. Como me lo parecían, y parecen, por otra parte, esas iglesias barrocas a las que si les quitasen todos eso dorados y columnas salomónicas les harían un gran favor. 

Pensando en esas cosas llegué a la conclusión de que todos los periodos barrocos lo son también de decadencia cultural. Es como si a la gente se le hubiesen acabado las ideas y no tuviera otra forma de entretenerse que poniendo adornos a las antiguas. Aquellos adornos del ensanche, ¿por qué estaban allí? ¿Cuánto habían encarecido el precio de aquellas casas? Porque aquello suponía muchas horas de trabajo que había que pagar. Pensé que aquello solo podía darse en una sociedad en la que las clases sociales estuviesen muy distanciadas unas de otras. Como en una especie de feudalismo. Los burgueses serían tan poderosos que no les costaría nada pagar miles de salarios de artesanos. Una forma como otra cualquiera de tenerles adormecidos y así perpetuar las diferencias. 

En cualquier caso, en los pisos de aquellas casas del ensanche que visité no solía haber mucho ornamento. Era gente cultivada que estaba al loro. La paredes lisas, los techos altos, los muebles justos. Allí comprendí la elegancia de la austeridad. Fue por entonces cuando metí casi todos mis libros, que eran muchos, en unas cajas y los mandé a la biblioteca de una institución privada. A pesar de todo el fervor religioso con el que los había ido acumulando solo tuve una sensación de alivio al desprenderme de ellos. Aquel apartamento en el que vivía pareció doblar su tamaño con las paredes desnudas. 

En fin, el fetichismo. Lo de transferir afectos a los objetos, y todo eso, comprendo que es un asunto complicado. Ayer les hablaba de Demonacte; al parecer el no tenía problemas con eso. Supongo que era porque desde nicho se había dado cuenta de que lo suyo era dedicarse a pensar. 

lunes, 15 de abril de 2024

Demonacte

Seguramente, si citas a Demonacte, pocos sabrán de qué va el asunto. Sin embargo, pienso que bien merece la pena echar un vistazo a la biografía que le hizo Luciano. Supongo que la mayoría tampoco sabrán quién fue Luciano de Samósata, y no por ello van a ser menos, pero sí les puedo asegurar que si se parasen un rato a leer su obra no lo iban a lamentar. Sin duda se enterarían de lo que es la ironía, ese refinamiento espiritual reservado a unos pocos elegidos.

Luciano iba para escultor. Intentó aprender el oficio en el taller de su tío, pero pronto se dio cuenta de que lo que le molaba era filosofar, así que se puso a estudiar filosofía con unos y con otros, que por toda la Grecia del siglo II del Imperio si de algo había era filósofos. Luciano no tardó en destacar y se convirtió en un conferenciante muy solicitado. Y así fue que no paró de viajar de aquí para allá hasta que se asentó por una larga temporada en Atenas. Atenas, por entonces, era una ciudad como hoy puede ser Salamanca, Oxford o Cambridge, o sea, una Meca para estudiantes y turistas. Porque no se crean que esto del turismo va de siglo XX. No, ni mucho menos. Siempre que ha existido un largo periodo de estabilidad política han surgido las clases medias y, con ellas, el ocio que es la madre de todas las angustias existenciales que, como supongo todos ustedes conocen por la propia experiencia, tienden a buscar alivio en la imposible huida de uno mismo. Pocas medicinas producen la ilusión de haber conseguido esa huida como la práctica del turismo. 

Pues en esa Atenas llena de estudiantes y turistas es donde Luciano escribió casi toda su obra. En general es una obra de corte sofista. Es decir, que no hay nada que no puedas demostrar, o defender, si tienes el suficiente ingenio para darle la vuelta a las ideas sin que se note a primera vista. Así es como escribió su "Elogio de la mosca", un disparate de lo más serio. 

Pero a lo que iba, que me he ido por los cerros, es a la vida de Demonacte. Nacido en un ambiente de negociantes acomodados, pronto se dio cuenta de que se quería dedicar a la filosofía. Y por eso fue que abandono los negocios familiares y se dedicó a pasar por todas las escuelas filosóficas que a la sazón se disputaban la clientela estudiantil. De aquel diletantismo salió un ecléctico, o sea, que tomó lo que le consideró lo mejor de cada una, de tal manera que lo mismo parecía ser Sócrates para unas cosas que Diógenes para otras. Pero no solía echar mano de la ironía como hacía el uno ni del exhibicionismo como el otro. Más bien usaba el humor como herramienta de trabajo. Su mayor bien era la independencia para poder hacer y decir lo que le viniese en gana. Que por ello fue que el pueblo llano llegase a odiarle, como siempre hace con los que al salirse de lo establecido se convierten en un espejo en el que al mirarse uno se ve feo. O estúpido. Preguntado por la manera de alcanzar la felicidad, dijo que la única que él conocía era no tener esperanzas ni temores. En fin, las anécdotas curiosas por pedagógicas que se recuerdan de él son muchas. En resumidas cuentas, un tipo que supo cuidarse, tanto en lo físico como en lo espiritual y que, quizá por ello, llego a centenario. Cuando se dio cuenta de que ya no era autosuficiente, recitó a las personas que se hallaban con él los versos que decían los heraldos cuando se clausuraban los Juegos:

                "Termino ya el certamen que concede

                 los más hermosos premios, y ya es hora

                 de no más demorarse".

