Andábamos por los cuarenta o así, como quien dice lo mejor de la vida, y entonces vimos aquella película, "La balada de Narayama". La cosa iba de que la gente de aquel lugar cuando le llegaban los setenta años se iba monte arriba a morir de hambre y frio. Así sus familiares no tenían que pasar por el trance de presenciar su decrepitud y agonía final. Aquello nos dio para mucho pensar y no pocas conversaciones. Claro, todavía veíamos lejos los setenta y, eso, condicionaba nuestros razonamientos. En las cosas complicadas de la vida es muy difícil opinar, sobre todo cuando no estás metido de lleno en el ajo. Así que no quiero ni pensar en las cosas que se escucharon sobre el particular por aquel entonces, y más si se tiene en cuenta que mi entorno tenía muchos trabajadores de hospital acostumbrados a ver la degradación física y mental de cerca... tales circunstancias, nada tiene de extraño que acaben por influir en el carácter de las personas orientándolo hacia la forma que los ingleses califican como callous, o sea, una palabra con la misma etimología que calloso, es decir, con una costra sobre la piel que la hace insensible al dolor.
Les he contado esto porque ayer me llegó la noticia de que unas callous enfermeras de mediana edad del Reino Unido que trabajaban en un pabellón de viejos deteriorados se dedicaban a sedarlos para así tener ellas una más "easy life" (vida fácil) y, de paso, poder dedicarse a "their own amusement" (su propio entretenimiento). El problema que tuvieron estas callosas señoras es que, como con cierta frecuencia se les iba la mano, llegó un día en que unas de esas raras personas que sí les importa que hayan matado a su deteriorado familiar se pusieron a investigar y se descubrió todo el pastel. La cosa fue rodando y salieron a la luz algunas curiosidades. Por ejemplo, que en el pabellón donde trabajaban las interfectas hay una cultura del abuso y una corrupción rampante que lleva al 95% del personal a utilizar "on a recreational basis" (para dograrse) los medicamentos sedantes que se almacenan en el pabellón para las necesidades terapéuticas inmediatas.
El caso es que la gente se rasga las vestiduras cuando se entera de este tipo de cosas, pero, después, cuando tienen al viejo deteriorado en casa, remueven el cielo y la tierra para que los funcionarios del Estado les saquen de encima el marrón. O sea, que es todo muy por el lado de la hipocresía. La misma que mostraron las legiones bienpensantes cuando escucharon decir al Rey Hassan II de Marruecos que si él se enteraba de que en su país habían abierto una residencia para ancianos inmediatamente mandaría cerrarla y detener a sus propietarios. Los ancianos, dijo, son cosa de su familia. Ver su deterioro y muerte es parte fundamental de la educación sentimental de las personas.
En fin, unas culturas, otras culturas... en los libros de Heródoto se encuentran no pocos pasajes en los que trata el asunto de los viejos. Describe multitud de formas de irse de aquí. Algunas tan sorprendentes que le hacen filosofar sobre la costumbre al Emperador Ciro. La costumbre es la reina del cielo, viene a concluir. Porque los que han visto desde que nacieron que a los viejos se les come en una fiesta organizada a tal efecto para que su alma pase a su descendencia y no se pierda en la nada, pues, digo, esa gente considera su costumbre como la cosa más natural y racional del mundo.
Resumiendo, que de todas las variables del asunto, yo me quedaría con el modelo Narayama. Así es que cada día que pasa me adentro un poco más en el monte para, así, dar la menor tabarra posible. Y lo de las callosas británicas, ¡anda que no habré visto yo de eso en esta vida! Es la costumbre en tales lugares. La reina del cielo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario