Como ando metido en líos intrascendentes a duras penas puedo dormir. Caigo en la cama rendido y duermo profundamente un par de horas. Me despierto urgido por la vejiga, voy al servicio a aliviarla, me vuelvo a meter en la cama y no hay forma de volver a coger el sueño. Los líos intrascendentes, líos son, al fin y al cabo, y se sobran y se bastan para señorear el cerebro. Dan vueltas y revueltas por allí, sumiéndome en esa especie de caos psicológico en el que el miedo acaba tomando la delantera al resto de las emociones. Entonces es el momento de levantarse y empezar con la actividad cotidiana, la única medicina con poderes terapéuticos: como algo y, acto seguido, me pongo a describirme. No hay nada mejor, lo atestigua la experiencia, para atemperar las obsesiones y empezar a bostezar. Vuelvo a la cama y duermo tres horas como un niño. Hoy seguiré con los líos, pero ya, atemperados por la reflexión nocturna, no tendrán entidad como para quitarme el sueño.
¡Es todo tan efímero en esta vida! A nada que te distancias lo compruebas. Todo pasa a una velocidad de vértigo. Contemplada desde los ochentaiún años, la vida es un suspiro. Tanto afanarse y preocuparse para nada. Tan presto se fue el placer como lo hizo el dolor. Apenas queda de todo un leve recuerdo que ni fu ni fa. Y lo por delante, una incómoda propina que aceptas con resignación. En fin, hay que aguantar hasta que Dios quiera, como le digo siempre a mi vecino Joaquín cuando, a sus noventa y pico, se me queja amargamente porque ya no se le levanta. Como es de mi pueblo, se toma esas confianzas. Y a mí no deja de hacerme gracia, lo que viene a ser como una elevación del espíritu.
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