Después, dejó de ingerir alimentos y se dispuso a morir sin malos rollos. Cuando le preguntaron que era lo que disponía para su entierro, contestó: "No os preocupéis; el hedor me enterrará"

domingo, 14 de abril de 2024

La gramática

Cuenta la leyenda que cuando Alejandro marchaba con sus ejércitos hacia el oriente no tenía otra cosa en la cabeza que llegar a aquel lugar en el que le habían dicho que había hombres muy sabios que le podían enseñar a controlar las pasiones que le atormentaban. Llegó a la India, conoció a aquellos hombres, de resultas de lo cual se puso de una cierta moda en el imperio helénico el estoicismo. Es decir, que el mundo material, en definitiva, da muy poco de sí. 

Llegar a comprender una cosa tan tonta exige llegar con todas tus huestes hasta el oriente, por donde sale todos los días la luz. El conocimiento como antídoto de las pasiones desatadas que están en el origen de todos los sufrimientos de la vida. Dedicarse a conocer la esencia de las cosas es una aspiración divina. Nunca se llega al final, pero por el camino se tienen multitud de encuentros gozosos. 

Me envía Santi los artículos que escribe sobre lenguaje/pensamiento, tan raudo como el viento. Ir poco a poco desentrañando ese misterio que es el lenguaje que tenemos los humanos. Sin duda es la mayor maravilla que ha producido la naturaleza. Cómo la evolución, o lo que sea, ha ido ordenando ese polvo de estrellas que somos de forma que pueda emitir sonidos que sean expresión de lo se siente o piensa... que nunca se sabe muy bien lo que es una cosa y lo que es otra. Sea como sea, emitimos sonidos que son captados por los otros e interpretados. Es lo que llamamos comunicación. Y ahí es donde esta la enjundia de todo este asunto, en las dificultades de la comunicación a causa de las imperfecciones del lenguaje. No es fácil hablar con propiedad. Ese es un arte que exige mucho cultivo. Tanto, que, a la postre, lo que más diferencia a unas personas de otras es la capacidad para expresarse de forma comprensible. Y, cuando llegamos a lo abstracto, que es casi todo, ya, ni te digo, las dificultades que hay que vencer... pocos pueden con eso: la mayoría se expresa como los perros, con el ladrido que son los tópicos, las frases hechas que parecen algo, pero son nada... que no por otra causa es que nos entendamos tan poco. 

Aprender a hablar con propiedad es seguramente la más ambiciosa de todas las aspiraciones humanas y no por nada, sino porque lleva implícita el pensar correctamente. Lo uno sin lo otro es imposible. De ahí que sea tan importante el estudio de la gramática... incluso de la parda para aprender a esquivar los dardos de las lluvias inclementes. 

sábado, 13 de abril de 2024

Japuta

Me envían unos podcast de una tal Radiojaputa. Se trata de una tortillera que odia a los tíos. Se ve que los considera competidores peligrosos y su forma de combatir su miedo es por medio de la denigración del adversario. Como todos los ignorantes sabe las leyes que hay que promulgar para acabar con lo que a ella no le gusta. En el fondo es una cuestión de infantilismo. Ya saben lo poco que los niños saben disimular su envidia. Pero, bueno, el mundo está lleno de desgraciados que se las arreglan como pueden para ir tirando... generalmente adscribiéndose a una mafia que les da soporte económico y moral. El feminismo, ya me dirás tú si puede haber una cosa más ridícula como dejó demostrado hasta la saciedad El Papus, aquella revista tan clarividente que a los que mandan no les quedó más remedio que enviar allí a un desalmado a poner una bomba. 

Yo sigo con lo mío que es la música. Me voy a Recoletos Jazz y allí veo a una Rita Payés preñada, si no de nueve, casi. A pie firme, una, dos horas, intercalando el canto con el trombón de varas. Un trío de hombres fornidos acompaña a la diva. Allí no hay trampa ni cartón, solo la jerarquía natural del saber hacer. ¿Qué opinará Rita Payés de todo eso del feminismo? No sé, es posible que ni siquiera se haya parado a considerarlo. Porque, qué necesidad va a tener de ello una persona que dedica su vida a cultivar una pasión. 

En fin, estamos en lo de siempre, Cuando no sabes hacer nada, ni tienes voluntad para ponerte a aprender algo, pues tienes tanto frío que te haces feminista, o lo que sea, buscando el calor que proporciona cualquier rebaño. Es algo tan natural como ese ir de putas o ver porno que Radiojaputa quiere extirpar de la faz de la tierra por medio de leyes. Claro, las ovejitas adoran las leyes. ¿Han visto alguna vez como obedecen a los ladridos que lanzan los perros a una somera insinuación del pastor? Es de lo más pedagógico por metafórico. El mundo, en su inmensa mayoría, no es más que eso: rebaños de ovejas guiados por pastores asistidos por perros. 

Por cierto que japuta es en Andalucía lo mismo que aquí palometa, un pescado barato.   

viernes, 12 de abril de 2024

Gramaticalización

Hoy me llega por tercera vez y diferentes vías, un epigrama de Dostoievsky que reza así: "La tolerancia llegará a tal nivel que a las personas inteligentes se les prohibirá pensar para que no ofendan a los idiotas". Uno se pone a pensar dentro de sus limitaciones y llega a la conclusión de que ese nivel de tolerancia ha sido una constante en la historia de la humanidad, ya que a los inteligentes, si no a pensar, que prohibir eso es imposible, si se le ha impedido siempre, so pena de sufrir graves consecuencias, decir lo que piensan. 

Ayer iba en el autobús y a mi lado iban dos amigas, por los treinta y tantos, en animada conversación. El objeto de la conversación era un perrito que llevaba en una bolsa en bandolera una de ellas, la que más aros tenía colgando de sus diversos apéndices. Entre  palabra y palabra, ya una, ya la otra, sufría un arrebato de expresividad afectiva y acercaba su boca al morro del perro para, como vulgarmente se dice, comérsele a besos. Así corre el mundo y Dios libre al posible inteligente hacer un comentario al respecto. 

Desde luego que hay que ser muy inteligente para hacer un comentario que parezca amable a primera impresión y resulte venenoso a la segunda, es decir, una vez digerido. Cómo decir algo simpático a aquellas chicas que, a la postre, les sirva para tomar conciencia de su desvarío. Cuando paseo por el muelle del pesquero veo con frecuencia, porque sin duda es una moda, a chicas por lo general, aunque también a algún chico, besando con fruición en el morro a sus perros. A veces les suelto, así, al tresbolillo, "a falta de pan...". Se me suelen quedar mirando con expresión bobalicona, como de estar pensando, ¿qué habrá querido decir este puto viejo?

Hoy me envían un artículo sobre gramaticalización, o sea, el proceso que sufren las palabras cuando pasan de su significado original a otro metafórico. En el caso del pan, los besos en la boca de una persona, a las tortas que suponen los besos en la boca del perro. Ya saben que la leyenda urbana atribuye a María Antonieta aquello de que, si piden pan, que les den tortas. Entiéndase: si piden libertad, que les den hostias. 

En fin, que mundo éste que nos ha tocado vivir. 

jueves, 11 de abril de 2024

Mujeres

 Me reflexiona Santi esta mañana acerca de Casanova. Casanova es un símbolo en lo que a las relaciones de los hombres con las mujeres hace. Él las trata a todas con delicadeza, pero su objetivo primordial es follárselas. Como es un ser bien dotado, tanto físicamente como intelectualmente, raro es que no consiga su objetivo. Y ya no te digo, cuando se hace famoso por medio de su evasión de la cárcel del Plomo en Venecia. Las mujeres, sobre todo las guapas, se pirrian por los famosos o poderosos. 

Casanova, en realidad, es todos los hombres. Bueno, todos los hombres heteros, para que nadie tenga nada que objetar. El pensar en las mujeres se lleva buena parte de nuestro tiempo. El mismo, supongo, que a las mujeres les lleva pensar en los hombres. Y el caso es que no por mucho pensar en este asunto las cosas se resuelven mejor. Los relaciones de los dos sexos son conflictivas por naturaleza, más que nada, supongo, porque la razón se da de tortas con la biología.  

La táctica de Casanova es la ideal para que no surja el conflicto. Tan pronto nota que el deseo da muestras de ceder se las apaña para buscar un sustituto que satisfaga las expectativas de seguridad de su partenaire. Las mujeres, seguramente por su particular biología, tienen una tendencia innata a ser sensatas respecto de la estabilidad. En los hombres, sin embargo, también por biología supongo, la fidelidad es una autoimposición dolorosa. Una renuncia, en definitiva.

Así que, todas estas cosas del feminismo y tal, a mí me la bufan. Torcer el brazo a la naturaleza sería lo último que osaría intentar. Al respecto de las mujeres, siempre me deje llevar por el instinto. O sea, toda la vida un puro desastre, pero sin que nunca llegase la sangre al río.  

miércoles, 10 de abril de 2024

Divinas veleidades

Ando por las acaballas de las memorias de Casanova. Me falta un cinco por ciento, lo cual, dada su extensión es el equivalente a una novela larga. Anda ya acercándose a los cincuenta, lo que en sus tiempos era una edad considerable, a las puertas, como quien dice, de la vejez. Ha estado unos días en Nápoles en casa de un aristócrata viejo y gotoso que está casado con una joven bellísima. Esta joven es la hija que tuvo una señora a los pocos meses de dejar su relación con Casanova. Como se suele decir, blanco y en botella. El caso es que el viejo gotoso no puede haber coyunda y ve con estupendos ojos que Casanova le eche una mano para conseguir el heredero que necesita. Casanova se tira allí unas semanas en plan picotazo y al alero y luego se va con la satisfacción del deber cumplido. Lo de padre, hija, pelillos a la mar. 

De Nápoles se va a Roma. En Roma la cosa va de cardenales, princesas y gente de mal vivir. Hay allí un albergue para chicas sin recursos que tiene una bien estudiada política para que nada se desmadre. Por una casualidad Casanova entra en contacto con aquella institución y a los cuatro días lo pone todo patas arriba. Hay en el albergue una chica de una belleza sin par que le vuelve loco. Casanova se pasa el día afilando sus colmillos sin por ello conseguir clavarlos en aquel cuello angelical. Es una forma repulsiva de hacer el baboso y, todo ello, con la anuencia de princesas y cardenales que se diría están haciendo el papel de celestinas o, si quieren, de mamporreros. He tenido que echarle mucha voluntad para seguir con esa parte del relato. Al final, no se puede saber, ni falta que hace, como acaba ese episodio porque las memorias dan ahí un salto en el vacío y pasan a otra ciudad en donde nos encontramos un Casanova dedicado al estudio. 

Estamos en el famoso siglo de las luces. Hay una, digamos que élite social, que no se para en mientes. Con ir a misa y confesarse tienen bula para cometer todo tipo de tropelías. Y el caso es que se trata de gente de lo más ilustrada. Tanto, que se diría se consideran con medios para desafiar a Dios. Es el pecado que peor soporta Dios, el de soberbia. Tengan en cuenta que esas aventuras de Casanova trascurren cuando ya apenas falta una década para que comience el baile de las guillotinas. Ya se sabe que nada para cegar el entendimiento como la soberbia que trae de la mano el pretendido conocimiento. Y así fue que toda aquella gente tan lista no vio venir lo que estaba por llegar que no era otra cosa que el fin de sus divinas veleidades.  

martes, 9 de abril de 2024

Laura

Siguiendo con mi periplo barojiano, ahora ando con Laura, una novela de madurez que publicó en Buenos Aires el año cuarenta, o sea, recién acabada la guerra. No he leído todavía muchas páginas, pero se hace ya evidente que Laura es un ideal de mujer para Baroja. Aparentemente frágil, discreta y cultivada, estudia medicina en San Carlos. Andan por entonces los días que precedieron a aquello que unos llamaron alzamiento nacional y otros rebelión fascista. Por debajo de la normalidad del ambiente que rodea a Laura, los detalles que adornan el relato dejan patente que se está mascando la tragedia. Digamos que es una sociedad enferma de ideología. Solo Laura parece salvarse. 

La ideología, sin la menor duda, es una enfermedad del espíritu, peligrosa donde las haya. Gente convencida de que sabe cómo tienen que ser las cosas, no las importantes, sino, sobre todo, las superfluas. No hay más que ver como tiene la gente las casas para darse cuenta de lugar que lo superfluo ocupa en sus vidas. Lo superfluo es, en todas sus acepciones, el cáncer que arruina la vida bajo la capa de alegrarla. 

Ya les iré contando acerca de Laura. Ahora lo que me intriga es ese mascarse la tragedia que tan magistralmente está descrito en la novela. Esa epidemia de ideología que es como la confusión de las lenguas cuando lo de la Torre de Babel. Los extremos, comunistas y fascistas, que se tocan y saltan chispas, precisamente porque las dos ideologías son lo mismo, es decir, que las dos se sustentan en la idea de que quitar cualquier atisbo de libertad al individuo es la solución a todos los problemas... una verdadera imbecilidad que ya hemos visto, y seguimos viendo, el tirón que tiene entre los faltos de cacumen. 

Y ahí reside la enjundia de todo este Cafarnaú, en que los con poco cacumen no quieren oír hablar de cuentas porque, como se decía antiguamente, son de letras. Y esa es la tragedia que sin saber llevar las cuentas nada funciona. No otro es el mensaje de Milei: dejadme cuadrar las cuentas y todo lo demás se nos dará por añadidura. No hay ni puede haber otra ideología que cuadrar las cuentas. Cuando se dejan de cuadrar hay que inventarse mil mentiras para despistar al acreedor. Pero, ya lo dice el refrán, que antes se coge al mentiroso que a un cojo... que es en lo que estamos. 

lunes, 8 de abril de 2024

Mundo feliz

Allá por los últimos sesenta y primeros setenta había una editorial en Francia de nombre Ruedo Ibérico, que hacía las delicias de toda la juventud rebelde porque nos daba una visión de la jugada que era exactamente el reverso de la que nos habían venido dando desde nuestra tierna infancia. Algunos libros, como La Guerra Civil de Hugh Thomas o El Laberinto Español de Gerald Brenan, nos ilustraron bastante con una cierta ecuanimidad, pero había otros que usando de la sátira no tenían otra finalidad que demostrar que Franco era un tipo de muy pocas luces y más que escasa formación. Por supuesto que nos lo tragábamos con delectación sin el menor asomo de espíritu crítico. Pero, ¡ay!, los años, las lecturas y demás, van afinando el juicio y, lo que antes nos parecía la verdad alumbrada ahora lo consideramos burda propaganda... y el caso es que estoy seguro de que acertamos plenamente. 

La realidad incontestable es que Franco supuso un punto de inflexión decisivo en la historia de España. Puso al Estado en el lugar que antes ocupaba Dios. Nada novedoso por otro lado: hizo lo mismo que Bismark había hecho en Alemania medio siglo antes o, unos pocos años atrás, Ataturk en Turquía. Luego hubo otras versiones, como la de Mussolini en Italia, Hitler en Alemania, Stalin en Rusia... y un largo etc,, pero, en definitiva siempre era lo mismo: el individuo contaba una mierda y el Estado, como digo, era Dios. O el demonio, Leviatan, como le había llamado Hobbes unos siglos antes. En la práctica, no era otra cosa que: dame tu libertad y yo te daré pan. Porque ¿qué es la libertad sin pan? Que bien que lo comprendió la gente y, por eso, Franco, encarnación del Estado benefactor, a los cuatro días de gobernar era poco menos que Dios. 

Franco, de tonto, ni un pelo. En cualquier caso, mucho menos que los que trataban de ridiculizarle. Les ganó en la guerra y, luego, en la paz. Y tuvieron que esperar a que muriese de viejo para tomar el relevo sin poder cambiar más que cuestiones de matiz. El partido único de cuando Franco se dividió en varios a su muerte, pero sin variar un ápice la ideología estatista. Como dijo el mismo antes de morir a los que se temían lo peor: tranquilos, que todo está atado y bien atado. Y vaya que si lo estaba; han pasado ya cincuenta años y lo único que ha cambiado es que el Estado cada vez se mete más en nuestras vidas; hasta límites insospechados. Y, por supuesto, la propaganda de Franco por comparación a la de ahora, era de chiste. El Estado ha conseguido que se asocie a la palabra democracia el concepto de libertad, y ya no hay más que hablar. El mejor de los mundos posibles. Y al que le surjan dudas que vaya al médico a por pastillas. Aquel "soma" del Mundo Feliz de Huxley.     

domingo, 7 de abril de 2024

Pla y Pessoa

Dice Pla:

 "No tinc cap condició per a l´amistat. No mes estimo las persones que em poden ensenyar alguna cosa -i, un moment, les que em distreuen. Les efusions i atencions alienes em produeixin l´efecte de una vexació. Els elogis en fan venir febre."

Pessoa, va un poco más allá:

"Amigos, ninguno. solo unos conocidos que creen que simpatizan conmigo y que tal vez sentirían pena si un tren me pasase por encima y el entierro fuese un día de lluvia."

A Pla y a Pessoa les coloco en lo más alto de mi Parnaso particular. Pocas personas, pienso, me han ayudado tanto al poco encontrarme conmigo mismo que he conseguido en esta vida. También hay personas vivas por las que tengo la más alta consideración. Son las que me han acompañado por la vida, siempre enseñándome algo. Como es natural, su número se ha ido encogiendo como aquella piel de zapa que describiera Balzac en una de sus más memorables novelas. Supongo que ese es el proceso natural de la vida. Lo que no te enriquece, pierde interés. Y nada tan enriquecedor a estas edades como una conversación que consideras que ha sido inteligente. 

Hay quien dice que de todo el mundo se puede aprender algo. De joven quizá sí, cosas funestas por lo general, pero, de viejo, que no te vengan ya con milongas porque las pillas al vuelo. Es como si tuvieses un radar para captar la diferencia entre lo que viene del tópico de lo que viene de la reflexión. O sea, cien, sino es que es mil, a uno. Es lo que va del hastío de lo manido a la agradable emoción por la oportunidad que se te presenta de cavar un poco más hondo.  

A Dios Gracias, de vez en cuando, se me presenta la oportunidad de cavar hondo en mi conciencia por medio de la amistad. El resto del tiempo, pienso que ya conseguí no sufrir con la soledad. Quizá es que ya haya alcanzado esa distinción del espíritu, que decía Pessoa, que permite al aislamiento ser un reposo sin angustia. Claro que, cuando Pessoa dijo eso era todavía muy joven. ¿Qué hubiese dicho de haber llegado a viejo?

sábado, 6 de abril de 2024

Vaso idóneo

Me envía Santi el Compendio moral Salmanticense de Marcos de Santa Teresa. ¡Ay, si semejante joya se estudiase en las escuelas como paso preliminar a cualquier otra materia de índole especulativa! Digamos que a los doce años, con unos ciertos conocimientos ya de latín y gramática parda, sería la edad ideal para iniciarse en la epistemología de esa obsesión que se apodera de la mente tan pronto determinadas hormonas incrementan su presencia en el torrente sanguíneo. Porque es que se da el caso a esas edades en las que se adolece que no se sabe por donde vienen los tiros, lo cual, muy bien pudiera ser causa eficiente de la mala leche que se suele destilar tan pronto se ve un adulto en lontananza.

Para muestra de la profundidad del conocimiento analítico del Padre Marcos de Santa Teresa ahí va el siguiente botón:

“P. ¿Es verdadero pecado de sodomía el concúbito de una mujer con otra? R. Que sí; porque es ad non debitum sexum. Por esto ya se tenga dicho concúbito en un vaso, ya en otro, ya se ejecute por medio de algún instrumento, ya sin él, se dará verdadera sodomía; y por consiguiente se deberá declarar en la confesión. Será más grave el pecado, si se ejecuta por medio de instrumento; porque entonces sobre el indebitum sexum se añade indebitum instrumentum."

Y aquí va otro ejemplo por si no han quedado satisfechos:

"P. ¿El concúbito del hombre con la mujer in vase praepostero es verdadera sodomía? R. Que no lo es esencialmente, por no ser ad indebitum sexum, mas en el fuero externo se reputa por tal, por la similitud que tiene con la verdadera sodomía, y así en dicho fuero se castiga con la pena ordinaria, que ésta. P. ¿Son sodomía los tactos lascivos entre dos hombres, siguiéndose de ellos polución? R. Que no; porque falta el concúbito, a no ser con afecto ad vas praeposterum; en cuyo caso el deseo o afecto contraerá la malicia de la sodomía. La polución o congreso tenido in ore sive viri, sive feminae, aunque no sea sodomía, trae consigo una deformidad gravísima que debe manifestarse en la confesión.”

El caso es que el Padre Marcos de Santa Teresa sabe tanto de todo esto de oídas, porque hemos de suponer que por la praxis nada de nada porque, de lo contrario, a qué viene lo de consagrarse a Santa Teresa. Pero, claro está, no de cualquier tipo de oídas, sino de las que se extraen de la mente de los penitentes por medio de los interrogatorios de confesionario. Por así decirlo, escarbando en la herida... aunque esto de la herida es relativo, ya que, si el concúbito es placentero, recordarlo al confesarlo puede no ser menos. 

Sea como sea, lo que no se puede negar es que pocas tareas serán tan extenuantes como la de dedicarse a salvar almas de las penas del infierno. Supongo que hay que ser muy especial para eso... aunque si lo miras por el lado práctico, no deja de ser un modus vivendi como otro cualquiera. No muy diferente, supongo, al de esos que dicen dedicarse a la política porque tienen vocación de servicio. Pero, en fin, aquí de lo que se trata es de que todos vertamos en vaso idóneo como Don Quijote aseguraba hacer él.  

viernes, 5 de abril de 2024

Mono

Hoy estoy experimentando la extraña y desagradable sensación de lo que en términos populacheros se conoce como mono: la supresión súbita y radical de una adicción. Ayer, de pronto, el teléfono me dejó de funcionar. Una cosa de lo más natural porque toda tecnología tiene un límite y todo aparato una obsolescencia programada, como dicen los entendidillos. Y sí, lo sabes a ciencia cierta, pero no cuentas con ello. Sin darnos cuenta, todo esto de la informática, o lo numérico, o como se le quiera llamar, nos ha metido en un limbo de inocencia que nos ha convertido en esclavos de las ortopedias. Sin un teléfono, eres poco menos que nada. Es una tremenda constatación que me está llevando a reflexiones de lo más esclarecedoras. ¿Qué es lo que puedo hacer sin tener teléfono? Hago recuento y mi vida queda reducida a prácticamente nada que no sea irme a una residencia de ancianos.

A esto es a lo que nos ha traído este maravilloso progreso. A estar encadenados a una roca esperando a que baje el águila a roernos el hígado. Desde el lejano día en el que un casi mono se dio cuenta de que utilizando una estaca los golpes eran mucho más efectivos, la humanidad no ha parado de innovar. A los pocos días del primer estacazo un avisado comprendió que si abultabas un extremo de la estaca y golpeabas con él ganabas en efectividad: había inventado la clava de Hércules. Luego le puso un clavo asomando por el extremo gordo: más efectividad. Siempre ganando poder. Siempre acercándonos un poco más a los dioses tal y como nuestra imaginación les había concebido: ubicuos, omniscientes, o sea, con un poder sin límites.

Sin límites, así es como se sienten los humanos en estos días seguramente crepusculares. Van en sus coches conectados y, hasta que no tienen que aparcar, que es como aterrizar en la realidad, se comportan como si estuviesen sentados a la mesa del Olimpo: llegan a donde quieren en un plis-plas, preguntan a un aparato lo que necesitan saber y, al instante, son satisfechos. Por eso es que al menor contratiempo que alguien les provoca tocan el clason como si les hubiesen mentado a la madre. Los dioses, por su propia naturaleza, exigen vía libre.

Vivimos, como les decía, en un limbo de inocencia. Nos hemos autoimpuesto la obligación de ignorar que toda sofisticación trae aparejada la fragilidad. Y esa es la realidad candente, la fragilidad. Por eso es que la chusma dominante nos tiene todo el día con la cosa de la seguridad. Toda esta asfixia burocrática, que en el fondo no es otra cosa que el águila que nos roe el hígado, es el precio a pagar porque no se venga abajo todo el tinglado. Es una absoluta condena de por vida. Ya lo dijo el poeta hace siglos:


¡Oh expulsados del cielo, horda maldita!,

exclamó en el umbral horripilante,

¡¿dónde vuestra jactancia se acredita?!

¡¿Por qué ese resistir recalcitrante

contra una voluntad que el fin no falla

y hace que vuestra pena se agigante?!

¡¿Por qué contra el destino esa batalla?!

Si memoria tenéis vuestro Cerbero

pelado de pescuezo y jeta aún se halla.

jueves, 4 de abril de 2024

Avestruces

 ¿Se acuerdan cómo andábamos hace cuatro años por estas fechas? Todo, o casi todo, el mundo acojonado. Hoy día puedes hablar con cualquiera de cualquier cosa menos de aquello. Es como si se hubiese borrado de la memoria colectiva. Habría que preguntarse por el o los porqués de semejante olvido. Aunque también pudiera ser que en vez de olvido fuese vergüenza lo que motive el rechazo a recordar. Digo yo que será el avestruz que todos somos. La cabeza bajo el ala y aquí no ha pasado nada... hasta que llega el batacazo.

¡Por Dios bendito, aquello fue suficientemente gordo como para que a nadie se le olvide! Salías a la calle y de inmediato empezabas a escuchar los insultos que te lanzaban desde los balcones. Por no hablar de si te topabas con una pareja de la policía, que entonces era peor que si hubieses cometido un regicidio. Te hacían sacar todos los papeles, te apuntaban en esos aparatos que ahora llevan todos, te amenazaban hasta que se cansaban...  así fue la cosa por algo que no era nada como de sobra ha quedado demostrado. Y luego lo de las vacunas, que eso ya fue para alquilar sillas: tal fue la magnitud del espectáculo. De repente apareció una nueva casta de judíos a los que había que exterminar. En algunos lugares incluso se hicieron campos de concentración para recluirlos. Los locutores de la televisión se hicieron expertos en demonizar o los díscolos. De subnormales para arriba lo que quieran. A la postre, eran asesinos que andaban sueltos. Gente peligrosísima. 

Afortunadamente, la gente peligrosísima tuvo la oportunidad de comprobar que ese coco que llaman inteligencia artificial no es más que un mito. Como casi toda la ciencia, por otra parte. Los esfuerzos de las autoridades por controlar la información hacía agua por todas las partes. Incluso en las plataformas más intervenidas había grietas por donde se colaban los incontestables argumentos de los díscolos. Porque solo se necesitaban dos dedos de frente para desmontar el embuste. Desde luego, que el que no se enteró fue porque le venía bien ese consuelo de los desesperados del, cuanto peor, mejor. Y es que, señoras y señores, hay por ahí mucho desesperado camuflado de moralista. Nietzsche se hartó a escribir sobre esta curiosa paradoja. 

En cualquier caso, ¡qué mal! Porque pocas cosas hay más dañinas que las procesiones que van por dentro. Lo corroen todo. ¿O es que no notan ustedes la corrosión? Pues nada, sigamos con la cabeza debajo del ala que eso es muy divertido. 

miércoles, 3 de abril de 2024

Acción

Al final no pude con la conferencia de Viviani sobre Pascal. Ni tampoco puedo con los Pensamientos del mismo autor. Y no es que vaya yo a discutir los muchos méritos tanto del uno como del otro, pero cuando tengo la sensación de que alguien no se puede distanciar, tanto de sí mismo como de eso que ellos llaman su patria, me desmoralizo y me voy hacia otros ámbitos en donde me parece encontrar puntales para mis deterioradas convicciones. Por ejemplo en Baroja. Ahora ando con La Feria de los Discretos. Una Córdoba en la que a la bonhomía de los bandoleros de la Sierra se opone la decadencia vergonzante de la aristocracia. Por el medio, Quintín, un hombre de acción. Recuerda un poco a Curro Jiménez. 

Mis deterioradas convicciones, digo. Que eso es lo que da la edad provecta, el escepticismo a ultranza: la única manera de equivocarse menos es creer menos. Solo metiendo el dedo en la llaga se puede encontrar un poco de certeza. Aunque hay que tener mucho cuidado con las llagas porque como nos enseñó Guzmán de Alfarache los mendigos suelen ser expertos en simularlas. ¡Y hay tanto mendigo por ahí!

Pues eso, menos darle al coco y más acción. Meterse en líos, en definitiva. Vivir como si se fuese el protagonista de una novela de aventuras. Como Guillermo Brown: no quiero ni pensar en lo doblemente mierda que hubiese sido mi vida si de niño no me hubiera empapado con su escepticismo libertario.  

En fin, vamos a ver, porque hoy tengo un día con muchas movidas por delante. Como un Guillermo Brown cualquiera.

lunes, 1 de abril de 2024

La túnica sagrada

En uno de esos momentos de aburrimiento en medio de la Semana Santa, enciendo la televisión por la 13 que es la cadena de la Iglesia. Están emitiendo "La Túnica Sagrada". Me quedo colgado.  Me aviva el recuerdo de la primera vez que la vi; una de aquellos jueves o domingos, mediados los cincuenta, en los que mis padres venían a vernos a la ciudad en la que vivíamos a pupilaje y nos llevaban al cine. Es una historia impactante muy al estilo de los libros de Gorki, aquel escritor ruso que nos contaba como se iba consolidando el partido comunista. Porque esa es la cuestión, que el cristianismo y el comunismo, en sus inicios, primos hermanos. Su deriva posterior ya es otra cosa por cuestiones de inteligencia: en eso el cristianismo gana al comunismo por goleada.  

"Es de los nuestros", es una frase que los cristianos repiten muchas veces a lo lo largo de la película. Son todos buenos a rabiar. Con el espíritu inflamado de amor cósmico... hacia los de su cuerda, claro está. En cierta medida pude observar semejante actitud muy de cerca cuando estaba en los inicios de mi carrera profesional: en el sitio en el que trabajaba se instaló una célula comunista que poco a poco se fue haciendo con todo. Era gente con la que había confraternizado en mi calidad de tonto útil. Pero cuando sus intenciones me quedaron meridianamente claras, me aparté a un lado y empezó una deriva de desprecio por mi parte y odio por el suyo que me hizo la vida sumamente desagradable, lo cual, dicho sea de paso, me vino de perillas, porque fue el empujón que necesitaba para saltar por el portillo del caer en la cuenta de que lo mío no era aquello en la que estaba: me sentía encadenado y me desencadené de golpe sin pararme en mientes. Al final resultó ser, estoy convencido de ello, lo mejor que hice a lo largo de toda la vida.

Viendo esa película, recordando a aquella gentecilla, siento todo el horror de la pertenencia a algo concreto. Pertenecer a lo que sea es como confesar la impotencia de ser por ti mismo. Es, en definitiva, un ser defectuoso, mutilado, que solo puede andar con ortopedias. La ortopedia de la pertenencia. ¡Vade retro! Todavía hoy hay quien me recuerda que yo también pertenecí a aquello. Son los restos de su odio por el desprecio que les mostré. Nunca he pertenecido a nada, ni siquiera a la congregación de María Inmaculada que era casi obligatoria en el colegio. Seguramente esa aversión es una herencia paterna. Pero da igual, porque si la gentecilla, para sobrevivir, necesita recordarte como uno de los suyos, que lo haga. Yo, tengo la conciencia bien tranquila al respecto. Una cosa es transitar por las ideas a la búsqueda de un progresivo afinamiento y otra diametralmente opuesta es quedarse colgado de una de ellas que te proporciona el calor del rebaño: la túnica sagrada.